Adelantar la jubilación no aumentaría el empleo entre los jóvenes

La evidencia empírica nos señala que mayor empleo entre los trabajadores adultos se traduce en mayor empleo entre los trabajadores jóvenes

Foto: Un camarero coloca meses en un bar de Valladolid. (EFE)
Un camarero coloca meses en un bar de Valladolid. (EFE)
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Un error económico bastante extendido es el de presuponer que existe un número dado de puestos de trabajo y que, por tanto, para alcanzar el pleno empleo tenemos que reducir la población activa. Todavía recuerdo, por ejemplo, al biólogo Paul Ehlrich cuando, en medio de la crisis de 2009, afirmó que España viviría mucho mejor con un 20% menos de población, dado que, por aquel entonces, nuestra tasa de paro se ubicaba en el 20% (como si en los 25 años anteriores España no hubiese rebasado igualmente la tasa de paro del 20% teniendo, como pretendía Ehlrich, un 20% menos de población). Lo mismo sucede con las críticas a la inmigración: si el número de empleos está dado y llegan más personas de fuera a engrosar la fuerza laboral interna, entonces por necesidad vienen a “quitarnos los puestos de trabajo”.

El problema más elemental de esta familia de razonamientos es que tienden a observar al trabajador únicamente como un oferente de empleo: como alguien que viene a vender sus servicios profesionales en un mercado donde solo hay un número dado de empresarios que los demandan. Misma demanda empresarial de empleo y más oferta de servicios laborales nos conducen a salarios más bajos o a mayor desempleo. No hay más.

Pero desde luego hay mucho más, puesto que cada trabajador no solo es un oferente de sus propios servicios laborales, sino también el demandante (indirecto) de los servicios laborales de otros trabajadores. Y es que cuando un trabajador ocupa un empleo, también obtiene una renta que a su vez se transformará en la demanda de otros bienes o servicios (bienes de consumo o bienes de inversión) que necesitarán ser fabricados por otros trabajadores que empezarán a ser demandados a partir de entonces. Cada trabajador es, pues, oferente y demandante de empleo en el mercado. En eso consiste justamente el intercambio que acaece dentro de la división social del trabajo: yo produzco y vendo mis mercancías para poder comprar las mercancías que tú produces (y viceversa). Si una persona deja de ofrecer sus servicios laborales a cambio de dinero (a cambio de un sueldo), también deja de demandar los servicios laborales ajenos: de manera que impedir que algunos trabajen no incrementa, en el conjunto de la economía, la empleabilidad de los otros (evidentemente, este principio no es cierto para puestos de trabajo individuales: si una empresa necesita un ingeniero de telecomunicaciones y solo hay dos personas que optan al puesto, el que se prohíba trabajar a una de ellas incrementa la probabilidad de contratar a la otra).

Ese es el error central que ha cometido la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, cuando ha criticado la propuesta del ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, consistente en alargar la edad efectiva de jubilación. De acuerdo con Díaz: “El reto de nuestro país es incorporar a los jóvenes al mercado de trabajo (…) Propiciar que alarguemos la edad de jubilación más allá de la edad legal obviamente yo creo que entorpece la posibilidad de incorporar jóvenes”. Pero no: si los españoles trabajan durante más años, también están obteniendo ingresos durante más años y, por tanto, demandando productos —fabricados por los jóvenes— durante más años.

Acaso se piense que este razonamiento no puede aplicarse con las jubilaciones porque los jubilados siguen contando con ingresos: en ese caso, un trabajador que se jubila deja libre un empleo y, al mismo tiempo, preserva su capacidad de demandar bienes y servicios producidos por otros trabajadores. Se trata de una pura ilusión: recordemos que las pensiones de los jubilados se costean con las cotizaciones sociales que recaen sobre los trabajadores ocupados. De ahí que la demanda que son capaces de sostener los pensionistas no es más que la capacidad de gasto que se detrae de los trabajadores ocupados. Jubilarse más pronto implica que los jóvenes tendrán que sostener con sus salarios a un mayor número de pensionistas: y eso, claro está, contrae la demanda de esos jóvenes sin expandir en mayor medida la de los jubilados (en realidad, dependiendo de las propensiones marginales al consumo y a la inversión de cada grupo de edad, podría haber algún efecto sobre la demanda agregada, pero la cuestión clave es que jubilar no supone una duplicación del gasto dentro de la economía).

Pongamos un ejemplo: imaginemos una economía en la que un trabajador de 64 años produce un ordenador al año y un trabajador joven produce 100 kilos de carne; el trabajador joven se queda para sí mismo 55 kilos de carne y los otros 45 los utiliza para intercambiarlos por el ordenador. A los 65 años, el trabajador que fabricaba el ordenador se jubila, de modo que el trabajador joven seguirá produciendo los 100 kilos de carne al año y tendrá que seguir entregándole, a cambio de nada, los 45 kilos de carne al pensionista (en eso consiste su pensión). ¿Cuál es el saldo conjunto de la operación? Que la economía produce un ordenador menos al año tras la jubilación: no producimos lo mismo que antes pero con otros trabajadores, sino que producimos menos que antes (si un trabajador parado comenzara a producir ordenadores, ¿a cambio de qué los vendería si, de los 100 kilos de carne que fabrica su colega, 45 se emplean para el consumo del pensionista y 55 para el autoconsumo del productor de carne?).

Los problemas, además, no terminan aquí. En nuestro razonamiento anterior, estamos presuponiendo implícitamente que todos los trabajadores son sustitutivos entre sí para cada puesto de trabajo (todos los trabajadores son aptos para producir cualquier bien), pero eso no es realista: los trabajadores adultos y los trabajadores jóvenes no son sustitutivos entre sí, sino complementarios. Las habilidades que poseen los unos no las poseen los otros, de modo que ambos son interdependientes. Si, en nuestro ejemplo anterior, solo el trabajador de 64 años sabe producir ordenadores y, a su vez, el trabajador joven necesita del ordenador para fabricar carne, entonces la jubilación del empleado de 64 años no solo provocará que el conjunto de la economía deje de fabricar ordenadores… sino que también forzará a que deje de fabricarse carne (por falta de ordenadores). Si dos factores productivos son complementarios, la ausencia de uno de ellos reduce la productividad del otro (y si son complementarios perfectos, la productividad del otro cae hasta cero).

No se trata solo de consideraciones teóricas. Lo que rotundamente nos señala la evidencia empírica es que mayor empleo entre los trabajadores adultos se traduce en mayor empleo entre los trabajadores jóvenes y, asimismo, que retrasar la edad de jubilación tiende a aumentar los salarios de los jóvenes. Nos equivocaríamos profundamente si tratáramos de crear empleo anticipando la jubilación de los mayores en medio de una grave crisis de sostenibilidad del sistema público de pensiones.

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