Por qué resulta primordial leer a Hayek

Hayek nos alertó hace tres cuartos de siglo sobre la senda de servidumbre a la que podían conducirnos unos políticos fatalmente arrogantes

Foto: El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
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En su reciente entrevista para 'eEldiario.es', Pablo Iglesias afirmó que “en estas horas se está leyendo mucho a Piketty y nada a Hayek”. Y aunque probablemente el vicepresidente segundo solo usara los apellidos de ambos autores a modo de sinécdoque (Piketty: intervencionismo redistribuidor; Hayek: 'laissez faire'), en las actuales circunstancias de un estado de alarma omnipotente que desea consolidarse permanentemente como tal, a quien todos deberíamos estar leyendo para proteger nuestro futuro es a Hayek.

Al cabo, una de las principales lecciones que el líder de Podemos dice haber extraído de la presente crisis sanitaria es que el Estado ha de dirigir soberanamente la economía para garantizar que esta produzca aquellos materiales sanitarios que se han demostrado imprescindibles durante la actual pandemia: “España tiene que poder fabricar sus propios equipos de protección individual cuando llegue una crisis como esta [para que] que no tenga la necesidad de entrar en un mercado que se ha convertido en absolutamente especulativo”.

Es decir, Iglesias aboga por una planificación (parcial) de la economía para así garantizar que estamos preparados frente a la próxima crisis sanitaria, natural, social o económica. ¿Pero acaso este mensaje —que el Gobierno necesita planificar la economía para prepararnos frente al próximo desastre— no es del todo incompatible con la principal excusa autoexculpatoria que ha formulado este Ejecutivo, a saber, que nadie lo podía haber previsto? Cito textualmente otras palabras de Iglesias en esa misma entrevista: “Nos hemos enfrentado a un enemigo desconocido y a una realidad desconocida, en la que no había manuales previos sobre cómo actuar (…) Insisto en que tenemos que ser humildes y que ningún Gobierno sabía a ciencia cierta a lo que se enfrentaba”.

Si el Gobierno no fue capaz de prever, con dos semanas de antelación, el desastre al que nos estábamos viendo abocados, ¿cómo pretender que pueda prever, con años de antelación, qué medios materiales específicos vamos a necesitar para hacer frente a una catástrofe que, como decimos, no ha conseguido comprender ni cuando estaba estallando delante de sus narices? ¿Cómo podemos estar seguros de que para la próxima crisis —epidemiológica o no— necesitaremos guantes, mascarillas, test 'contra el Covid-19' o respiradores y no otro tipo de material sanitario (o no sanitario) muy distinto? Obviamente, no podemos saberlo, de manera que, salvo que nos creamos que el Estado posee la capacidad de multiplicar los panes y los peces (esto es, la de producir más de absolutamente todo, obviando la inherente escasez de los recursos), la decisión política de producir más de un bien supone la paralela decisión política de producir menos de otros bienes. ¿Cómo afirmar, entonces, que dotar al Ejecutivo de mayores potestades intervencionistas para que pueda planificar la estructura económica de España no va a desprotegernos frente a futuras crisis? ¿Cómo estar seguros de que aquello que dejaremos de producir no será algo fundamental para nuestra buena vida, para nuestra capacidad de volvernos más productivos o para contrarrestar ignotas crisis futuras?

Cuando Iglesias se postula como capacitado para planificar el futuro a largo plazo de nuestra sociedad (obviando su dramática incapacidad para anticipar el futuro a semanas vista), lo que está exhibiendo no es humildad, tal como él se vanagloria, sino, por emplear la expresión con la que tituló Hayek su último libro, una 'fatal arrogancia'. La fatal arrogancia de quien se cree capaz de diseñar desde arriba la sociedad sin ser consciente de sus enormes limitaciones cognitivas. Tal como ya nos advirtió Hayek en esa obra: “El cometido particular de la Economía es demostrarles a las personas lo poco que realmente sabemos sobre aquello que se creen capacitados para diseñar”. La auténtica humildad en política pasa por la prudencia y por el escepticismo: por no creerse un superhombre omnisciente capaz de ordenar sin quebrantos ni desastres un orden tan sumamente complejo como el de una sociedad de 47 millones de individuos.

Pero es que, además, el único riesgo de la planificación soberana de la economía no es que, como evidentemente sucedería, el arrogante e incompetente soberano se equivoque en sus caprichosas decisiones y nos empobrezca a todos. No, como también supo ver perfectamente Hayek, el riesgo económico es asimismo un riesgo político: a la hora de la verdad, un Gobierno que adquiere poderes extraordinarios sobre la economía es un Gobierno que también adquiere poderes extraordinarios sobre la sociedad. En palabras del Nobel en su libro 'Camino de servidumbre': “La autoridad que dirigiera toda la actividad económica controlaría no solo aquella parte de nuestras vidas que consideramos banal: también controlaría la distribución de todos los medios escasos para satisfacer cualesquiera de nuestros fines. Aquel que controle el conjunto de la actividad económica controla cómo satisfacemos nuestros fines y, por tanto, es quien decide cuáles de nuestros fines merecen ser satisfechos y cuáles no”.

La deriva autoritaria de un Gobierno investido de los poderes excepcionales del estado de alarma ya es visible en numerosos frentes (en los últimos días, se ha llegado a defender la censura de informaciones incómodas para los gobernantes o el confinamiento obligatorio de pacientes asintomáticos en instituciones públicas) pero, cuanto más se prolongue el estado de alarma, más seguirá degenerando. No solo porque los políticos se acostumbrarán al poder omnímodo —y no querrán desprenderse de él— sino también porque los ciudadanos irán cultivando una mentalidad de siervos. Si unos se acostumbran a pastorear y los otros a ser pastoreados, la libertad individual va retrocediendo.

Hayek nos alertó hace tres cuartos de siglo sobre la senda de servidumbre a la que podían conducirnos unos políticos fatalmente arrogantes. En una coyuntura en la que la libertad se halla excepcionalmente limitada por el Estado, resulta más urgente que nunca leer al austriaco para vacunarnos frente al virus del autoritarismo.

Laissez faire
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