Algunos mitos sobre los impuestos que no interesa que usted sepa

Imagínense que ustedes compraran un billete de primera clase para un vuelo intercontinental, pagaran por él diez veces más que por un asiento en turista y la compañía

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    Imagínense que ustedes compraran un billete de primera clase para un vuelo intercontinental, pagaran por él diez veces más que por un asiento en turista y la compañía aérea les sentara en el último asiento en la cola, sin apenas espacio para las piernas y sin derecho a catering, salvo pagando. ¿Qué pensarían ustedes si las líneas aéreas se llamaran Hacienda Airways y su lema publicitario fuera Hacienda somos todos?

    Pues bien, en la vida real ese desafortunado eslogan ha calado bastante profundo en la población, y lo cierto es que Hacienda son unos más que otros, tal y como demuestra el siguiente dato que quizás desconozcan: el 80% de los ingresos percibidos por el Estado en concepto de IRPF lo aporta menos del 30% de las personas, que son las que declaran rentas –del trabajo y del ahorro– superiores a una cantidad situada entre 25 y 30.000 euros al año. 

       

    Es decir, aproximadamente unos 6,5 millones de personas (de una población de cerca de 47 millones) sostienen el 80% de la partida de ingresos por IRPF. Sin entrar a valorar en este momento si esta progresividad es deseable o no, estarán de acuerdo conmigo en que no se puede negar que la máxima favorita de los recaudadores fiscales de todos los tiempos no se sostiene. Hacienda no somos todos. O, al menos, no a la hora de pagar.

    Además, a pesar de que la progresividad ya se aplica en los ingresos, han de tener en cuenta que tampoco a la hora de disfrutar de los servicios públicos que presta el Estado somos todos iguales ante la ley, aplicándose una doble discriminación por razón de rentas. Por citar un ejemplo, cuantos más impuestos paga una persona, menos derecho tiene a elegir educación para sus hijos que no sea  estrictamente privada, al quedar relegado a los últimos puestos en las listas de prioridad a la hora de escoger centro público o concertado.

    La mayoría pagamos voluntariamente nuestros impuestos

    Los impuestos, como su propio nombre indica, son una acción impuesta sobre alguien, que no tiene la opción de negarse, luego difícilmente podemos decir que sean voluntarios. Es verdad que la mayoría de nosotros pagamos nuestros tributos sin que sea necesario que venga el señor de Hacienda físicamente a nuestra casa, acompañado de una pareja de la Guardia Civil. Pero el hecho de que no suela haber violencia explícita no implica que, en última instancia, no exista amenaza de la misma. Si no me creen, piensen qué ocurriría en el hipotético caso de que decidieran unilateralmente dejar de pagar. ¿A eso se le puede llamar voluntario?

    En todo caso, en general, los impuestos no se abonan al fisco de forma explícita y siendo conscientes de que estamos pagándolos. Antes bien, la mayoría hacemos frente a nuestras obligaciones fiscales con la anestesia de la retención en nómina del IRPF y las cotizaciones de la Seguridad Social, o enmascarada en los precios de los bienes y servicios que consumimos en forma de IVA y de otros impuestos especiales. No sé si son ustedes conscientes de que pagan de su bolsillo directamente a Hacienda menos del 10% de sus impuestos.

    En alguna ocasión, ya hemos comentado cómo Colbert, en su instrucción al joven rey Luis XIV, le enseñaba que el arte de los impuestos consiste en desplumar al ganso obteniendo la mayor cantidad posible de plumas con los mínimos graznidos. Observando nuestro sistema tributario, nuestros políticos dominan ese arte a la perfección, pues prácticamente no nos enteramos de cuándo y cómo pagamos nuestros impuestos.

      

    Afortunadamente, algunas instituciones privadas, como el think tank Civismo, se dedican a arrojar luz sobre esta opacidad tributaria con informes como el del Día de la Liberación Fiscal, que fue publicado hace unos días y del que están tomados la mayoría de los datos del gráfico anterior. En este trabajo de investigación, los autores han recogido todas las figuras impositivas, llegando a la conclusión de que para hacer frente a sus obligaciones para con Hacienda, un asalariado medio español debe dedicar 130 días de trabajo sólo a dicho cometido.

    Imaginen, pues, que se cambiara la forma de informar sobre la cantidad de impuestos a pagar y Hacienda les notificara a primeros de año el total que deben ingresar en ventanilla. Probablemente cambiaría su percepción sobre la voluntariedad de los mismos, ¿no creen?

    Los impuestos crean riqueza

    Supongan que alguien intentara resolver la sequía de un país simplemente cambiando el agua de pantano, llevándola a embalses menos eficientes, con más pérdidas y con mermas por evaporación del agua en los trasvases. ¿Creen que se incrementaría así la cantidad de agua total disponible? ¿No creen que sería mejor reducir el consumo de agua y, por otro lado, ahorrar para crear nuevos embalses?

    Y es que los impuestos difícilmente pueden crear riqueza. En el mejor de los casos, la redistribuyen de los ciudadanos que los pagan a aquellos que los reciben en forma de transferencias, subvenciones o compras de bienes y servicios. O, en el peor, en forma de comisiones, ERE falsos o sobresueldos en el caso de que la redistribución sea ilegal, que a veces ocurre también. Por desgracia.

    Pero, seguramente, en el más habitual de los casos, destruyen directamente la riqueza generada por la actividad empresarial genuina, enterrándola en rotondas, aeropuertos y AVE vacíos y 'embajadas' autonómicas. O simplemente despilfarrando el dinero público –ese que alguna ministra del Gobierno de España dijo que no era de nadie– por la gestión ineficaz de los responsables políticos puestos a dedo, más por su lealtad al aparato del partido que por su probada capacidad.

    Si los impuestos crearan riqueza, seguramente países como Corea del Norte o Cuba, dictaduras donde todo es impuesto por el Estado, serían los más ricos del planeta. Si en estos momentos y mientras leen esto están pensando en el ejemplo de los países nórdicos, paradigmas de alta fiscalidad con economías prósperas, les pediría que consideren la dirección de la flecha causal. ¿Son países ricos porque pagan muchos impuestos, o pueden permitirse pagar muchos impuestos porque son países ricos? Si atendemos a su historia, comprobaremos que esas naciones ya eran prósperas mucho antes –y de hecho, alguna como Suecia, casi deja de serlo a consecuencia de las nefastas políticas socialdemócratas.

    Los impuestos son la expresión de la solidaridad

    Por último, si ustedes quisieran educar a sus hijos enseñándolos a ser generosos y solidarios con los demás, ¿lo harían sacando el dinero de su hucha por las noches mientras duermen para dárselo a otras personas que sus hijos nunca verán? ¿Se enorgullecerían de lo solidarios que son sus hijos si hicieran esto?

    La solidaridad, entendida como un acto voluntario de adhesión a la causa de terceros, no es tal cuando es impuesta. En mi opinión, no hay nada de generoso en repartir el fruto de nuestro trabajo con los demás si lo hacemos de manera obligada y desconociendo tanto la cantidad realmente aportada como el destino específico de la exacción fiscal practicada sobre nuestras posesiones.

    El intervencionismo que silenciosamente domina la sociedad actual, y que tanto desprecia los actos voluntarios de las personas libres, prácticamente nos ha arrebatado la posibilidad de realizar uno de los actos de mayor grandeza humana que existen: compartir con los demás el resultado de nuestro esfuerzo, de forma altruista y desinteresada. Despersonalizando la solidaridad auténtica y politizándola, los socialistas de todos los partidos, como diría Hayek, han deshumanizado el gesto y se han apropiado de la capacidad del ser humano de ser generoso.

    Si no les he convencido, permítanme que les haga otra pregunta. ¿Les molesta a ustedes en su trabajo o en su vida personal que alguien se atribuya méritos que no le corresponden? ¿Qué opinan de esas personas tan dadas a colgarse medallas que pueblan oficinas? ¿No creen que es precisamente eso lo que hacen los políticos cuando sacan pecho en sus mítines dominicales, tras haber otorgado una subvención, subido las pensiones o incrementado las becas?

    En definitiva, es fácil ser solidario con el dinero de otros. Pero, como apostillara la recientemente fallecida Margaret Thatcher, “el socialismo fracasa cuando se acaba el dinero de los demás.

    Monetae Mutatione
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