The ecstasy of gold

Pocas clases de activos suscitan opiniones tan encontradas como el oro. La postura predominante en el bando Value es de abierto desdén, al tratarse de un

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    Pocas clases de activos suscitan opiniones tan encontradas como el oro. La postura predominante en el bando Value es de abierto desdén, al tratarse de un activo difícil de valorar por no generar flujo de caja.  Dentro de esta línea de pensamiento quizás las declaraciones más jugosas al respecto fueron las que hizo hace unos meses Charles Munger, mano derecha de Warren Buffett, que afirmó “el oro es una idea estupenda para tener cosida a la ropa si eres miembro de una familia judía en Viena en 1939, la gente civilizada no invierte en oro”.

    Por otro lado están los que tienen una visión de la economía como una rama de la moralidad, como bien indicaba el polemista Christopher Hitchens que afirmó “El oro es sólido, el oro es duradero, el oro es raro, el oro es incluso (en ciertas circunstancias muy peculiares) convertible. Creer en el ahorro, la solidez y solvencia es creer de alguna manera en las propiedades del oro” No es extraño, por tanto, que el metal dorado sea tan popular entre los seguidores de la escuela austriaca.

    Para la sabiduría popular imperante en el mercado, el oro es un hedge contra la expansión monetaria. Y se interpreta el movimiento parabólico experimentado por el precio del lingote como una reacción a la tercera ronda de Quantitative Easing en Estados Unidos. 


    Tan extendida parece estar esta opinión que  en la actualidad estamos en el mismo ratio (comparando el precio del oro respecto a la base monetaria) que en 1971, justo el momento en que, según palabras de Nixon, pasamos a vivir en un mundo keynesiano (véase: Gold Investing: What is the “Barbarous relic” really worth?).

    Sin embargo ni los criterios de valoración como el utilizado por Buffett con su alegoría del gran cubo de oro, ni el desempeño del activo en la última década (en la que ha arrojado una rentabilidad anual compuesta del 17%),  parecen augurar una gran rentabilidad a futuro, dada la tendencia de los activos a revertir a la media de su rentabilidad histórica.

    Si la consecuencia que se prevé ante la política monetaria de las grandes zonas económicas es una alta inflación, entonces el oro no es la clase de activo que vaya a batir a las demás. Así lo demuestran estudios estadísticos  que se remontan a 1560 publicados en el libro “The Golden Constant”, según los cuales el oro cuando mejor funciona es en los periodos deflacionarios.

    De hecho Ray Dalio, el gestor que parece haber sucedido a Soros en el puesto de persona que mejor entiende las dinámicas macroeconómicas, recomienda tener oro como parte de una cartera diversificada para cubrirse del riesgo de que, en última instancia, las políticas expansivas de los gobiernos no logren reactivar la economía y volvamos a las turbulencias severas. En esta entrevista con la CNBC, Dalio afirma que el oro es un sintético de la liquidez y que en el largo plazo su rentabilidad será sólo ligeramente superior a la de ésta.

    Finalmente, parece que tanto Dalio, como Munger, como el inquietante Kyle Bass (que en el primer capítulo de Boomerang contaba que el consejo de inversión que daría a su madre sería hacerse con oro físico y armas) están de acuerdo en que el oro es el activo en el que estar en un escenario apocalíptico, pero difieren en su visión de hacia dónde se dirige el mundo. Si de lo que queremos protegernos es de la inflación existen mejores alternativas, de las que hablaremos en próximas entradas.

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