Sánchez sabotea (por suerte) la coalición

Celebro que la manipulación del relato del PSOE se haya orientado a justificar la ruptura de las negociaciones antes que vendernos las bondades de un pacto con los morados

Foto: Pedro Sánchez. (Reuters)
Pedro Sánchez. (Reuters)

La política es una lucha descarnada por el poder. Tal vez debería no serlo, pero una vez nos sobreponemos al ingenuo romanticismo idealizador de tal actividad, rápidamente comprobaremos que no constituye un arte noble dirigido a perseguir desinteresamente el bien común, sino a que los gobernantes se legitimen de muy diversos modos frente a los gobernados para que estos los obedezcan como líderes. Semejante generalización admite, además, muy pocas excepciones, dado que aquellos gobernantes que no priorizaran conquistar el poder a cualquier coste serían barridos por aquellos otros que sí lo hicieran: en política, como ya nos advirtiera Hayek, prevalece una selección natural adversa merced a la cual quienes llegan al poder son inevitablemente los peores.

En la fallida investidura de Pedro Sánchez hemos presenciado cómo el Partido Popular y Ciudadanos han acusado a PSOE y Podemos de pelearse por las poltronas: las mismas poltronas, claro, que ellos mismos intentan conquistar a través del proceso electoral y por las que se pelearían de un modo igualmente fratricida si en la actualidad la aritmética parlamentaria de la derecha se asemejara a la de la izquierda. A su vez, desde Unidas Podemos se le ha reprochado al PSOE que esté maniobrando para forzar la convocatoria de unos nuevos comicios generales ante las aparentemente buenas perspectivas electorales: las mismas maniobras a las que recurrieron los morados en 2016 para conseguir la celebración de unas segundas elecciones cuando los vientos parecían soplar en la dirección del sorpaso dentro de la izquierda.

Por tanto, sí, claro que el PSOE en general y Pedro Sánchez en particular tienen el poder como obsesión: ya sea acaparando la mayoría de las áreas ministeriales del Ejecutivo o incrementando su presencia parlamentaria mediante una nueva llamada a las urnas. Pero esa misma obsesión es en realidad compartida por PP, Cs y Podemos. No es ninguna rareza ni excepcionalidad: es la esencia de la política.

Y siendo la política una lucha descarnada por el poder, ¿a qué podemos aspirar los liberales con respecto a ella? En primer lugar, y como es obvio, a que invada las menores esferas posibles de nuestras vidas: es decir, a que los políticos se hagan el haraquiri y renuncien a mandar en aquellos ámbitos personales en los que podemos mandar cada uno de nosotros. Pero, a falta de lo anterior (que casi nunca se logra por graciosa concesión política, sino por conquista ciudadana frente a los políticos), el segundo mejor escenario al que podemos aspirar los liberales es a que la batalla interna de la casta gobernante por conquistar el poder —sus mentiras, sus manipulaciones o sus traiciones—termine perjudicando a nuestra libertad lo mínimo posible. O dicho de otro modo: que, tras haberse matado entre ellos en las formas tan ruines e indignas a las que ya nos tienen acostumbrados, el vencedor —a saber, el más tramposo de los manipuladores— sea el menor de los tiranos en liza.

Así las cosas, no tengo ninguna duda de que Pedro Sánchez ha torpedeado desde el comienzo las opciones de un gobierno de coalición con Unidas Podemos: ya sea porque desea gobernar en solitario o porque busca nuevas elecciones (o por lo primero a través de lo segundo), su estrategia ha consistido en sabotear el entendimiento y trasladar a la opinión pública que la responsabilidad del divorcio dentro de la izquierda era responsabilidad de Podemos (quienes, ciertamente, no han hecho más que humillarse crecientemente ante el PSOE, no porque estén preocupados por el bienestar de los españoles, sino porque sus perspectivas electorales no son positivas). Es decir, no tengo ninguna duda de que Pedro Sánchez, al igual que el resto de líderes políticos, son mentirosos compulsivos y profesionales.

Pero entre un gobierno en solitario del PSOE y un gobierno del PSOE con Unidas Podemos, claramente este resultaría mucho más lesivo que aquel para nuestras libertades: no olvidemos que, a modo de ejemplo, los de Pablo Iglesias pretendían controlar parte del Ministerio de Hacienda no solo para disparar los impuestos sino también para multiplicar el número de inspectores con capacidad para extorsionar arbitrariamente a los contribuyentes o controlar parte del Ministerio de Trabajo no solo para volver a subir el salario mínimo —incluso en contra del criterio de los economistas de CCOO—, sino para derogar la reforma laboral e incluso prohibir la contratación temporal.

Por tanto, siendo todos los políticos unos truhanes naturales, celebro que en este caso la manipulación del relato del PSOE se haya orientado a justificar la ruptura de las negociaciones con Unidas Podemos antes que a vendernos las bondades de un pacto con los morados que habría sido nefasto para el país. Hasta el momento, no puedo más que felicitar a Sánchez (o a Redondo) por cómo han dinamitado desde dentro lo que, tras el 28 de abril, todos dábamos por hecho: una coalición con la extrema izquierda.

Y ahora, si, al contrario de lo que he argumentado previamente, Casado y Rivera no estuvieran tan obsesionados como Sánchez por el poder, sería el momento idóneo para ofrecerle su abstención al PSOE a cambio de un listado minimalista de compromisos que supuestamente Casado y Rivera consideran beneficiosos para los españoles. El riesgo de que las encuestas se tuerzan durante los próximos meses para el PSOE y de que, por tanto, se vea empujado a abrazar la opción de un gobierno de coalición con Podemos sigue estando ahí: cuanto más se le facilite no adoptar ese camino, tanto mejor para todos.

Laissez faire
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