Habla Draghi y sube el pan

Seguramente ustedes habrán utilizado más de una vez la expresión “cada vez que habla sube el pan” cuando quieren referirse, generalmente de forma crítica, a la

Seguramente ustedes habrán utilizado más de una vez la expresión “cada vez que habla sube el pan” cuando quieren referirse, generalmente de forma crítica, a la relevancia o importancia que tienen las declaraciones de ciertos personajes públicos por el impacto que éstas causan. Entre nuestros políticos tenemos bastantes ejemplos al respecto, pero si hay alguien que ilustra dicha expresión, ese es Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE). Alguien de quien, además, podemos decirlo con toda propiedad, dado que precisamente el mandato de la institución que dirige es la estabilidad de los precios en la zona euro. Lo que habría que reflexionar es si conviene que unas simples palabras de un señor tengan tanto impacto en la economía y, por ende, en la vida de los ciudadanos.

Y es que las dos veces que Draghi ha hablado en los últimos quince días, ha convulsionado unos mercados que, de por sí, no están para muchos sobresaltos. Así, tras sus palabras el 26 de julio en una conferencia con analistas e inversores en Londres, en las que declaró que el “el BCE está dispuesto a hacer todo lo necesario para preservar el euro”, la prima de riesgo cayó de 650 a 560 puntos y el Ibex se disparó un 6% en una sola jornada.

Sin embargo, una semana después, el pasado jueves 2 de agosto, volvió a hablar en la rueda de prensa tras la reunión mensual del Consejo de Gobierno del BCE -en el que se decidió mantener los tipos de interés en el 0,75%- para decir, en un discurso cargado de condicionales, que antes de ponerse a comprar deuda de cualquier estado, éste debe pedir el rescate, además de que no contemplaba que el mecanismo de estabilidad actúe como un banco comercial. Dicho esto, y ya teníamos otra vez la prima de riesgo rozando los 600 puntos.

Al hacer el comentario en Twitter sobre la capacidad de un solo hombre para alterar los mercados de eso modo, me replicaron que de alguna manera eso forma también parte de la “lógica” de los mercados. Pero no. No es así, sino que más bien responde a la lógica del intervencionismo en el que estamos sumidos y que es causa, por otro lado, tanto de la burbuja inmobiliaria previa, como de la gran recesión que estamos sufriendo desde hace ya algunos años, demasiados.

Y es que, episodios de este tipo alimentan ese gran mito acerca de la economía de mercado que es decir que ésta se basa en la confianza. En efecto, la confianza juega un papel crucial en el buen funcionamiento del capitalismo, pero no en el sentido que habitualmente se le atribuye.

Así, la confianza en el respeto de la propiedad privada, el cumplimiento de las normas básicas de convivencia y el cumplimiento de los contratos es lo que mantiene y hace prosperar una sociedad. Por el contrario, en una economía intervenida por el estado y basada en dinero fiduciario, la confianza hay que depositarla forzosamente en los políticos -esos mismos que son la tercera causa de preocupación de los españoles-.

Cuando mediante mandatos, prohibiciones, regulaciones e intentos de planificar la economía actúan sobre ésta, los poderes públicos son determinantes en el proceso de generación de expectativas de los agentes económicos. Tanto es el poder que ha logrado acumular la nueva aristocracia contemporánea, la clase política, que dependemos de su capacidad para producir expectativas que sean creíbles. Y por eso precisamente, la confianza es tan frágil y quebradiza. Y la volatilidad en los mercados tan acusada.

Tanto es así que el gran pensador liberal Jean-François Revel comienza su libro El conocimiento inútil con la frase “La primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”, refiriéndose a la información en la era de la comunicación. Y no le faltaba razón al ensayista francés, pues si tratan ustedes de extrapolar su afirmación al mundo de la economía, descubrirán que ésta también se mueve por una gran mentira: el dinero fiduciario.

Pero a la mayoría de los políticos, economistas y comentaristas, sobre todo del ala keynesiana, no les sorprende ni parece molestarle este tremendo poder individual. Antes bien, se encuentran muy a gusto con él, siempre y cuando actúen como ellos consideran que deben hacerlo, siguiendo su averiada teoría económica. Y cuando no lo hacen, protestan afeándole el hecho de no haber sido elegido democráticamente.

Lo cual no deja de ser curioso, dado que si otorgamos el carácter democrático o no a cualquier cargo público, como a Mario Draghi o los miembros de la Comisión, en función de si éste es elegido o no mediante sufragio universal, encontraremos que realmente hay muy pocos políticos elegidos democráticamente. Por ejemplo, no votamos a ninguno de los ministros -ni siquiera conocemos los candidatos con antelación para poder someterles a escrutinio público, que sería lo deseable-.

De hecho, tampoco elegimos directamente al presidente del Gobierno, aunque de facto así sea, pues lo que votamos en las elecciones generales es a los representantes del poder legislativo. Es más, si me apuran, ni siquiera escogemos los diputados que supuestamente nos representan, dado que el menú que nos ofrecen los partidos es restringido -y además están sujetos a disciplina de voto-. Por no elegir, no elegimos directamente ni siquiera a nuestro concejal de distrito que quizás sea el político que tenemos más cercano.

Por eso, descalificar al presidente del BCE por no haber sido elegido democráticamente no es una excusa válida, aparte de que se queda únicamente en la superficie del problema.

Si queremos una economía que no dependa del capricho de unos pocos, quizás sea el momento de que el estado le devuelva a la sociedad una de las instituciones básicas para el funcionamiento de la economía, abandonando el dinero virtual e instaurando una moneda sólida, respaldada por oro y alejada de las manos de los políticos. Así nos evitábamos depender de un Draghi, de una canciller alemana o de un presidente que se va de vacaciones.

Monetae Mutatione
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