Draghi se marcha dejando un BCE dividido y politizado

Ese ha sido el gran fracaso del banquero italiano: asumir un rol que no le correspondía y blindar a los gobernantes de las consecuencias de su propias malas decisiones

Foto: El presidente del BCE, Mario Draghi, en una comparecencia. (Reuters)
El presidente del BCE, Mario Draghi, en una comparecencia. (Reuters)

Mario Draghi alcanzó la presidencia del BCE a finales de 2011, hace ahora ocho años. Sucedió a Jean-Claude Trichet al frente de la institución, quien se había despedido de la entidad subiendo los tipos de interés pocos meses antes de que la eurozona estuviera a punto de saltar por los aires. Y, en cierto modo, la presidencia de Draghi ha sido un reverso de la de Trichet: mientras que el francés se negó a contrarrestar la crisis económica de la eurozona abriendo nuevas líneas de financiación para familias, empresas y gobiernos, el italiano —y, en este punto, mucho me temo que la nacionalidad ha sido un factor harto relevante— inauguró su mandato con el ‘whatever it takes’ y lo despidió con una flexibilización cuantitativa 'sine die'. Draghi, por consiguiente, quiso hacer lo que Trichet, presionado por el Bundesbank, se negó a hacer: reflotar la eurozona con laxitud monetaria.

Y, en un comienzo, la operación le salió bien: cuando en julio de 2012 prometió que “haría todo lo necesario para salvar al euro”, logró amainar la crisis de deuda pública que a punto estuvo de llevarse por delante la moneda única. Sus palabras, posteriormente respaldas por un instrumento que jamás llegó a utilizarse (el programa OMT, Outright Monetary Transactions), fueron a todos los efectos equivalentes a crear un eurobono por la puerta de atrás: el BCE prometía emitir euros (un pasivo estatal común a toda la eurozona) para, llegado el caso, adquirir deuda pública española e italiana (un pasivo estatal específico de España e Italia). Por esta vía, las primas de riesgo de la deuda periférica se moderaron, la fuga de capitales se detuvo y el sur de Europa logró la estabilidad macroeconómica necesaria para retomar el crecimiento.

Menos fortuna corrió su segunda gran actuación: la flexibilización cuantitativa que se extendió entre marzo de 2015 y diciembre de 2018. Aunque Draghi forzó la compra de casi dos billones de euros en deuda pública y corporativa (lo que elevó los pasivos monetarios del BCE desde los 1,3 billones de euros a los 3,1 billones), la eurozona ha permanecido en un estancamiento casi estructural: un modesto crecimiento del 2,1% en 2015, del 1,9% en 2016, del 2,5% en 2017 y de vuelta al 1,9% en 2018. Tan frágil ha sido la expansión europea —antes y después del QE— que a los pocos meses de suspender el programa para avanzar poco a poco hacia la normalización monetaria, Draghi forzó su restablecimiento 'sine die'. Una polémica decisión, tomada en el tiempo de descuento de su mandato, que ha fracturado internamente la institución y que le ha valido las muy fundadas y razonables críticas de algunos de sus más insignes exmiembros.

Acaso cupiera disculpar a Draghi admitiendo que las flexibilizaciones cuantitativas no obran milagros; que por mucho que se facilite el endeudamiento de familias, empresas y gobiernos, si estos agentes no desean endeudarse para invertir y gastar, entonces la economía no experimentará estímulo alguno, y que, por consiguiente, deberían haber sido los gobernantes quienes, merced a reformas estructurales (o incluso políticas fiscales inteligentes), relanzaran el crecimiento potencial de un continente esclerotizado. El propio Draghi advirtió en numerosísimas ocasiones de que la laxitud crediticia del banco central no era la panacea para los problemas de fondo de nuestros aparatos productivos, que hacía falta profundizar en las reformas. Pero, aun dejando de lado las graves distorsiones que una política monetaria tan persistentemente acomodaticia engendra sobre el conjunto de la economía, no deberíamos soslayar la influencia anestesiante que esa política monetaria acomodaticia ha tenido sobre nuestros políticos.

A la postre, conforme los tipos de interés de la deuda pública se han ido desplomando —primero con el ‘whatever it takes’ y segundo con las flexibilizaciones cuantitativas—, el impulso reformista se enterró. Las muy escasas liberalizaciones y ajustes presupuestarios que acometió el Gobierno de Rajoy (o cualquier otro Ejecutivo comunitario) se efectuaron bajo la presión de la crisis de deuda: es decir, mientras se colocaba sobre los hombros de los políticos nacionales la responsabilidad de recuperar la credibilidad de las finanzas públicas equilibrando el presupuesto y relanzando el crecimiento económico dentro de sus sociedades. Tan pronto como esa responsabilidad fue asumida por el Banco Central Europeo, nuestros gobernantes se acomodaron a la tranquilidad financiera que Draghi contribuyó a generar y finiquitaron cualquier medida impopular. El propio enfoque de la política monetaria de Draghi ha alimentado la parálisis de unas reformas que, de acuerdo con él mismo, resultaban imprescindibles para que la eurozona volviera a crecer sobre terreno firme.

Ese ha sido el gran fracaso de Draghi: asumir un rol que no le correspondía y blindar a los gobernantes de las consecuencias de su propia inepcia. Desgraciadamente, no parece que el panorama vaya a cambiar con Lagarde: la francesa es, de hecho, la última estratagema del 'establishment' europeo para colonizar políticamente la institución. Del mismo modo que Draghi hizo bueno en muchos aspectos a Trichet, todo apunta a que Lagarde hará bueno a Draghi.

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