¿Debemos subvencionar el cine español? Desde luego que sí

Los razonamientos de Rallo constituyen para sus adláteres un sano egoísmo racional; para mí suponen una fantasía donde toda política social o cultural se convierte en un liberticidio inaceptable

Foto: El realizador Ander Sistiaga, tras recibir el premio a la mejor dirección de producción por 'Handia' durante la 32ª edición de los Premios Goya. (EFE)
El realizador Ander Sistiaga, tras recibir el premio a la mejor dirección de producción por 'Handia' durante la 32ª edición de los Premios Goya. (EFE)

Juan Ramón Rallo, doctor en Economía y licenciado en Derecho, ha replicado de manera formidable a mi texto a favor de las subvenciones al cine español, que a su vez era una réplica un tanto gamberra a un artículo suyo contra las subvenciones. Admito (sería absurdo no hacerlo) que me ha pillado dándole la vuelta al calcetín de sus argumentaciones. Donde él se expresaba en términos individualistas, yo lo hacía de forma comunitarista. Seguramente este ejercicio de estilo no ha quedado muy florido, aunque desde luego no era ese mi propósito; me interesaba parodiar su posición ideológica reduccionista con una respuesta simétrica que con toda seguridad enervaría a quienes albergan prejuicios y resentimientos no solo contra la industria cinematográfica actual, sino contra todo lo público (el Leviatán escondido al que tanto temen los liberales libertarios).

Era evidente que Juan Ramón Rallo y yo no nos pondríamos de acuerdo. Él no está a favor de la neutralidad de la red y yo sí, aunque eso es lo de menos. Rallo suprimiría el salario mínimo y privatizaría tanto la educación como la sanidad. En suma, crearía un Estado mínimo donde bastaría con que hubiera policías, jueces y poco más. De este modo, flirtea con la posibilidad de convertirse en nuestro Robert Nozick nacional. Además, el eminente economista ha publicado un libro contra la renta básica donde se bate contra sus demonios 'neocomunistas' [sic].

Me interesaba parodiar su posición ideológica con una respuesta simétrica que enervaría a quienes albergan prejuicios contra todo lo público

El lance estaba asegurado, si bien él llevaba las de ganar, dado que no parece asumir contradicciones de ningún tipo. En mi caso puede haberlas, qué duda cabe (la realidad es contradictoria, y la razón también, que diría Hegel). De todos modos, nadie está aquí libre de pecado. En esta contrarréplica me gustaría señalar lo que para mí son inconsistencias flagrantes (si es que no es algo peor, un cinismo desaforado), aun a riesgo de enzarzarnos en un toma y daca interminable, ya que el problema subyacente a nuestras diferencias reside, a mi entender, en un arraigo ideológico difícilmente remediable. Allá vamos:

Rallo se pregunta por qué el cine español es un bien común para todos los españoles. Su respuesta es que lo será solo para aquellas personas a las que les guste el cine, pero qué sucede con aquellas personas a las que les desagrada profundamente el cine o con las que detestan todo lo relativo a la españolidad. Por no hablar, sostiene él, de los que priorizan inquietudes no artísticas. Desde sus presupuestos dogmáticos, donde todo impuesto se antoja coactivo y por lo tanto inmoral, también se podría argumentar en contra de las carreteras o de cualquier aspecto de la gobernanza. ¿Por qué mis impuestos tendrían que servir para costear carreteras que yo no uso? ¿Y si prefiero el tren o la bicicleta? Su limpia argumentación desembocaría en absurdas tropelías: ¿por qué se tienen que destinar mis impuestos a una operación de corazón cuando el mío no falla? ¿Por qué subvencionar una película en la que salen negros u homosexuales si me declaro racista u homófobo?

¿Por qué mis impuestos tendrían que servir para costear carreteras que yo no uso? Su limpia argumentación desembocaría en absurdas tropelías

Su medida salomónica es recusar todo el sistema en lugar de hacer política. En realidad, debatir sobre las subvenciones al cine es solo una cortina de humo, el chocolate del loro de un tema de mayor calado (como el desmantelamiento del Estado del bienestar). Los razonamientos axiomáticos de Rallo seguramente constituyen para sus adláteres un sano egoísmo racional; para mí suponen, más bien, una fantasía neurótica donde toda política social o cultural se convierte en un liberticidio inaceptable.

La alergia impositiva que siente ('rapiña fiscal' y 'parasitismo fiscal' no son expresiones de contrición precisamente) es la piedra angular de sus tesis contra el cine español. No sé qué pensará de Hollywood y de las ayudas al cine que recibe. Por mucho que el modelo estadounidense se acerque más a sus preferencias, me da que los bienes culturales tampoco son allí unos bienes cualesquiera. El director del instituto Juan de Mariana desprecia la cultura al reducirla a un simple cálculo economicista.

La política sirve para priorizar esos proyectos y para alcanzar acuerdos. Podemos mejorar la política y refinar las asignaciones de las subvenciones

Rallo me malinterpreta deliberadamente cuando presupone que yo abogo por apoyar todos los proyectos sociales o culturales a la vez. Equitativo no significa idéntico ni simultáneo… y eso que él conocerá en profundidad la obra de Rawls, que se preocupó por la justicia como equidad. La política sirve para priorizar esos proyectos y para alcanzar acuerdos. Podemos mejorar la política y refinar las asignaciones de las subvenciones. Lo contrario, negar la mayor, es puro voluntarismo antiestatalista: en vista de que siempre habrá personas que se opongan a que su dinero se emplee de una forma u otra, que el Estado no asigne ayudas bajo ninguna circunstancia.

Releo mis palabras y tengo la sensación de estar cometiendo una falacia del hombre de paja, es decir, de estar simplificando sus argumentos con alevosía. Y para nada es mi intención. Al contrario, intento tomarme en serio su utopía liberal, pero no puedo porque creo que él mismo no se la toma en serio, más allá de que representa un buen ejercicio de política-ficción. Rallo no ha vivido la revolución liberal (¿anarcocapitalista?) que quiere para España. Ni la vivirá, pues hasta los pensadores más furibundos suelen bajar del empíreo académico y aceptan, a veces a regañadientes, los pilares de la socialdemocracia y el Estado del bienestar.

No sé cómo estos liberales libertarios saben tanto del empobrecimiento intensivo de los países comunistas y tan poco del que ellos mismos promueven. Los socialistas utópicos, tildados de ingenuos en el mejor de los casos, tenían más conocimiento sobre el mundo real que este doctor en Economía, que ha diseñado un sistema de libertades perfecto (sin obligaciones contraídas, claro) de una esfericidad platónica, aunque esconde los mismos sofismas filosóficos, si no más, que el tramposo argumento ontológico de San Anselmo (Rallo sustituye el concepto Dios por el de Lucro y lo explica todo a partir de ahí, como si hubiera dado con el resultado exacto a la ecuación de la vida).

Seamos un poco comedidos en aras del debate público, pues aquellos que no desean apoyar el cine español no están siendo “esclavizados”

Perdonen esta 'anestesia verborreica'. Mi intención no era, como arguye Rallo, adormilar al ciudadano, sino más bien confrontar perspectivas y hacer ver que la cuestión de fondo no tiene tanto que ver con las subvenciones al cine como con el modelo de sociedad y convivencia que queremos. Creo que una mente tan preclara como la de Rallo merece causas más nobles, aunque él esté encantado de ajustarse al nuevo traje del emperador libertario, vacuo y condescendiente. Su política-ficción aporta tanto a la prosperidad social y cultural como la contribución del físico Stephen Hawking a la filosofía. Es paradójico que su pensamiento liberal adolezca de aquello que critica el filósofo Antonio Escohotado, que ha ser un gran referente para Rallo: “Dogmatismo es preferir el prejuicio al juicio, legislación a derecho, lo acostumbrado al libre examen”.

¿Debemos subvencionar el cine español? Desde luego que sí. ¿Se pueden mejorar las concesiones de esas subvenciones? Seguro que también. Hagamos política, que para eso está. Y seamos un poco comedidos en aras del debate público, pues aquellos que no desean apoyar el cine español no están siendo 'esclavizados', como afirma el profesor. La bilis de los libertarios está centrada en temas culturales y eso es bueno porque su arte politizado ha sido tan pobre como el que produjo el socialismo real.

En este campo de juego seguramente perderán. Sin embargo, si llegaran a ganar la batalla del arte, se sentirían a sus anchas para abordar con el mismo ímpetu otros asuntos en que, siempre cargados de buenas intenciones, construirían un delicado empedrado hacia el infierno social. Espero que las instituciones (y columnas como esta) formen los necesarios diques de contención contra la voluntad de poder de mentes tan privilegiadas (y desaprovechadas) como la de Juan Ramón Rallo.

*Andrés Lomeña. Profesor, doctor en sociología y colaborador de Common Action Forum.

Tribuna

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