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De Berlín a Pekín: la gran estrategia de Estados Unidos
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Jesús Fernández-Villaverde

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De Berlín a Pekín: la gran estrategia de Estados Unidos

EEUU tiene razón al considerar que Europa se ha convertido en una región secundaria. El estancamiento económico del continente nos conduce a una situación de creciente irrelevancia

Foto: El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (EFE/EPA/C. Herrera-Ulashkevich)
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. (EFE/EPA/C. Herrera-Ulashkevich)

No suelo escribir sobre la política de Estados Unidos en El Confidencial (ni en otros medios nacionales) porque considero que mis perspectivas sobre la economía y la política en España aportan más valor al lector. Hoy, sin embargo, haré una excepción parcial. La política exterior y de defensa de Estados Unidos ha cambiado de rumbo de manera drástica en la última década, y ese giro tiene consecuencias importantes para España.

Lo más preocupante es que este cambio no se entiende bien en Europa. Basta con leer las columnas de los principales medios europeos para comprobar que muchos comentaristas no terminan de captar la lógica que subyace a este nuevo rumbo.

Parte del problema tiene que ver con el estilo del presidente Trump, a menudo poco respetuoso con las formas y convenciones, lo que genera malentendidos. Pero hay algo más profundo: la mayoría de los europeos no comprenden bien a Estados Unidos ni su tradición política. Aunque la incomprensión también va en la dirección contraria, mi experiencia de haber vivido ya más años en Estados Unidos que en Europa me ha enseñado que las élites europeas entienden menos de Estados Unidos que las élites estadounidenses de Europa (y aquí no me refiero al ciudadano medio). Una persona formada en un instituto o en una universidad de prestigio en Estados Unidos probablemente ha estudiado la historia europea con cierto detalle y ha viajado por varios países del continente. En sentido inverso, esto no suele ocurrir con la misma intensidad, en parte por un cierto sentido de superioridad intelectual que los europeos todavía conservamos. Incluso un europeo que estudia, por ejemplo, un máster en Columbia o en Yale suele entrar en contacto únicamente con una fracción muy pequeña y poco representativa de la vida americana.

Por eso es necesario dedicar esta columna a explicar lo que considero el consenso de muchos pensadores influyentes en Estados Unidos sobre su política exterior y de defensa. Quiero dejar claro, desde el principio, que en los párrafos siguientes no voy a reflejar mi opinión personal, sino actuar como un reportero lo más honesto posible sobre las ideas que circulan en las conversaciones que mantengo en Washington o en Nueva York con actores políticos relevantes, así como en los libros publicados por estos pensadores.

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El punto de partida de esta nueva política exterior y de defensa es el reconocimiento de la debilidad relativa de Estados Unidos. El crecimiento económico de China ha puesto fin a la supremacía unilateral que Washington ejerció tras el colapso de la Unión Soviética. Además, a diferencia de la URSS, China es un adversario de espectro completo, con capacidades militares, económicas y tecnológicas que la Unión Soviética nunca tuvo. Excepto en algunos sectores específicos (como el militar), la URSS fue incapaz de producir bienes industriales de primera calidad a costes competitivos. Incluso recurriendo al espionaje industrial masivo y a la compra de tecnología en los mercados internacionales (financiada mediante la venta de petróleo y otros recursos naturales), los ordenadores y automóviles soviéticos eran escasos, caros y una generación por detrás de sus homólogos occidentales. En cambio, las capacidades de China en áreas clave, como la inteligencia artificial, son formidables y crecen a una velocidad inusitada.

La consecuencia fundamental de este punto de partida es que, por primera vez en muchas décadas, Estados Unidos debe priorizar sus decisiones estratégicas y limitar sus compromisos de seguridad. Sencillamente, Estados Unidos ya no dispone de la ventaja material necesaria para estar en todos los frentes a la vez. La era del equilibrio de poder ha regresado.

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El segundo punto es que la región estratégica para la seguridad de Estados Unidos es Asia, región en la que también incluyo (forzando la definición geográfica) a Oceanía. Tanto por su población (aproximadamente el 60 % de la humanidad) como por su producto interior bruto (cerca del 40 % de la economía global y en crecimiento), Asia es el eje del futuro del planeta. Un Estado que logre establecer su hegemonía en Asia podría ejercer una cuasihegemonía sobre el resto del mundo y obligar a otros países a supeditar sus intereses a los de la potencia hegemónica.

Esta hegemonía en Asia es el objetivo de China. A lo largo de la historia, todos los países poderosos, independientemente de sus regímenes políticos internos, han aspirado a la hegemonía en sus respectivas áreas de influencia (la hegemonía no implica necesariamente conquistas territoriales; solo la capacidad de un Estado de imponer sus preferencias a sus vecinos y de que estos supediten sus objetivos nacionales a los de la potencia hegemónica). En ese sentido, que China esté gobernada o no por el Partido Comunista tiene poca importancia, aunque sí puede mediatizar algunos de sus comportamientos a corto y medio plazo.

En comparación, otras regiones del planeta son secundarias. Europa representa una economía más pequeña y, atrapada en unos estados del bienestar insostenibles, con una demografía perversa y una hiperregulación absurda (en particular en materia de inteligencia artificial), encara el futuro con escasas perspectivas de crecimiento. O, por decirlo con crudeza, Europa ha dejado casi de importar.

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Oriente Medio y el Golfo Pérsico son mucho menos relevantes que en el pasado por dos razones. La primera, porque desde 2019 Estados Unidos es un exportador neto de energía. Si todos los productores de petróleo de Oriente Medio y del Golfo Pérsico desaparecieran mañana del mapa, la economía estadounidense podría seguir funcionando sin problemas.

La segunda, porque si el mundo avanza hacia la descarbonización en las próximas décadas, el petróleo y el gas natural perderán gran parte de su valor. La relevancia del petróleo y el gas de Oriente Medio y del Golfo Pérsico para Estados Unidos radica en que, si esas fuentes caen bajo el control de China, Pekín podría utilizarlas para obligar a Europa o a sus vecinos asiáticos a obedecer sus órdenes. De hecho, el diseño de muchos de los nuevos navíos de la armada china parece orientado más al control de las rutas petrolíferas del Golfo Pérsico que a combatir a la Marina estadounidense. El petróleo y el gas de Oriente Medio y del Golfo Pérsico importan porque los necesitan otros países, no porque los necesite Estados Unidos. Y aunque el conflicto entre Israel y Palestina o el terrorismo islamista siguen siendo retos importantes, ninguno representa un riesgo existencial para Estados Unidos.

Finalmente, Iberoamérica y África son irrelevantes desde el punto de vista económico y militar, y cualquier conflicto que surja en esas regiones es fácilmente subsanable, salvo que China intervenga.

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La consecuencia fundamental de este segundo punto es que la prioridad absoluta de la política exterior y de defensa de Estados Unidos debe centrarse en Asia y, más concretamente, en impedir que China se convierta en la potencia hegemónica de la región. Esta es la condición sine qua non para garantizar la libertad, la seguridad y la prosperidad de Estados Unidos.

Es más, y a diferencia de las posiciones predominantes a finales de los años noventa y principios del siglo XXI, Estados Unidos ya no tiene un interés estratégico prioritario en promover, extender o consolidar democracias en terceros países en general o en Asia en particular. La expansión del orden liberal, que durante las administraciones de Clinton y Bush hijo se consideraba un componente esencial de la política exterior estadounidense, ha pasado a un segundo plano. Aunque en determinadas circunstancias Estados Unidos pueda apoyar un cambio de régimen si resulta factible, ese respaldo se concibe siempre como un objetivo instrumental, nunca como un fin en sí mismo. La promoción de la democracia se ha convertido, por tanto, en un subproducto de la estrategia general de contención y equilibrio de poder, no en su principio rector.

Este "pivote a Asia" de la política exterior y de defensa de Estados Unidos comenzó en 2011, con la publicación de un artículo de Hillary Clinton en Foreign Policy, America’s Pacific Century. Desde entonces, las administraciones de Obama, Trump I, Biden y Trump II han seguido este pivote con diferencias más de forma o de énfasis que de sustancia (véase, por ejemplo, mi descripción de las sanciones de la administración Biden a China). Detrás de la teatralidad de la disputa política diaria, existe un amplio consenso sobre los fundamentos de la gran estrategia estadounidense en Washington, tanto entre las élites político-económicas como entre los votantes, cansados del intervencionismo más agresivo de 1989 a 2016 y de los intentos de moldear el mundo a su imagen.

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El "pivote a Asia" no debería sorprender, pues Estados Unidos tiene una historia mucho más prolongada de intervención en Asia, casi desde el comienzo de la Unión, que en Europa. A fin de cuentas, fueron los dos viajes del comodoro Perry (1852–1853 y 1854–1855) los que abrieron Japón al mundo moderno en un momento en el que Estados Unidos jamás habría soñado con intervenir en los asuntos internos europeos. El Pacífico siempre ha sido más importante para Estados Unidos que el Atlántico, excepto durante los años de peligro alemán (1914-1945).

El "pivote a Asia" implica que, aunque Estados Unidos mantiene su disposición a ofrecer ciertas capacidades militares para la defensa de Europa, los países europeos de la OTAN deben asumir prácticamente todo el coste de su propia seguridad frente a Rusia. No resulta aceptable que los miembros europeos de la Alianza, con una población aproximadamente cuatro veces mayor que la rusa y un producto interior bruto unas doce veces superior, necesiten ayuda externa para contener a lo que no deja de ser una potencia militar media, salvo por sus capacidades nucleares. Europa lleva décadas comportándose como un "gorrón" en materia de seguridad global. Y si Europa no quiere pagar por su defensa, Estados Unidos debe, sencillamente, abandonar la OTAN.

Esta situación deja a Ucrania en una posición muy complicada. Dentro de la nueva política exterior y de defensa de Estados Unidos, Ucrania no es una prioridad, sencillamente porque Europa tampoco lo es y, dentro de Europa, Ucrania está lejos del centro económico del continente. Aunque es razonable ofrecer a Kiev un apoyo sensato para evitar su derrota total, la realidad es que Estados Unidos no tiene la capacidad de incrementar esa ayuda lo suficiente como para garantizar una victoria ucraniana. La única solución viable, desde esta perspectiva, es algún tipo de acuerdo de paz que ponga fin al conflicto cuanto antes, aunque sin satisfacer las aspiraciones maximalistas de ninguna de las partes.

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Este acuerdo será injusto desde un punto de vista moral y recompensará a un dictador agresivo como Putin, pero es la menos mala de las opciones realistas. Lejos de ser un títere de Putin, como a menudo se caricaturiza a la administración Trump, Estados Unidos entiende que un Estado debe, en ocasiones, tratar con regímenes moralmente cuestionables. No se puede poner en peligro el futuro de un Taiwán independiente, que sí constituye una prioridad estratégica para Estados Unidos, gastando recursos militares excesivos en la defensa de Ucrania.

Además, Rusia es potencialmente un aliado, o al menos un apoyo indirecto, en la construcción de una alianza en Asia que impida la hegemonía de China. A fin de cuentas, los intereses a largo plazo de Rusia y China son incompatibles. De la misma manera que Estados Unidos, bajo Nixon y Kissinger, alcanzó una alianza informal con la China de Mao contra la Unión Soviética de Brezhnev, ahora podría ser posible establecer una cooperación informal con la Rusia de Putin frente a la China de Xi Jinping. Cualquier escrúpulo moral que uno pueda sentir hacia Putin no puede ser mayor que el que se tuvo hacia Mao, un dictador mucho más sanguinario y cruel por cualquier métrica.

Pero incluso con el apoyo, más o menos explícito, de Rusia, Estados Unidos necesita construir una coalición que restrinja el poder de China y espere a que la mala demografía de este país asiático y las contradicciones de su sistema económico le conduzcan a perder gran parte de su capacidad de rival de espectro completo frente a Estados Unidos. Esta coalición tiene su anclaje fundamental en Japón, Corea del Sur, Filipinas y Australia, y su objetivo prioritario (aunque no existencial) es la defensa de Taiwán, la llave que cierra el cerrojo de la primera cadena de islas del Pacífico y, con ello, el cerco estratégico a Pekín que impide su proyección de fuerza militar a distancia.

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India también es un elemento de gran importancia, pero su reducida capacidad de proyección de poder militar en el este de Asia y su relativa debilidad económica limitan el papel que le correspondería a una nación que ya tiene más población que China. Afortunadamente, los intereses de India son lo suficientemente distintos de los de Japón, Corea del Sur, Filipinas y Australia como para poder compaginarlos sin demasiado esfuerzo. Otras naciones, como Vietnam, Indonesia o Malasia, pueden participar en la alianza, pero Estados Unidos debe dejarles claro que sus compromisos de seguridad con ellas son solo parciales.

Mientras esta alianza debe aspirar a que su fortaleza sea suficiente para disuadir a China de embarcarse en aventuras expansionistas y preservar la paz, Estados Unidos debe ser consciente de que existe un riesgo real de conflicto armado en el este de Asia en la próxima década, y sus fuerzas militares tienen que estar plenamente centradas en ser capaces de librar esa guerra (incluso con armas nucleares), con todas sus peculiaridades y limitaciones.

A partir de aquí abandono la descripción del consenso en Washington y retomo mis propias conclusiones.

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Primero, cuando los líderes europeos celebraron con euforia la victoria de Biden en 2020 demostraban comprender poco de lo que realmente ocurría. El abandono de Afganistán en 2021 fue una prueba de que Estados Unidos eliminaba una distracción menor en su "pivote a Asia". Y si un candidato demócrata gana las elecciones de 2028, la política exterior y de defensa de Estados Unidos seguirá siendo esencialmente la misma que la de Trump, quizá con publicaciones en redes sociales mejor redactadas. Cuanto antes se acepte esta persistencia entre las élites europeas, mejor para todos.

En segundo lugar, es indudable que Estados Unidos tiene razón al considerar que Europa se ha convertido en una región secundaria. El estancamiento económico del continente nos conduce a una situación de creciente irrelevancia. Cuanto antes se acepte esta irrelevancia entre las élites europeas, mejor para todos.

En tercer lugar, nuestra falta de fortaleza económica y de capacidad militar va a forzar a Europa a aceptar peores condiciones en muchas negociaciones internacionales, desde aranceles hasta acuerdos de paz, con consecuencias claras para el bienestar de los europeos. Pero esto no significa que Europa no cuente con instrumentos suficientes para intentar jugar el resto de la partida con inteligencia. Lo que sí significa es que la actual generación de líderes europeos, empezando por Ursula von der Leyen, una de las políticas más nefastas que hemos sufrido en el continente desde 1945, debe retirarse a su casa.

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En cuarto lugar, la necesidad de incrementar el gasto en defensa es ineludible, tanto para limitar el poder de Rusia como para proyectar capacidad militar en zonas importantes para Europa, aunque ya no lo sean para Estados Unidos. España intentará zafarse lo más posible de esta obligación (con un gobierno del PSOE o del PP), tanto por la resistencia del votante medio a aumentar el gasto en defensa como por nuestras dificultades presupuestarias. Esto reducirá aún más la influencia de España en las instituciones europeas.

En quinto lugar, en este contexto, el coqueteo del gobierno de Pedro Sánchez con China resulta difícil de entender. Cualquier ventaja económica que España pueda obtener de este acercamiento queda mediatizada por la realidad de que pertenecemos al bloque arancelario de la Unión Europea y por el coste considerable de separarse del núcleo central de Europa, que irá creciendo en poder relativo frente a economías más dinámicas. La única explicación plausible es la venalidad de los dirigentes, oficiales y reales, del PSOE (que todos sabemos que no son los mismos). Y esa venalidad, más que cualquier estrategia exterior, explica la creciente irrelevancia de España en el tablero global. Sorprendentemente, a los votantes españoles no les importa en absoluto.

No suelo escribir sobre la política de Estados Unidos en El Confidencial (ni en otros medios nacionales) porque considero que mis perspectivas sobre la economía y la política en España aportan más valor al lector. Hoy, sin embargo, haré una excepción parcial. La política exterior y de defensa de Estados Unidos ha cambiado de rumbo de manera drástica en la última década, y ese giro tiene consecuencias importantes para España.

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