Corrupción en el Banco Mundial

Que el informe del Banco Mundial haya sido vetado por la propia institución afianza la idea de que sus conclusiones resultaban incómodas para sus altas esferas

Foto: El presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim. (EFE)
El presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim. (EFE)

Muchas políticas públicas son defendidas simultáneamente por dos grupos sociales de composición y objetivos muy diferentes. Por un lado, tenemos a aquellos que creen sinceramente en una determinada política pública y que, por tanto, le brindan su apoyo por pura convicción; por otro, nos encontramos que aquellos que cosechan algún beneficio de la misma y que, por tanto, la impulsan por interés. Es lo que en la jerga económica se denomina “coalición entre los contrabandistas de alcohol y los baptistas”: los primeros defienden la prohibición del alcohol para lucrarse con los altos beneficios del contrabando y los segundos quieren imponer la ley seca por su fanatismo religioso. Ambos grupos, además, salen ganando con la existencia del otro. Que haya 'baptistas' —es decir, personas que defienden una causa por ideología— sirve como cortina de humo para ocultar la presencia de los 'contrabandistas' —es decir, de aquellos que defienden esa misma causa debido a sus intereses— y, a su vez, la presencia de contrabandistas ocultos contribuye a que se destinen más recursos financieros a promover la causa que suscriben los baptistas.

Como digo, en casi cualquier política pública que analicemos podremos encontrar baptistas y contrabandistas; de hecho, en muchos casos resultará imposible comprender la persistencia de determinadas malas políticas si únicamente nos fijamos en los baptistas y nos olvidamos de los contrabandistas. Así sucede, por ejemplo, con las transferencias gubernamentales al Tercer Mundo.

Los argumentos contra los baptistas que defienden la mal llamada 'ayuda al desarrollo' son relativamente fáciles de articular tanto en el plano de la teoría ideal como en el plano de la teoría no ideal. Por un lado, el desarrollo a largo plazo de una sociedad no depende de la cantidad de recursos que esta sea capaz de capturar mediante subsidios externos, sino de la acumulación de capital dentro de un marco institucional que permite canalizar esa inversión hacia aumentos continuados de la productividad. Como decía el gran Peter T. Bauer: allí donde se dan las condiciones para el desarrollo, la ayuda exterior es innecesaria; allí donde no se dan las condiciones para el desarrollo, la ayuda exterior es inútil. Por consiguiente, incluso allí donde todo el mundo obrara rectamente, de poco serviría regar con decenas de miles de millones de dólares los países pobres si estos carecen de las instituciones políticas y sociales necesarias para transformar en riqueza toda esa financiación extraída del contribuyente occidental. Pero es que, por otro lado, la ayuda exterior realmente existente funciona de un modo mucho peor que el de esta idealizada imagen: a la postre, esas decenas de miles de millones de dólares que supuestamente deberían emplearse para potenciar el desarrollo de los países pobres son usadas, en realidad, para consolidar las mismas instituciones extractivas que imposibilitan su desarrollo y para inflar las cuentas corrientes de sus corruptas administraciones.

En este último sentido, la economista jefa del Banco Mundial, Penny Goldberg, acaba de dimitir después de que este organismo haya vetado la publicación de un informe en el que se descubría una estrecha correlación entre la ayuda extranjera que el Banco Mundial (y otros organismos internacionales) había proporcionado entre 1990 y 2010 a 22 países en vías de desarrollo y el saldo de las cuentas corrientes que esos países poseían en refugios financieros globales (como bancos en Suiza o las Islas Caimán). El importe medio de la exacción no era ni mucho menos despreciable: alrededor del 5% de la suma transferida.

La nueva economista jefa del Banco Mundial (BM), Penny Goldberg. (EFE)
La nueva economista jefa del Banco Mundial (BM), Penny Goldberg. (EFE)

Por supuesto, correlación no implica necesariamente causalidad, pero se hace complicado encontrar explicaciones más verosímiles, distintas de la corrupción burocrática al más alto nivel, para la estrecha conexión entre los flujos de ayuda externa y los saldos bancarios en refugios financieros. De hecho, que el informe del Banco Mundial haya sido vetado por razones políticas después de haber superado sus propios controles internos de calidad afianza la idea de que sus conclusiones resultaban incómodas para las altas esferas de la institución encargada de controlar y de gestionar tales donaciones. Acaso haya contrabandistas interesados en que este corrupto flujo de transferencias no termine.

Nuevamente comprobamos, pues, que para entender la persistencia de la ayuda exterior a gran escala no basta con remitirnos a las buenas intenciones de quienes, erróneamente, creen que esta constituye una vía eficaz para el desarrollo de los países más pobres (los baptistas), sino que también hemos de considerar el lucro a costa de esa equivocada creencia, ya sea administrando presupuestos milmillonarios, ya sea embolsándose una parte significativa de esos presupuestos milmillonarios (los contrabandistas de alcohol).

Más allá de constatar la necesidad de repensar la mal llamada ayuda al Tercer Mundo, el cese de Goldberg debería llevarnos a reflexionar sobre el funcionamiento de megaburocracias globales como el Banco Mundial. Si no las clausuramos de inmediato (tal como nos gustaría a muchos liberales), como poco sí habría que someterlas a una profunda auditoría y reorganización.

Laissez faire
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