'Things to come' en el ámbito energético

En este ámbito nos esperan décadas ilusionantes. La maldición china ("Ojalá te toque vivir tiempos interesantes") se revelará infundada: en este caso la película puede ser un éxito

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En febrero de 1936 se estrenó en Londres una notable película de ciencia ficción titulada 'Things to come'. Producida por Alexander Korda y con guión de H.G.Wells (que adaptaba con cierta laxitud su novela 'The Shape of Things to Come', publicada en 1933), la cinta, que se presentaba como la producción británica de mayor presupuesto hasta esa fecha, ofrecía un anticipo de los acontecimientos futuros que afectarían a la humanidad en un lapso de tiempo que se extendía desde 1940 a 2036.

La acción se iniciaba en la Navidad de 1940 con el estallido de una nueva guerra mundial que se prolongaba durante treinta años con recurrentes bombardeos de gases asfixiantes y en cuya fase final uno de los bandos, como recurso desesperado, daba paso al empleo de armas biológicas. A sus resultas, el orden social se desmoronaba por completo y la humanidad descendía a un estado similar al de las épocas más oscuras de la Alta Edad Media, dividida en reducidas comunidades comandadas por primitivos señores de la guerra.

En este estado de cosas, un colectivo de científicos que habían buscado refugio en Oriente Medio y se agrupaban bajo el poético nombre de Alas sobre el Mundo, reducían progresivamente a esas comunidades dispersas para integrarlas en una nueva sociedad universal, sirviéndose para ello de la convicción y, en su defecto y paradójicamente, de las mismas armas que habían provocado la general devastación: grandes aeroplanos y bombas de gas, bien que en este caso se trataba de gas sedante, que no letal.

Una imagen de 'Things to come'.
Una imagen de 'Things to come'.

El tiempo pasaba y el proyecto se consolidaba, dando lugar a una sociedad mundial que vivía en esplendorosas ciudades subterráneas, de aspecto similar a gigantescos hoteles de lujo y dotadas de ubicuas pantallas de televisión, y que disfrutaba de un extenso bienestar general, siendo regida por un gobierno único de carácter tecnocrático. Pero en el año 2036, en el que se desarrollaban las escenas finales de la película, la armonía se veía sacudida como consecuencia de la oposición de ciertos sectores de la población al proyecto de enviar una nave a la luna, lo que no impedía su final lanzamiento, llevando en su interior a unos nuevos Adán y Eva que habrían de permitir la creación de una nueva humanidad en el espacio.

Es más que probable que cualquier lector que haya tenido la paciencia de seguir la lectura hasta este momento se esté preguntando cuales pueden ser las razones que me hayan llevado a rescatar de un más que probable olvido esta curiosa película y cuál es la vinculación que pueda tener con el título del artículo. No me queda sino pedirles que me otorguen un poco más de su generosa paciencia.

Cuando yo vi esta película en televisión, allá por los lejanos años de mi adolescencia (entonces las televisiones todavía programaban estas rarezas cinéfilas en horarios razonables) recuerdo haber concluido que una vez más se evidenciaba que los pronósticos sobre el futuro suelen ser certeros en el corto plazo, pero no más allá (o solo quizá en las grandes líneas). Me sorprendió que la película hubiera adelantado con escaso error la fecha de inicio de la Segunda Guerra Mundial (lo que en febrero de 1936, no digamos ya en 1933, no era ni mucho menos tan evidente), pero resultaba patente que no había sabido anticipar la aparición de un arma tan disruptiva como la nuclear ni, ciertamente, el estricto alcance de las consecuencias del conflicto.

La fijación de objetivos finales es indispensable para dinamizar un proyecto de tal envergadura. Y el proceso de transición energética es ineluctable

Pues bien, lo cierto es que, por esas extrañas e irracionales asociaciones que a veces tiene la mente humana, el recuerdo de esta película me asaltó de repente cuando, en una reciente sesión informativa, iba desgranando los objetivos resultantes del nuevo paquete de Directivas. En particular, la Directiva 2018/2001/UE, relativa al fomento del uso de energía procedente de fuentes renovables, y la Directiva 2018/2002/UE, por la que se modifica la Directiva 2012/27/UE relativa a la eficiencia energética. Son la hoja de ruta de la Unión Europea para el desarrollo del proceso de descarbonización hacia el objetivo de una economía hipocarbónica para el año 2050, así como las previsiones a tal fin resultantes del texto hasta aquel momento conocido del borrador de Anteproyecto de Ley de Cambio Climático y Transición Energético (que señalaba como objetivo la reducción, respecto de 1990, en un 90% de las emisiones de gases de efecto invernadero y la consecución de un sistema eléctrico basado exclusivamente en fuentes de generación renovable en el año 2050, con un estadio intermedio en 2030 del 20% y 70% para cada uno de los tales objetivos). En efecto, en el curso de la exposición me sorprendí pensando que, hasta cierto punto, mi relato lo era también de 'things to come'.

Pues bien, por cinéfila que sea la asociación, es errónea. Obviamente, es siempre difícil y arriesgado alumbrar una regulación que enuncie objetivos a más de treinta años vista. Sin duda, si el legislador de 1988 hubiera intentado anticipar la realidad de hoy en día, no solo en el ámbito energético sino en el de las telecomunicaciones o de la sociedad digital por solo citar algunos ejemplos, es más que probable que hubiera errado en buena medida.

Sin embargo, la fijación de objetivos finales, por remotos que sean, es indispensable para dinamizar un proyecto de tal envergadura y alcance. Y resulta bastante evidente para cualquier observador que el proceso de transición energética es tan real como ineluctable y que en él, como instrumento esencial para la consecución final de una economía descarbonizada, el papel de las energías renovables y, en general, de la electrificación de la economía, será decisivo. Prueba reveladora de ello es que algunos caracterizados operadores del sector petrolífero como Repsol o Cepsa, evidenciando contar con una dirección estratégica que sabe leer los signos, han comenzado de forma decidida a tomar posición en dicho ámbito.

Indudablemente, nadie puede descartar de modo absoluto que en ese proceso pueda intermediar la aparición disruptiva de alguna nueva tecnología de generación o almacenamiento. Pero, ello al margen, es evidente que la consecución de los objetivos propuestos exigirá enormes inversiones en generación renovable y desarrollo de redes e infraestructuras asociadas a la movilidad eléctrica que ofrecerán toda clase de oportunidades, planteando al tiempo evidentes retos al regulador (o, con mejor expresión, los reguladores, que habrán de velar por la adecuación del marco jurídico, la racionalidad del desarrollo y su adecuado fomento y sostenibilidad financiera) así como también a los distintos operadores jurídicos, cuya colaboración y buen hacer será esencial para la culminación de tan ambicioso proyecto.

'Things to Come' fue un fracaso en la taquilla. En la crítica que el New York Times publicó en su edición de 18 de abril de 1936 (accesible gracias a esa bendición que, en algunos aspectos, es internet) Frank Nugent, que luego fue guionista de buena parte de los grandes títulos de John Ford, concluía afirmando: "Si el señor Wells tiene razón, nos espera un siglo interesante". Todo indica que en el ámbito energético nos esperan también décadas interesantes e ilusionantes. Y creo que, por una vez, la famosa maldición china ("Ojalá te toque vivir tiempos interesantes") se revelará infundada: en este caso, con la colaboración de todos los agentes involucrados, la película puede ser un éxito. Probablemente no tenemos otra opción.

*José Ramón Mourenza, Of Counsel/ Director de regulatorio de energía. Herbert Smith Freehills Spain

Tribuna

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