Sociedad aumentada que elimina el riesgo de burbuja 2.0
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Marc Vidal

Salida de Emergencia

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Sociedad aumentada que elimina el riesgo de burbuja 2.0

Leo en The Guardian a Alan Patrick hablando de que "una burbuja se define por demasiado dinero buscando activos, una mayor producción de esos activos, y

Leo en The Guardian a Alan Patrick hablando de que "una burbuja se define por demasiado dinero buscando activos, una mayor producción de esos activos, y la necesidad de encontrar un tonto mayor para comprarlos”. Patrick hace esta afirmación pensando, sobre todo, en la denominada burbuja de la Web 2.0. Es probable que la valoración de según qué activos pueda estar facilitando esa sensación, pero cuando eso se generaliza con el conjunto de empresas que están desarrollándose en ese escenario, se corre el riesgo de equivocarse o de calificar a todos por igual cuando no debería de ser así.

 

Por lo general, cuando se define como burbuja la actual situación de valoraciones protobursátiles en algunas compañías del sector digital, se atiende a recordar la crisis sufrida por las puntocom en la primavera de 2000. Recordemos, por delimitar, que aquella explosión se produjo en un entorno de novedad empresarial, con un ecommerce incipiente y con una sobredimensión del capital riesgo que se volcó en modelos de negocio que estaban por interpretar hasta esa fecha. Como ahora, pero con la diferencia que las de hoy facturan y mucho, sus versiones freeview o sus modelos de negocio se adaptan de manera ágil a las oportunidades y sus inversores aportan valor a la acción.

En la BBC, ayer, se dudaba precisamente del hecho de que Facebook valiera más de 50.000 millones de dólares, que Groupon rechace ofertas de más de 6.000 por la venta de su plataforma, que Twitter esté valorada en más de 1.000 millones o que, y éste es el que puso el punto de mira en la burbuja de hace una década, Spotify pudiera estar siendo considerada por otros 1.000 millones. Decía el analista televisivo británico que todas ellas son empresas que hace apenas un par de años no valían ni una milésima parte de lo que ahora parecen costar y que todas ellas pertenecen a la denominada órbita 2.0.

No tengo claro que estos datos indiquen si estamos o no ante una burbuja. Google también fue valorada a cifras impensables y sin embargo ahí está, considerada una de las empresas más rentables del planeta. Otras como Facebook facturan cifras que ya les gustaría a multinacionales con más de tres décadas de vida, por ejemplo. La duda es si esa facturación es más un camino sin retorno o, por el contrario, es motivo de un espontáneo gesto social que se irá diluyendo con el tiempo y, lo que ahora es un servicio, acabará siendo una commodity que muchas empresas llegarán a contemplar en sus propias redes de usuarios, clientes y empleados. Ya veremos, pero de momento, lo seguro es que generan beneficios y que los modelos de pago se han actualizado hasta el punto que facturar digitalmente un servicio virtual es tan “físicamente contrastable” como otro que se transacciones en la vida analógica.

A mi modo de ver, la clave está en dejar de ver esas empresas como elementos extraños, especiales y específicos de un modelo tecnológico y entender que son algo más. Se han convertido en plataformas por las que circula la vida de millones de personas, de miles de empresas y, como demuestran los sucesos de estos últimos meses en el mundo árabe, son las plazas donde las voluntades y los anhelos confluyen con extraordinaria fuerza. ¿Se podría entender todos esos hechos sin la tecnología social? No son empresas, son el lugar.

No se puede desvincular el valor bursátil, la calificación capital y la formulación financiera de estas compañías sin atender que no sólo estamos asistiendo al engorde organizado de una tipología empresarial, sino que nos encontramos en la antesala de un nuevo modelo, casi generacional, de gestionar la información, la inteligencia colectiva y la compra social. Compramos conocimiento y tras él aparece la reputación de las marcas. En esto radica la tremenda importancia y, por derivación, su enorme valor. Cada una de estas empresas, y las que se vayan generando o que las puedan complementar y sustituir, ya no son un cuerpo extraño sino que se integran en la cotidiana gestión de este mundo cada vez menos capaz de vivir sin lo digitalmente social.

Decía Barabasi que estamos ante la “sociedad aumentada” y en ella se cimienta todo ese valor aparentemente desorbitado de las empresas 2.0. Añado que la clave estará en el enlace que ya se vive con cierta cotidianeidad de las acciones digitales y los sucesos presenciales. A mi modo de ver, muchas de esas compañías están todavía infravaloradas, su importancia va mucho más allá que la de gestionar relaciones humanas, se dirigen a crear un nuevo modelo social, más deliberativo y determinante. Estamos ante un cambio histórico en algunas sociedades cercanas que tarde o temprano nos afectará. Sin ellas poco de lo que el futuro nos depara sería posible.

Ayer participé en un programa en Panamá para hablar de esto y esencialmente entiendo que es así como lo ven muchos. El futuro se centra en la comprensión de su importancia, como empresas y como plataformas, rentables la mayoría, pero imprescindibles casi todas. En unas horas tomo un vuelo a Tegucigalpa. Esta vez el propósito de mi viaje es continuar estimulando algunos proyectos emprendedores en Centroamérica. La mayoría de ellos son de base tecnológica y eso los hace mucho más internacionalizables. Ha llegado el momento de asumir las herramientas que tenemos como sociedad, de atender la demanda que las nuevas generaciones exigen y utilizar ese mecano extraño y sofisticado que es la red. Por curioso y extraño que parezca son estas plataformas las que dicen pudieran encabezar la explosión de la denominada “burbuja 2.0” las que permiten que todo ello suceda.

¿Podemos denominar burbuja a todo lo que está pasando en el mundo? La única burbuja que me vienen a la cabeza ahora mismo se llama “nacionalización de las cajas españolas”, que eso si es una burbuja explosionando y a tiempo real.

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