Los bancos centrales son la causa de la inestabilidad

Tras el estallido de unas crisis, es un error fomentar el crecimiento del crédito a toda costa. Y eso es lo que están intentando las principales autoridades monetarias del mundo

Foto: El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (EFE)
El presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi. (EFE)

Posiblemente han oído hablar ustedes del puente de Tacoma Narrows. Este puente colgante de un kilómetro y medio -el tercero más largo en su época-, construido cerca de Seattle (EEUU) e inaugurado en 1940, se hizo tristemente famoso al derrumbarse (ver vídeo) cuatro meses después de que entrara en servicio, tras sufrir violentas oscilaciones a causa del viento y de lo que en física se conoce como resonancia. Este fenómeno consiste en que, cuando se aplica una fuerza con la misma frecuencia con la que un sistema oscila de forma natural, se genera un efecto de realimentación que provoca que los movimientos sean cada vez más amplios, hasta que la estructura no puede resistir y colapsa. Pues bien, algo parecido puede estar ocurriendo con la economía (sistema) y la acción de los bancos centrales (estímulos externos).

Así se puede inferir del gráfico mostrado y que ha utilizado últimamente Claudio Borio, a la sazón jefe del departamento de estudios económicos y monetarios del Banco de Pagos Internacionales -BIS, por sus siglas en inglés-. El comúnmente denominado banco central de los bancos centrales es, posiblemente, la única institución pública internacional que aporta algo de sentido común en esta locura 'tintadicta' en que se han convertido las políticas monetarias de los bancos centrales, la producción académica de la inmensa mayoría de las cátedras de Economía y la línea editorial de los medios de comunicación económicos más relevantes, como, por ejemplo, 'The Economist' en su último número.

Porque, tal y como ha criticado el jefe de estudios monetarios del BIS, tras el estallido de una crisis, es un error fomentar el crecimiento del crédito a toda costa. Y eso es precisamente lo que están intentando las principales autoridades monetarias del mundo -a las que posiblemente pronto se reincorporará la Reserva Federal norteamericana-. Así, sus dirigentes se empeñan en forzar a los bancos a prestar el exceso de reservas que mantienen en los bancos centrales, penalizándolos con tipos de interés negativos. Esta es una nueva versión de las fallidas políticas que vienen aplicando desde 2008, intentar solucionar un problema de deuda con más deuda.

De este modo, Borio acierta nuevamente al denunciar el fracaso de las políticas aplicadas durante la última década para prevenir la gestación de burbujas financieras y evitar sus consiguientes pinchazos. Políticas que están generando nuevas tensiones en el sistema bancario que pueden llevar a nuevos episodios de inestabilidad financiera, haciendo crónica la debilidad económica -como le ocurre a Japón- y alimentando el riesgo de una posible ruptura en el orden económico mundial. Si les parece que es una exageración, les ruego vuelvan a observar el primer gráfico que compartía con ustedes y recuerden lo que le ocurrió al puente de Tacoma Narrows.

Porque no es casualidad que la banca italiana haya estado recientemente en el punto de mira por el aumento de la morosidad, en solo cinco años, del 5% al 15%. O las dudas sobre un importante banco europeo, con una exposición a derivados que es cinco veces el PIB de toda la eurozona, y que han puesto en solfa su capacidad para hacer frente a las obligaciones de pago de sus bonos convertibles. O la acumulación hasta junio del pasado año de 169.000 millones de deuda neta -descontada la caja- por las compañías de 'shale oil' norteamericanas, hoy en riesgo de repago con el petróleo a precios mínimos. Deuda sobre deuda, sobre más deuda, que se quiere solucionar, adivinen cómo. Exacto, con más deuda.

La expansión cuantitativa -QE- y las políticas de tipos de interés ultrabajos o incluso negativos -ZIRP, NIRP- han causado no solo la alteración de los precios en los mercados de capitales -acciones, bonos, derivados, etc.-, sino que han empujado a los inversores más conspicuamente conservadores hacia activos de alto riesgo, en búsqueda desesperada de un mínimo de rentabilidad. Esta actuación de los bancos centrales ha inundado por completo sectores caracterizados por un elevado riesgo con demasiado dinero durante un tiempo excesivamente prolongado. La cuestión es cómo salir de este callejón en el que nos han metido esas políticas. Porque una vez que el crecimiento de la deuda comienza a reducirse, los beneficios, los balances y la solvencia se reducen también.

Este efecto de incremento creciente de la inestabilidad financiera como consecuencia de la aplicación de estímulos por parte de los bancos centrales, es lo que el 'Wall Street Journal' bautizó en un artículo reciente como “la espiral de la muerte” -'doom loop' en inglés- (enlace). El circuito de realimentación funciona de la siguiente forma: ante el necesario proceso de reajuste de los desequilibrios de la economía, las autoridades monetarias han respondido bajando los tipos de interés para fomentar el endeudamiento. Y ello ha tenido como efecto secundario la reducción de los márgenes de la banca. Pero las medidas no han tenido el impacto deseado en el crecimiento de una economía donde, si algo sobra, es deuda.

Y es que los ciclos económicos de auge y depresión alimentados por el crecimiento artificial del crédito suelen dejar a la economía con excesos que hay que digerir, de ahí que la demanda de nuevos préstamos y otras formas de endeudamiento necesariamente se resienta, a pesar de los estímulos a la desesperada de los bancos centrales. Una digestión en forma de desapalancamiento que es imprescindible para que la recuperación sea sostenible y duradera. De hecho, los datos históricos sugieren que el crecimiento del PIB en la recuperación es mayor cuanto más acusada es la contracción del crédito en la fase de depresión. Y al contrario, cuando el endeudamiento crece durante la crisis, la recesión está asegurada (ver gráfico).

Es lógico, pues, que el crecimiento sólido siga sin dar señales de vida, ya que lo que necesita la economía no es más deuda sino sanearse y desapalancarse, liquidando las malinversiones de la última burbuja. Pero ¿cuál es la solución de los economistas con complejo de astrofísicos de los bancos centrales? Adentrarse en el desconocido mundo de los tipos de interés negativo. Lo que motiva que las rentabilidades sigan, consecuentemente, cayendo, a la vez que crece la aversión al riesgo de los inversores, que empiezan a tomar conciencia de que algo no va bien. La consecuencia es la caída de cotización de las acciones y bonos de los bancos, contagiando al resto de los títulos y generando más incertidumbre aún, que frena el poco crédito nuevo que se demanda y añade presión al crecimiento.

Y así sucesivamente hasta que el sistema rompa como el antiguo puente de Tacoma Narrows. O alguien nos escuche a los que clamamos por parar el diluvio monetario universal y apostamos por lograr un crecimiento sostenible y equilibrado, basado en reformas estructurales y en el abandono del modelo de crecimiento basado en la deuda.

Monetae Mutatione

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