¿Son los impuestos necesarios para financiar a los Gobiernos?

No es cierto ni que el Estado pueda prescindir del sistema fiscal para mantener su capacidad de gasto, ni que los gobiernos se autofinancien al margen de su capacidad fiscal

Foto: Imagen de Wilfried Pohnke en Pixabay.
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Stephanie Kelton es una de las defensoras más conocidas de la Teoría Monetaria Moderna (TMM), entre otras razones porque está intentando introducirla en la agenda política estadounidense de la mano de la facción de izquierda radical del Partido Demócrata (como Alexandria Ocasio-Cortez o Bernie Sanders). En una reciente entrevista en España, Kelton nos ha dejado uno de esos titulares/consignas, tan del gusto de los 'popes' de la TMM, que, según como lo interpretemos, o no aporta ninguna información novedosa verdaderamente relevante o es un disparate convenientemente articulado para inducir a la confusión. En concreto, me refiero a su afirmación de que “los impuestos no son para financiar a los Gobiernos”.

¿Qué quiere decir la TMM con esta aseveración aparentemente tan sorprendente? Primero, un Estado con “soberanía monetaria” puede gastar creando nueva moneda en lugar de recaudando la moneda ya existente: es decir, el Gobierno puede abonar el salario de los funcionarios, pagar las pensiones o resarcir a sus proveedores generando nuevas unidades monetarias. En este restringido sentido, pues, es verdad que los impuestos no son condición necesaria para gastar: es posible financiar el gasto público con cargo a la creación de nueva moneda; a saber, es posible gastar sin que el sistema fiscal haya recaudado con anterioridad la moneda fiat en circulación (algo que, por cierto, también puede hacerse emitiendo deuda pública).

Pero, en segundo lugar, ¿por qué la moneda fiat que crea el Estado posee un valor superior al del papel en el que está impresa (o al del apunte virtual en que esta anotada)? El señoreaje de la moneda fiat procede del hecho de que el Estado la convierte en una prestación sustitutoria de sus tributos en especie y, de esta forma, el propio Estado induce una demanda cautiva sobre una oferta limitada de moneda fiat: “Si no quieres que te arrebate el 10% de tu cosecha, entrégame X unidades de moneda fiat; si no quieres ser alistado forzosamente para la guerra, dame Y unidades de moneda fiat; si no quieres ir a la cárcel, transfiéreme Z unidades de moneda fiat, etc.”.

En este sentido más amplio (que la propia TMM reconoce), los impuestos sí serían necesarios para amasar una demanda social positiva por la moneda fiat y, por tanto, para que esta cuente con un valor de mercado superior a su coste de producción, de tal manera que, cuando el Estado engendre nueva moneda fiat, esta pueda intercambiarse por cantidades positivas de bienes y servicios. Sin impuestos, la demanda social de moneda fiat sería cero y el Estado no podría gastar creando nueva moneda fiat (en honor a la verdad, no puede descartarse completamente que existiera demanda por un activo monetario creado por el Estado y que este se comprometiera a limitar cuantitativamente, pero este no es el supuesto de partida de la TMM).

Y en tercer lugar, ¿qué sucede si el Estado crea demasiada moneda fiat y, como resultado, hay inflación? Aunque la TMM solo caracteriza la inflación como resultado de una oferta agregada insuficientemente elástica frente a la demanda (el nuevo gasto agregado aumenta más que la producción, de modo que la producción se encarece) y no como un fenómeno de corte monetario (desequilibrio entre la oferta y la demanda de moneda que se traduce en una depreciación de la misma), para la cuestión que nos ocupa esa omisión es poco relevante: si hay inflación y el Estado quiere controlarla, los impuestos pueden servir para reabsorber el exceso de moneda fiat y, por tanto, restringir el exceso de gasto. En este sentido todavía más amplio, los impuestos también serían necesarios como forma de 'cuidar' el poder adquisitivo de cada unidad de moneda fiat.

Si hay inflación y el Estado quiere controlarla, los impuestos pueden servir para reabsorber el exceso de moneda fiat y restringir el exceso de gasto

Ninguna de estas tres proposiciones resulta especialmente controvertida aunque todas ellas son susceptibles de ser sometidas a matizaciones muy importantes (como ya he dicho, una laguna fundamental es omitir enteramente el estudio de la función de demanda de dinero y, por tanto, de la inflación de origen exclusivamente monetario; asimismo, tampoco se tienen en cuenta los problemas de inconsistencia temporal de gobiernos que gasten creando nueva moneda fiat sin sujetarse a la recaudación de la ya existente). Pero son proposiciones tan poco controvertidas como innovadoras: “No es estrictamente necesario que el Estado recaude antes de gastar, pero sí es imprescindible que el Estado mantenga en pie un potente aparato impositivo para que el sector privado demande moneda fiat y el Estado pueda, en consecuencia, gastarla” (de hecho, a mayor gasto, más potente deberá ser ese aparato impositivo: como recuerda Randall Wray, si los impuestos son muy bajos y, por tanto, la demanda de divisa también es baja, un Estado que gaste creando mucha moneda fiat se expondrá al riesgo de que una parte de la misma no sea demandada).

Así pues, de una manera o de otra (recaudando primero y gastando después o gastando primero y recaudando después), el proceso es exactamente el mismo: los recursos que maneja el Estado proceden de sustracciones coactivas de los recursos de la sociedad: los bienes reales que afluyen a aquellos agentes a los que el Estado paga con moneda fiat (empleados públicos, proveedores, pensionistas, etc.) son bienes que estaban en posesión del sector privado y que el Estado obliga directa o indirectamente a entregar.

¿Por qué los defensores de la TMM la repiten con tanto hincapié? ¿Para recalcar obviedades que pocos niegan o para confundir a la opinión pública?

Cualquier otra interesada interpretación que se efectúe de la frase “los impuestos no son para financiar a los Gobiernos” será una interpretación incorrecta. A saber, no es cierto ni que el Estado pueda prescindir del sistema fiscal para mantener su capacidad de gasto; ni que los Gobiernos se autofinancien al margen de su capacidad fiscal; ni que las decisiones de gastar puedan terminarse con absoluta independencia de las decisiones de recaudar (esto es, que los déficits públicos sean irrelevantes); ni que el gasto público no proceda, en última instancia, de los recursos sustraídos coactivamente al sector privado.

Si la (deliberadamente ambigua) frase anterior se interpretara en alguno de esos sentidos —y en muchas ocasiones los propios partidarios de la TMM favorecen ese tipo de interpretaciones—, la frase sería radicalmente falsa; si, en cambio, se la interpreta de un modo razonable —la recaudación no necesariamente precede al gasto—, la frase es verdadera pero no aporta nada al conocimiento público. ¿Por qué creen entonces que los defensores de la TMM la repiten con tanto hincapié? ¿Para recalcar obviedades que pocos niegan o para confundir a la opinión pública con lecturas tramposas de esas obviedades?

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