Recuperación en forma de K
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Juan Ramón Rallo

Laissez faire

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Recuperación en forma de K

Una parte de la economía se expande y sigue generando valor, mientras que otra parte se estanca o incluso sigue decreciendo

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Tiendas cerradas en Barcelona. (EFE)

Durante gran parte de la pandemia, pudimos escuchar que la recuperación adoptaría la forma de V asimétrica: es decir, una primera etapa de crecimiento muy intenso (reactivación de aquellos sectores que se habían visto suspendidos durante el segundo trimestre de 2020 y que seguían siendo viables en un mundo pospandemia) y una segunda etapa de crecimiento mucho más lento (reestructuración de aquellos otros sectores que habían dejado de ser viables en un mundo pospandemia). El presupuesto implícito a estas descripciones era que la pandemia concluyera tras el confinamiento de mediados de año y que, a partir de entonces, fuéramos avanzando hacia una 'nueva normalidad'.

Sin embargo, la pandemia —y sus consecuentes efectos económicos— no terminó, hasta el punto de que ya hemos experimentado una segunda y una tercera ola. Todo lo cual ha llevado a que la recuperación en forma de V asimétrica se haya transformado en una recuperación en forma de K. ¿Qué significa esto? En esencia, que una parte de la economía —aquella que es capaz de funcionar con relativa normalidad incluso en medio de la pandemia— se expande y sigue generando valor, mientras que otra parte de la economía —aquella que se fundamenta en relaciones de consumo y de producción social y que, en consecuencia, se ve expuesta a parones recurrentes conforme las olas de infecciones se suceden— se estanca o incluso sigue decreciendo.

La desagregación del PIB por sectores en el cuarto trimestre del año resulta bastante ilustrativa al respecto: mientras que algunos sectores como las actividades recreativas o el epígrafe de comercio, transporte y hostelería experimentan hundimientos superiores al 20% en el valor añadido generado con respecto al cuarto trimestre de 2019, otros sectores —como la agricultura, el sector financiero o las actividades vinculadas al sector público, la educación y la sanidad— crecieron con respecto a esa misma fecha.

Los malos datos de afiliación a la Seguridad Social que conocimos ayer son también un reflejo de esta recuperación en forma de K. En el último año, los afiliados a la Seguridad Social se han reducido en 400.000 personas en términos netos y en 560.000 en términos brutos (es decir, hay sectores que incrementaron la afiliación en 160.000 personas), pero esta caída bruta en la afiliación no es uniforme entre sectores: casi 340.000 (más de la mitad) se concentraron en la hostelería y en actividades artísticas; dos ramas que, como vemos en el siguiente gráfico, también fueron las que sufrieron en términos relativos una mayor pérdida de afiliados. Otras actividades, en cambio, no experimentaron tal destrozo: las hay que ganan afiliados respecto a febrero de 2019 (actividades sanitarias, agricultura o educación) y otras que no tienen significativamente menos afiliados (actividades financieras, actividades administrativas o industria).

Conviene aclarar, sin embargo, que las cifras anteriores computan como afiliados a los 900.000 trabajadores acogidos a un ERTE, de modo que, si no consideramos a esos trabajadores como afiliados reales, durante el último año se habrían perdido 1,3 millones de afiliados a la Seguridad Social (más 360.000 autónomos que reciben la prestación por cese de actividad). Lo que no cambia es, empero, que las actividades más afectadas sigan siendo las mismas: casi 500.000 trabajadores en ERTE se concentran en hotelería y actividades artísticas.

El propio Ministerio de Seguridad Social ha compartido un gráfico en el que se visualiza claramente la recuperación en forma de K: la evolución de los afiliados en aquellos sectores no afectados por las restricciones sigue una trayectoria análoga a la media 2017-2020; en cambio, los sectores afectados se comportan mucho peor que en la media 2017-2020.

La cuestión, pues, es qué hacer con esas ramas de actividad fuertemente afectadas por la pandemia (no solo afectadas por las limitaciones a la movilidad social, sino también por las menores interacciones sociales que espontáneamente se producen en su seno y que dificultan su reactivación mientras subsista el riesgo de infección). Un rescate indiscriminado zombificaría aquellas empresas que no vayan a ser viables en el futuro a causa del cambio en los hábitos de consumo; la ausencia de rescate condenaría a muchas de esas empresas a la desaparición aun cuando sean viables en el futuro. ¿La solución? Una rebaja extraordinaria en el impuesto sobre sociedades para que el mercado discrimine entre unas y otras a la hora de recibir la inyección de capital.

Durante gran parte de la pandemia, pudimos escuchar que la recuperación adoptaría la forma de V asimétrica: es decir, una primera etapa de crecimiento muy intenso (reactivación de aquellos sectores que se habían visto suspendidos durante el segundo trimestre de 2020 y que seguían siendo viables en un mundo pospandemia) y una segunda etapa de crecimiento mucho más lento (reestructuración de aquellos otros sectores que habían dejado de ser viables en un mundo pospandemia). El presupuesto implícito a estas descripciones era que la pandemia concluyera tras el confinamiento de mediados de año y que, a partir de entonces, fuéramos avanzando hacia una 'nueva normalidad'.

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