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Trump vuelve a la carga contra una UE inerte
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Juan Ramón Rallo

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Trump vuelve a la carga contra una UE inerte

La UE, atrapada en su laberinto burocrático y su obsesión por el control estatal, no está sabiendo responder ni con la agilidad ni con la visión estratégica que la situación requiere

Foto: Donald Trump. (Getty Images/Andrew Harnik)
Donald Trump. (Getty Images/Andrew Harnik)
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La narrativa sobre por qué Donald Trump iniciaba su guerra comercial ha ido variando sobre la marcha. Primero se traba de una medida magnífica para reindustrializar los EEUU, protegiendo su sector manufacturero de la competencia extranjera; acto seguido, también se nos intentó convencer de que iban a ser un mecanismo para multiplicar los ingresos del Fisco y financiar rebajas tributarias internas; después, nos dijeron que se buscaba generar una recesión para abaratar el coste de financiación del Tesoro; más tarde, que estábamos ante una jugada dirigida a aislar comercialmente a China dentro del área de influencia comercial de los EEUU; y, finalmente, que son estrategias negociadoras para cerrar acuerdos comerciales que resulten unilateralmente provechosos para los EEUU. Incluso en algún momento se nos ha pretendido convencer de que la guerra comercial era la antesala de una reconfiguración del orden monetario internacional, una especie de Bretton Woods 2.0 renombrado como Acuerdo Mar-a-Lago.

Ciertamente, este ramillete de objetivos son en gran medida incompatibles entre sí, pero tales contradicciones se entienden mejor si admitimos que, dentro del equipo de asesores comerciales de Trump, probablemente haya enfrentamientos internos acerca de cuál debe ser el objetivo de las políticas proteccionistas: algunos querrán emplearlos para negociar y otros para cortar lazos comerciales con el resto del mundo, con China o con la UE. Y así, según la dirección en la que sople el viento en cada momento, Trump será más proclive a escuchar a algunos u otros de sus asesores, dando los característicos bandazos a los que ya nos tiene acostumbrados.

El más reciente, que no el último, es esa amenaza de imponer aranceles del 50% a las importaciones desde la UE a partir del 1 de junio:

La Unión Europea, creada con el objetivo principal de aprovecharse de Estados Unidos en el comercio, ha sido muy difícil de gestionar. Sus poderosas barreras comerciales, el IVA, las ridículas sanciones corporativas, las barreras comerciales no monetarias, las manipulaciones monetarias, las demandas injustificadas contra empresas estadounidenses, entre otras, han generado un déficit comercial con Estados Unidos de más de 250 millones de dólares anuales, una cifra totalmente inaceptable. ¡Nuestras conversaciones con ellos no están dando frutos! Por lo tanto, recomiendo un arancel directo del 50 % para la Unión Europea a partir del 1 de junio de 2025. No se aplicará ningún arancel si el producto se fabrica en Estados Unidos.

Foto: trump-arancel-union-europea-junio-acusacion

De nuevo, Trump está haciendo gala de su imprevisibilidad y autocontradicción andante. Por un lado, si aumentara los aranceles al 50% el 1 de junio, se estaría saltando su propia pausa comercial de 90 días, durante la cual el arancel exterior debía ser sólo del 10%. Por otro, también estaría pisoteando los propios términos que él mismo fijó para sus aranceles recíprocos el pasado 2 de abril: a saber, que, en ausencia de represalias por la otra parte, esos aranceles no se verían adicionalmente incrementados por constituir la medida exacta de la equidad comercial entre ambos bloques económicos. Y, en ese momento, a la UE le impuso un arancel del 20%, que ahora amenaza con aumentar al 50%: si el 20% era el arancel recíproco justo para la UE, ¿a qué viene ahora el chantaje del 50%?

Pues, probablemente y en contra de la narrativa republicana, a que Trump tenga prisa en cerrar un acuerdo comercial con la UE y esa amenaza de arancel del 50% sea la forma de obligar a los líderes europeos a que se pongan manos a la obra a la hora de ofrecer un acuerdo que el inquilino de la Casa Blanca pueda aceptar. Y aquí, desde luego, la descomunal y lentísima burocracia europea no ayuda: que debamos conciliar 27 visiones ideológicas sobre el comercio y la geopolítica en una postura unitaria de la UE por necesidad ha de ralentizar enormemente la capacidad de la eurocracia para proponer a EEUU nada firme y detallado.

Esa amenaza de arancel del 50% puede ser la forma de obligar a los líderes europeos a ponerse a trabajar para ofrecer un acuerdo

Por mi parte, y en su momento, ya expuse cuál creía que debía ser la actitud de la Unión Europea en esta guerra comercial iniciada por Trump: tratar de llegar a un acuerdo de liberalización comercial recíproco y, si ello no es posible, no escalar en las hostilidades sino abrirnos unilateralmente a los flujos comerciales y financieros globales para asumir un rol que EEUU estaría dejando progresivamente de desempeñar. Mas, al parecer y por las razones dadas, la UE todavía no ha remitido una propuesta de acuerdo comercial que merezca tal nombre ni tiene ninguna intención de evitar la escalada arancelaria: al contrario, pese a no haber hecho ninguna propuesta seria de acuerdo, ya ha advertido de que, si se rompen las negociaciones, impondrá potentes represalias contra las importaciones estadounidenses. De ahí, probablemente, la impaciencia de Trump y la nueva amenaza de castigarnos con unos aranceles del 50% si no empezamos a movernos con mayor celeridad.

Al final, pues, entre unos y otros corremos el riesgo de entrar en una fuerte restricción del comercio entre EEUU y la UE. Trump, con su impredecible mezcla de oportunismo y populismo, parece dispuesto a asumir el riesgo de desmantelar las relaciones económicas transatlánticas. La UE, atrapada en su laberinto burocrático y su obsesión por el control estatal, no está sabiendo responder ni con la agilidad ni la visión estratégica que la situación requiere. De momento, los mercados siguen confiando en que la sangre no llegue al río —el antecedente de China invita a un prudente optimismo de que se termine llegando a algún entendimiento—, pero si se tira de la cuerda tanto y tantas veces, en algún momento podría terminar rompiéndose.

La narrativa sobre por qué Donald Trump iniciaba su guerra comercial ha ido variando sobre la marcha. Primero se traba de una medida magnífica para reindustrializar los EEUU, protegiendo su sector manufacturero de la competencia extranjera; acto seguido, también se nos intentó convencer de que iban a ser un mecanismo para multiplicar los ingresos del Fisco y financiar rebajas tributarias internas; después, nos dijeron que se buscaba generar una recesión para abaratar el coste de financiación del Tesoro; más tarde, que estábamos ante una jugada dirigida a aislar comercialmente a China dentro del área de influencia comercial de los EEUU; y, finalmente, que son estrategias negociadoras para cerrar acuerdos comerciales que resulten unilateralmente provechosos para los EEUU. Incluso en algún momento se nos ha pretendido convencer de que la guerra comercial era la antesala de una reconfiguración del orden monetario internacional, una especie de Bretton Woods 2.0 renombrado como Acuerdo Mar-a-Lago.

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