Economía de guerra

La desesperación de la pandemia no debería llevarnos a resucitar políticas económicas que ya sabemos fallidas

Foto: Vista del barrio de El Carmel, de Barcelona. (EFE)
Vista del barrio de El Carmel, de Barcelona. (EFE)
Adelantado en

Los mercados libres son mucho más eficientes que los Estados a la hora de coordinar los factores productivos dentro de un orden social complejo. Pero los Estados podrían contar con una importante ventaja frente a los mercados libres: movilizar recursos de manera mucho más rápida para alcanzar un determinado objetivo. A la postre, los Estados no necesitan negociar con los individuos para persuadirles de que remen en una determinada dirección: pueden usar la coacción para obligarles a que cumplan sus órdenes. Sacrificar la eficiencia general en aras de la eficacia particular. Esa es la lógica, de hecho, detrás del término 'economía de guerra': una sociedad puesta por entero al servicio del Estado para que este consiga su objetivo prioritario, a saber, ganar la guerra.

Sin embargo, incluso para ganar una guerra puede ser necesaria la eficiencia, puesto que, si la contienda se alarga, termina resultando imprescindible minimizar la dilapidación de recursos escasos para así maximizar los medios a nuestra disposición; asimismo, la eficiencia también resulta de enorme importancia si no queremos que la población sufra más de lo estrictamente imprescindible.

Por eso, no deberíamos olvidar que cuando se juega la carta de la 'economía de guerra' para justificar una planificación hipercentralizada del conjunto de la sociedad, en realidad se está omitiendo el dilema de fondo al que se enfrenta toda economía de guerra: a saber, sacrificar la sostenibilidad a largo plazo de un sistema a cambio de incrementar su capacidad de reacción en el corto plazo. De ahí que, ante problemas potencialmente duraderos, no nos baste la presunta eficacia de la planificación central del Estado para concentrar velozmente cantidades ingentes de recursos en un objetivo específico, sino que también requiramos de la eficiencia del mercado, y de su experimentación descentralizada dentro de un sistema funcional de precios, para evitar los despilfarros masivos.

Hemos podido presenciar cómo muchas empresas españolas, procedentes de sectores muy distintos, han readaptado su organización para proveernos

Por fortuna, la presunta lentitud que se le atribuye al sector privado para readaptarse con rapidez a un cambio súbito de las necesidades de la población no deja de ser, en su mayor parte, una exageración. Por un lado, es verdad que la estructura de capital de una economía no puede transformarse de la noche a la mañana (ni con planificación central ni con planificación descentralizada), pero, por otro, también es cierto que esa estructura de capital sí cuenta con un cierto margen de reconversión y que los propios empresarios terminan descubriendo cuáles de todas las reconversiones posibles son las que resultan menos gravosas. Así, durante los últimos días, hemos podido presenciar cómo muchas empresas españolas, procedentes de sectores muy distintos, han readaptado su organización para proveer a nuestra sociedad, y especialmente a nuestro sistema sanitario, del material que más urgentemente necesita (en el resto del mundo está sucediendo lo mismo). Por ejemplo, y sin ánimo de ser exhaustivo:

  • Mascarillas y batas: la industria gallega del textil, articulada alrededor de Inditex, ha comenzado a fabricar batas y mascarillas; la compañía Bayto Textil, especializada en producir fundas de jamón, ha pasado a fabricar mascarillas; la empresa de calzado Callaghan también ha frenado parte de su producción tradicional para fabricar (y donar) 1.200 mascarillas cada día; Sociedad Textil Lonia, fabricante español de Carolina Herrera o Purificación García, procederá a producir batas de quirófano; la firma bilbaína Cortinas Sytle & Colour ha reemplazado la fabricación de cortinas por la de batas médicas; Gobik, cuyo modelo de negocio se centra en el material textil para ciclistas, ha pasado a crear mascarillas y batas; diversas fábricas de tapizado de Montealegre también han pasado a producir mascarillas y batas; Fama ha dejado de fabricar sofás para empezar a producir mascarillas, etc.
  • Gel desinfectante: Arehucas pasará de fabricar ron a destilar alcohol para geles desinfectantes; la alcoyana Licores Sinc se ofrece a producir gel desinfectante en lugar de su café licor Cerol; la bodega González Byass también se ha ofrecido a crear gel hidroalcohólico y alcohol sanitario; Pernod Ricard (propietaria de Beefeater o Ballantine’s) igualmente se dispone a fabricar geles; Azucarera Montero, especializada en aguardiente y alcohol de caña, se lanzará a fabricar 130.000 litros de alcohol al día; Beiersdorf Manufacturing también ha dispuesto la planta de producción de Nivea en Tres Cantos para fabricar soluciones hidroalcohólicas, etc.
  • Respiradores: seis empresas valencianas de automoción (DID Automation, Mipesa, Tetra Proyectos, Somtech, CLR y SRG Global) se dedicarán a la producción de respiradores; Seat también ha empezado a crear respiradores a partir de un motor de limpiaparabrisas; Polisur, hasta el momento especializada en producir neveras portátiles, también dará el salto a la fabricación de respiradores, etc.

En definitiva, nuestro tejido productivo está ajustándose a las necesidades del país sin necesidad de que el Gobierno haya tenido que nacionalizar ninguna de estas compañías para ordenarles qué producir, cómo producir y cuánto producir: es más, muy probablemente la burocratización monclovita de todas estas decisiones críticas habría retrasado su adopción, de manera que la centralización no solo habría arrojado despilfarros mayores, sino también más lentitud. Ni eficiencia ni eficacia, pues. La desesperación de la pandemia no debería llevarnos a resucitar políticas económicas que ya sabemos fallidas.

Laissez faire
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
31 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios