¿Tienen los mercados, la Comisión Europea y el FMI razón sobre Italia?

Sería casualidad que estuvieran todos equivocados…

Foto: Las bolsas europeas se desploman. (EFE)
Las bolsas europeas se desploman. (EFE)

Debilidad estructural persistente. Desequilibrios. Fragilidad financiera. Estos son algunos de los términos empleados por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para describir a la economía italiana en su informe más reciente sobre el país. Transcurrida casi una década desde la gran crisis financiera, las perspectivas económicas de Italia siguen siendo poco risueñas, y su población joven y en edad de trabajar se lleva claramente la peor parte. Con el país abocado a nuevas elecciones, la profunda división del electorado complica el panorama de unos ajustes y reformas muy necesarios.

La renta disponible real per cápita se halla por debajo de los niveles previos a la entrada en la eurozona, y todo apunta a que los demás países miembros ampliarán su ventaja respecto a Italia en términos de crecimiento del PIB y de la renta per cápita en los próximos 10 años. La economía italiana es la tercera mayor de la eurozona, y representa un 16% del PIB de la región.

Debido a su tamaño, la Comisión Europea ya ha advertido a los mercados de que el país podría ser una fuente importante de riesgo económico y financiero para la eurozona, temores que ya se han hecho palpables en los mercados. El ratio de deuda soberana/PIB ronda el 133%, el segundo mayor de la Unión Europea (UE) después de Grecia. La cifra de préstamos incobrables de los bancos es aproximadamente del 21% del PIB, una de las más altas de la UE. Con una política monetaria ultraexpansiva para proporcionar abundante liquidez y evitar así una crisis a corto plazo, el Banco Central Europeo y su presidente, Mario Draghi, han logrado eludir el escenario de que un país miembro abandone la moneda única. Pero a largo plazo, la economía italiana presenta problemas significativos que tendrán que abordarse para poder soportar un entorno económico más duro. Dada su debilidad estructural (en forma de altos costes laborales unitarios, fiscalidad elevada, barreras a la competencia y un sector público ineficiente, por ejemplo), ¿solicitará Italia su salida de la Unión Económica y Monetaria (UEM) de la UE?

A la luz del trasfondo político y económico, los resultados de una encuesta reciente no sorprenden: si Italia celebrara un referéndum sobre su pertenencia a la UE, un 51% de los encuestados de menos de 45 años de edad votaría a favor de irse, mientras que un 46% lo haría a favor de quedarse. Del grupo de encuestados con edad superior a los 45 años, un 68% se declararía a favor de permanecer en la UE, y un 26% a favor de irse. Los votantes italianos más jóvenes están descontentos con la UE, al considerar que la convergencia económica entre los países miembros se ha producido a expensas de Italia. No obstante, casi la mitad de la población italiana tiene más de 45 años, con lo que la gente joven con edad para votar está en clara minoría. Ello sugiere que la probabilidad de que Italia invoque el artículo 50 es baja, y aun en el caso de que esto ocurriera, los tiempos de una salida serían largos, como ya estamos viendo en el caso del Brexit.

Italia presenta problemas significativos que tendrán que abordarse para poder soportar un entorno económico más duro

Y, claro, cabe preguntarse: ¿estaría Italia en mejor situación fuera de la UE y de la UEM? Lo más seguro es que no. La marcha de un país miembro de la UEM conduciría probablemente a salidas de capital y a retiradas masivas de depósitos, lo cual dejaría al sistema bancario en la ruina. La devaluación de la nueva divisa provocaría instantáneamente altos niveles de inflación y fuertes recortes salariales. Las ramificaciones legales se dispararían en un amplio abanico de temas complejos, entre ellos la validez y exigibilidad de los contratos y de las obligaciones existentes con acreedores, redenominados en la nueva divisa y bajo un nuevo régimen. Es por estos motivos, entre muchos otros, que varios gobiernos griegos han dado la espalda al Grexit a favor de programas de rescate.

Pero es cierto que el panorama de la economía italiana no es particularmente esperanzador dentro de la UEM, y el FMI prevé un crecimiento bajo a medio plazo. Italia también se enfrenta a la perspectiva de una década —o más— de dolorosa devaluación interna. Por ejemplo, se estima que los salarios nominales italianos deberían devaluarse un 20% —y más de un 30% en el sector manufacturero— para recuperar la competitividad con Alemania. De no producirse una devaluación interna como la griega, todo apunta a que la situación de Italia en los mercados seguirá siendo tensa, y una ausencia prolongada de Gobierno —o uno que se niegue a llevarlos a cabo— impide la implementación de los cambios necesarios para que la economía supere sus problemas estructurales.

Para los inversores en renta fija, la falta de reforma estructural, los altos ratios de deuda/PIB, la lenta retirada de las medidas de flexibilización cuantitativa (QE) y un potencial cambio de régimen en el BCE (a partir de noviembre de 2019, tendrá un nuevo presidente) justifican la cautela ante la deuda italiana en vencimientos largos. La prima de riesgo italiana está alcanzando sus máximos de los últimos cinco años y sus TIR están distorsionadas por el QE: se estima que el BCE tiene en su poder un 28% de la deuda soberana del país. Es necesario abordar la fragilidad de la economía italiana, el tiempo no corre a su favor.

*Anthony Doyle es director de Inversión del equipo de renta fija minorista de M&G Investments.

Tribuna

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