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Jesús Fernández-Villaverde

La mano visible

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¿Una China de ingenieros?

Como ya hemos visto en los últimos años, el crecimiento chino se está moderando. Atrás quedaron las tasas del 14% anual

Foto: Xi Jinping en una imagen del pasado 30 de septiembre. (EFE/EPA/A. M. C.)
Xi Jinping en una imagen del pasado 30 de septiembre. (EFE/EPA/A. M. C.)

Yangzhou es una de las ciudades con más historia de China. Situada en el Gran Canal, ha sido durante siglos el hogar de ricos mercaderes, artistas y poetas. Su centro histórico, uno de los mejor conservados del país, combina tradición y modernidad: tiendas, restaurantes y calles llenas de vida lo convierten en un destino turístico de primer orden que merece la pena visitar.

Hace unos años se inauguró en Yangzhou el Museo del Gran Canal, un enorme complejo con casi 79.000 metros cuadrados y múltiples salas de exhibición dedicadas a la historia del Gran Canal en particular y a la historia de China en general. Para poner esta cifra en perspectiva, el Museo del Prado y sus extensiones en Madrid suman unos 45.000 metros cuadrados, es decir, poco más de la mitad. La entrada al Museo del Gran Canal es gratuita, aunque para acceder es necesario reservar el billete por internet y pasar un control de seguridad relativamente estricto.

El propio Museo y el Gran Canal en sí mismo son un resumen casi perfecto de las ideas de Dan Wang, un autor canadiense de origen chino, residente en Estados Unidos, que acaba de publicar un libro notable: Breakneck: China’s Quest to Engineer the Future (en mi traducción, Vertiginoso: la carrera de China por diseñar el futuro). El argumento central de Wang es que China ha sido siempre un país de ingenieros.

En una geografía marcada por dos grandes ríos —el Yangtsé y el Amarillo— los primeros protoestados chinos nacieron como instituciones hidráulicas, centradas en controlar el agua de esos ríos y sus cuencas. Yu el Grande (Dà Yǔ), también llamado Yu el Ingeniero, fundador de la primera dinastía imperial, los Xia, es recordado por haber domado las inundaciones con un monumental programa de canales. Siglos después, el Gran Canal, la mayor obra de ingeniería de su tipo en el mundo, interconectó los ríos del este de China y permitió transportar los excedentes alimenticios del centro y sur hacia el norte, mucho más árido y menos productivo. Allí residía la corte imperial, instalada en Beijing (nombre que literalmente significa "capital del norte") para mantener bajo control a las tribus invasoras de Manchuria y Mongolia. Y, para contenerlas, se levantó también la Gran Muralla, otro colosal logro ingenieril.

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Wang insiste en que esta visión del mundo como algo altamente maleable, donde los costes humanos son secundarios frente al objetivo de transformar el entorno, permanece intacta en la China contemporánea. Los dirigentes chinos suelen ser ingenieros de formación (Xi Jinping es ingeniero químico) y, lo que quizá sea más relevante, la élite del país no tiene reparo alguno en derribar lo que haya que derribar o gastar lo que sea necesario para continuar un proceso de construcción de infraestructuras sin parangón en la historia. La acumulación de capital físico ha sido, y sigue siendo, una prioridad. Con soltura, Wang mezcla anécdotas personales de sus años en China con análisis más desapasionados para mostrar cómo ciudad tras ciudad ha cambiado en pocos años. Donde antes había arrozales, ahora se alzan rascacielos y autopistas de ocho carriles. O, como en Yangzhou, un museo tan gigantesco que sus pasillos podrían acoger un desfile militar, eso sí, todo bajo una férrea seguridad policial.

La comparación con Estados Unidos resulta, en este punto, inevitable. Según Wang, la sociedad norteamericana es, en esencia, una sociedad de abogados, donde los costes regulatorios y judiciales de cualquier proyecto hacen que construir algo sea casi imposible. Esta observación resuena conmigo porque la sufro a diario. En Filadelfia, donde vivo, las obras en calles y autopistas se eternizan durante años, sin avances visibles durante meses. Lo que en España se resuelve en unos pocos meses puede tardar en Estados Unidos una década y costar el triple, tanto en construcción como en horas perdidas en atascos. El ejemplo más claro es el tren de alta velocidad de California, en construcción desde hace décadas y sin visos de terminarse pronto.

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La tesis de Wang es atractiva y capta aspectos importantes de la realidad. China, efectivamente, moviliza recursos de manera masiva y rápida, mientras que Estados Unidos tropieza con sus propios procedimientos. De hecho, parte del éxito electoral de Donald Trump se debió a prometer que acabaría con estas limitaciones al crecimiento, algo que le hizo muy atractiva para buena parte del empresariado. Cualquiera que lea el libro de Wang saldrá con una visión más clara de la economía china y, de paso, también de la estadounidense.

Uno de los mayores aciertos del libro es su explicación de la política económica del Partido Comunista de China. Wang la describe como una combinación de impuestos bajos, regulación mínima, salarios reprimidos, consumo contenido, un estado del bienestar muy limitado para no desincentivar el trabajo y el ahorro, y una relegación de la mujer a puestos secundarios. La eliminación de la única mujer del vigésimo Buró Político del Comité Central es una señal inequívoca de la visión de Xi Jinping sobre el papel de la mujer en la sociedad. Wang se sorprende, con razón, de que un programa que en la mayoría de los países sería calificado de derechas sea admirado por fuerzas de izquierda en muchos lugares del planeta. Estas observaciones penetrantes aparecen en casi todos los capítulos, y convierten al libro en una obra de referencia para entender la última década de crecimiento en China.

Sin embargo, el análisis de Wang tiene un problema de fondo: el crecimiento chino es menos excepcional de lo que parece. Si comparamos su trayectoria con la de sus vecinos del Este de Asia (Japón, Corea del Sur, Taiwán, Hong Kong y Singapur) cuando tenían un nivel de renta per cápita similar, comprobamos que China creció más despacio. Japón y Corea, por ejemplo, avanzaban a mayor velocidad cuando tenían 10.000 dólares de renta per cápita de lo que lo hizo China al alcanzar ese nivel (ajustando siempre por inflación). Si el argumento de que China es una nación de ingenieros resulta plausible, cuesta más defenderlo en el caso de Japón, donde la élite ha estado formada sobre todo por abogados y altos funcionarios. Lo común en todos estos países del Este de Asia no es la ingeniería, sino un patrón de crecimiento muy definido: importar tecnología extranjera, acumular capital gracias a altas tasas de ahorro y desplazar mano de obra primero de la agricultura a la industria exportadora y luego de la industria a los servicios. Con este modelo, en el mundo moderno es casi imposible no crecer. Lo sorprendente no es que China lo haya hecho, sino que tantos países de África o del sur de Asia no logren repetirlo.

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Lo que realmente hace especial a China es el tamaño de su población. El orden económico surgido tras la Segunda Guerra Mundial pudo absorber a Japón (120 millones de habitantes) y a Corea del Sur (50 millones) con ciertos ajustes. Pero integrar en la economía global a un país de 1.400 millones de personas fue un cambio de escala monumental. La comparación con Japón, Corea, Taiwán, Hong Kong y Singapur muestra, además, que a medida que un país se enriquece, su crecimiento se desacelera. La acumulación de capital tropieza con rendimientos decrecientes: las primeras autopistas en la densamente poblada provincia de Jiangsu ofrecen rendimientos extraordinarios, pero las más recientes en Yunnan apenas generan valor.

En mi propio trabajo de investigación he documentado el colapso en la última década del rendimiento medio del capital en China, especialmente en infraestructuras. Además, la importación de tecnología debe dar paso a la innovación propia, un reto mucho más complejo que rara vez permite superar un 2% anual de crecimiento de la productividad. En consecuencia, como ya hemos visto en los últimos años, el crecimiento chino se está moderando. Atrás quedaron las tasas del 14% anual. Hoy, un buen año es crecer al 5%. Para 2035, cuando el impacto del declive demográfico se sienta con más fuerza, un buen año será crecer al 3%. Aunque siempre es arriesgado predecir a largo plazo, mi lectura es que China y Estados Unidos crecerán a ritmos similares hacia esa fecha. De hecho, ya hemos pasado de una China que crecía 10 puntos más que Estados Unidos a una que apenas lo hace dos puntos por encima.

Desde esta perspectiva, el modelo de crecimiento chino resulta menos atractivo de lo que algunos observadores sostienen. No implica que Estados Unidos no deba reformarse, pero sí que "construir por construir" o destinar enormes recursos a la política industrial puede acabar siendo una mala idea. Este riesgo, sin embargo, pasa desapercibido en gran parte del análisis de Wang. A nivel personal, soy relativamente pesimista sobre el futuro de China a 25 años vista. Wang, por el contrario, se muestra más optimista. Con todo, después de leer su, insisto, magnífico libro, mi pesimismo está mucho mejor fundamentado.

Yangzhou es una de las ciudades con más historia de China. Situada en el Gran Canal, ha sido durante siglos el hogar de ricos mercaderes, artistas y poetas. Su centro histórico, uno de los mejor conservados del país, combina tradición y modernidad: tiendas, restaurantes y calles llenas de vida lo convierten en un destino turístico de primer orden que merece la pena visitar.

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