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¿Cuál es nuestra auténtica tasa de inflación?
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Juan Ramón Rallo

Laissez faire

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¿Cuál es nuestra auténtica tasa de inflación?

Si siguiéramos aplicando la metodología de los ochenta, la tasa general se ubicaría hoy casi en el 11% y la subyacente casi en el 10%

Foto: Foto: EFE/Luis Tejido.
Foto: EFE/Luis Tejido.
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Es habitual escuchar que el IPC tanto de la eurozona como de EEUU no mide adecuadamente la inflación, que si se hiciera de manera rigurosa constataríamos que la inflación real que estamos padeciendo supera en mucho el 10%. Normalmente, este tipo de reproches son meras enmiendas a la totalidad contra el IPC, puesto que no explicitan cuáles son exactamente los problemas estadísticos de este índice: tan solo rechazan el procedimiento porque les desagrada el resultado (“debería ser más alto”), pero no precisan qué cambios detallados deberíamos introducir para mejorar su cálculo y que refleje más fidedignamente la inflación real de nuestras economías.

Sin embargo, que la crítica genérica al IPC como reflejo de la inflación sea normalmente desacertada no debería llevarnos a rechazar por entero cualquier relevancia potencial de este argumento. A la postre, el método de cálculo del IPC ha ido cambiando con el paso de los lustros y eso hace que las comparaciones entre distintos momentos históricos no sean siempre precisas. Por ejemplo, cuando señalamos que estamos viviendo la mayor inflación de los últimos 40 años, ¿realmente es comparable el modo en que calculamos el IPC con el modo en que lo calculábamos hace 40 años? Y en caso contrario, ¿estamos seguros de que la inflación actual no es mayor que la de hace cuatro décadas?

Foto: Christine Lagarde, presidenta del BCE. (EFE/Ronald Wittek)

Pues bien, en un reciente artículo, Larry Summers, Marijn A. Bolhuis y Judd N. L. Cramer tratan de recalcular los datos históricos de la inflación a la luz de la metodología vigente en el IPC. Y las noticias no son buenas. Si antes de cualquier corrección, la máxima elevación de los precios durante la anterior oleada inflacionista se había producido en marzo de 1980, con una tasa del 14,8% en el índice general y del 13,6% en la inflación subyacente, tras los nuevos cálculos de Summers, Bolhuis y Cramer, el pico resulta haber sido del 11,6% en la tasa general y del 9,1% en la subyacente. Dado que las últimas cifras disponibles de inflación en EEUU colocan la tasa general en el 8,5% y la tasa subyacente en el 6,5%, las diferencias no son excesivas: desde luego, todavía no estamos tan mal como entonces, pero si siguiéramos aplicando la metodología de los ochenta, la tasa general se ubicaría hoy casi en el 11% y la subyacente casi en el 10%. Si la inflación todavía no ha tocado techo, podríamos terminar acercándonos peligrosamente a unas tasas de inflación que, no lo olvidemos, obligaron a Paul Volcker a colocar los tipos de interés en el entorno del 20%.

Y acaso aquí llegue la segunda mala noticia del 'paper' de Summers y CIA: oficialmente (usando la metodología de los ochenta), Volcker logró rebajar la tasa de inflación subyacente desde el 13,6% al 3%: sí, fueron subidas extraordinarias de tipos de interés, pero también lograron efectos extraordinarios (una desinflación de 10,6 puntos). En la medida en que hoy no se necesita la misma magnitud de desinflación que entonces (en torno a 3-4 puntos), las subidas de tipos necesarias tampoco deberán ser tan agresivas. Sucede que, al recalcular la serie, Summers y CIA estiman que la inflación subyacente (habiendo colocado los tipos de interés casi al 20%) solo se redujo del 9,1% al 4,3%, es decir, una caída de 4,8 puntos… Que es muy similar a la que necesitaremos alcanzar hoy para volver al objetivo del 2%.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el secretario general de la OCDE, Mathias Cormann. (EFE)

Summers y CIA interpretan este resultado sugiriendo que necesitaremos una magnitud de restricción monetaria similar a la de los ocheenta si queremos controlar la inflación. Tal conclusión me parece precipitada, porque, según sus propios datos, EEUU ha pasado por otros episodios históricos donde se ha logrado una reducción de la inflación subyacente mucho mayor sin necesidad de subir tanto los tipos. Por ejemplo, en el periodo 1949-1954 (que en muchos sentidos se parece más al actual que la inflación de los setenta y ochenta: enorme acumulación de deuda pública frente a una guerra seguida de reapertura económica), la inflación cayó 7,1 puntos con tipos bastante más modestos (por debajo del 3%). Pero, y esto es lo relevante, fue necesaria una recesión para controlarla. De eso sí que no tenemos precedentes: fuerte reducción de la inflación con pleno empleo sin recesión.

Es habitual escuchar que el IPC tanto de la eurozona como de EEUU no mide adecuadamente la inflación, que si se hiciera de manera rigurosa constataríamos que la inflación real que estamos padeciendo supera en mucho el 10%. Normalmente, este tipo de reproches son meras enmiendas a la totalidad contra el IPC, puesto que no explicitan cuáles son exactamente los problemas estadísticos de este índice: tan solo rechazan el procedimiento porque les desagrada el resultado (“debería ser más alto”), pero no precisan qué cambios detallados deberíamos introducir para mejorar su cálculo y que refleje más fidedignamente la inflación real de nuestras economías.

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