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Juan Ramón Rallo

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Lo que el Nobel no dijo

Ningún economista serio podría afirmar que ninguna subida del SMI, en ningún lugar del mundo y en ninguna época de la historia, podría generar destrucción de empleo

Foto: Premios Nobel de Economía 2021. (The Nobel Prize)
Premios Nobel de Economía 2021. (The Nobel Prize)

No es verdad que, antes de que David Card y Alan Krueger publicaran en 1994 su famosa investigación, los economistas ignoraran que las subidas del salario mínimo no tenían por qué destruir empleo. Tanto Friedman como Buchanan o Hirshleifer reconocieron entre los 50 y los 80 que, en presencia de un monopsonio laboral, una elevación del salario mínimo podría llegar a aumentar el nivel de empleo total (en lugar de a reducirlo). Ahora bien, todos ellos consideraban que un monopsonio laboral era algo escasamente verosímil, de modo que la posibilidad teórica de que el SMI contribuyera a crear empleo no era más que eso: una curiosidad teórica.

El seminal artículo de Card y Krueger de 1994, analizando el efecto de una subida del SMI en Nueva Jersey durante el año 1992, fue innovador en un doble sentido. Por un lado, porque empleó el método de diferencias en diferencias para aislar el efecto marginal del incremento del SMI: si, a lo largo de 1992, Nueva Jersey había aumentado el SMI y Pensilvania (el estado adyacente) no lo había hecho, entonces, comparando la evolución del empleo en Nueva Jersey y en Pensilvania podríamos aislar el efecto específico del SMI en Nueva Jersey. Por otro, porque arrojó un resultado atípico hasta ese momento: no se apreciaron resultados adversos sobre el empleo por subir el SMI. ¿Acaso el poco verosímil monopsonio laboral era más verosímil de lo que se presuponía?

Foto: David Card, Nobel de Economía. (EFE)

Ciertamente, los resultados que arrojó el 'paper' siguen siendo debatidos a día de hoy: los efectos en el empleo solo fueron medidos entre el personal de los restaurantes de comida rápida en los condados contiguos entre ambos estados, lo que podía contaminar el resultado final por muy diversos sesgos. Por ejemplo, los cambios organizativos para adaptarse a la nueva escala salarial podían prolongarse más de un año y no entrar en la medición; o quizá grandes empresas como McDonald's sí tenían capacidad de adaptarse a la subida del SMI subiendo los precios de sus productos, pero otras pequeñas empresas de la zona —que también se vieron afectadas por el SMI— no pudieron hacerlo y acaso tuvieron que recurrir a despidos que no fueron medidos en el 'paper'; o puede ser, incluso, que la selección del grupo de control no fuera la más adecuada si, por ejemplo, algunos trabajadores de los restaurantes de comida rápida de Pensilvania se trasladaron a buscar empleo en Nueva Jersey atraídos por los mayores salarios.

Sea como fuere, lo importante del 'paper' no era tanto que el resultado fuera definitivamente ese cuanto, por un lado, la metodología empleada y, por otro, que con esa metodología hubiese permitido hallar efectos del SMI que hasta entonces eran considerados atípicos. Fue entonces cuando arrancó toda una línea de investigación actualmente conocida como 'New Minimum Wage Research' cuyos resultados arrojan conclusiones mucho menos críticas (o incluso favorables) hacia la subida del SMI. Ahora bien, no vayamos a pensar que el 'New Minimum Wage Research' constituye algo así como el consenso definitivo dentro de la academia: muchos otros economistas se muestran escépticos y el debate está lejos de haberse zanjado.

Foto: La titular de Trabajo, Yolanda Díaz, flanqueada por los representantes de patronal y sindicatos. (EFE) Opinión

De ahí que resulte tan deplorable que nuestra izquierda patria haya aprovechado el Nobel a David Card, no para recordar cuánto ha avanzado desde 1994 nuestra comprensión sobre los efectos de los salarios mínimos, sino para presentar a Card como aquella persona que definitivamente demostró que subir el salario mínimo no genera efectos negativos sobre el empleo.

Debería ser evidente que Card jamás pudo demostrar tal cosa, pues su estudio se limita a analizar qué sucedió con la subida del SMI en los restaurantes de comida rápida de Nueva Jersey durante 1992. ¿Qué sentido tiene pretender convertir esos resultados en universales y atemporales? Ningún economista mínimamente serio podría afirmar que ninguna subida del SMI, en ningún lugar del mundo y en ninguna época de la historia, podría generar destrucción de empleo. Pero ese despropósito es el que se nos ha querido vender desde algunos medios de comunicación: que ya había quedado demostrado que subir el salario mínimo no destruye empleo y que por eso le han dado el Nobel.

Foto: Protesta de los sindicados en Barcelona para urgir mejoras laborales. (EFE) Opinión

Sin irnos demasiado lejos, tenemos un claro y reciente ejemplo doméstico de lo contrario: el Banco de España, utilizando una metodología similar a la de Card y Krueger, estimó que nuestro país se había quedado con hasta 170.000 empleos menos como consecuencia de la subida del SMI en 2019. Los mismos que aplauden los resultados del Nobel Card por su novedosa metodología ¿aplaudirán también el reciente estudio del Banco de España? En muchos casos, no me cabe duda de que así lo será, pero tampoco me cabe duda de que en muchos otros no será así: lo que buscan algunos es aquel titular de prensa que les permita hacer avanzar su agenda ideológica. Por eso se han lanzado entusiasmados a manipular lo que dijo y lo que no dijo David Card.

No es verdad que, antes de que David Card y Alan Krueger publicaran en 1994 su famosa investigación, los economistas ignoraran que las subidas del salario mínimo no tenían por qué destruir empleo. Tanto Friedman como Buchanan o Hirshleifer reconocieron entre los 50 y los 80 que, en presencia de un monopsonio laboral, una elevación del salario mínimo podría llegar a aumentar el nivel de empleo total (en lugar de a reducirlo). Ahora bien, todos ellos consideraban que un monopsonio laboral era algo escasamente verosímil, de modo que la posibilidad teórica de que el SMI contribuyera a crear empleo no era más que eso: una curiosidad teórica.

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