Último tango en Biarritz o la muerte del G-7

Desde el cambio climático a la aceleración del avance tecnológico, los grandes retos de las economías desarrolladas van más allá de sus fronteras y necesitan coordinación

Foto: Trump y Macron se abrazan durante la cumbre del G-7. (EFE)
Trump y Macron se abrazan durante la cumbre del G-7. (EFE)

La reunión de las siete economías desarrolladas más grandes del mundo, el famoso G-7 que los de una cierta edad recordamos como omnipotente e inalcanzable para España, acaba de reunirse en Biarritz, bajo la presidencia francesa. Más allá de los intentos de Macron por subir en los escalafones del liderazgo mundial fundamentalmente 'chupando cámara', poco relevante se puede decir sobre los acuerdos alcanzados en esta cumbre.

De hecho, lo más relevante es lo que no se dice, o lo que se dice fuera del comunicado del G-7, donde supuestamente han de mostrarse dichos grandes acuerdos. En primer lugar, Macron ha empujado a Trump a discutir sobre Irán sin éxito, lo que ha puesto a Europa en una posición difícil en su intento de liberarse del yugo de las sanciones americanas hacia Irán.

Por otro lado, Trump ni siquiera se ha molestado en buscar el apoyo de sus principales aliados en su cruzada contra las políticas económicas de China, sino todo lo contrario. De hecho, mientras el G-7 se celebraba, la Administración americana anunciaba nuevas medidas comerciales unilaterales contra China, evidencia clara de la falta de coordinación de políticas económicas en el seno del G-7, lo que debería ser la 'raison d’être' de dicho grupo.

Como si todo esto no fuera suficiente para seguir debilitando al G-7, tras haber sido vapuleado con la entrada y salida de Rusia (de G-8 a G-7) y la creación de un grupo más relevante, G-20, para acomodar a las grandes economías emergentes, Trump ha lanzado un tuit venenoso para el futuro del G-7 en que plantea sus dudas sobre su utilidad, con el agravante de que la presidencia pasa a EEUU el año que viene, en plena campaña electoral.

Lo más grave del asunto es que no había un momento peor para que el G-7 deje de realizar sus funciones, puesto que los problemas de las economías del G-7, por no hablar de las del resto del mundo, son cada vez más globales y menos nacionales, como consecuencia evidente del rápido proceso de globalización experimentado por las mismas en las últimas décadas. Desde el cambio climático a la aceleración del avance tecnológico, por no hablar de la migración y del encaje de la enorme economía china en el resto de mundo, los grandes retos de las economías desarrolladas van más allá de sus fronteras y necesitan coordinación.

De no poderse coordinar estos grandes temas, no cabe duda de que los efectos de la globalización sobre el mundo solo pueden acabar siendo peores de lo que serían con coordinación. Por tanto, la agonía de un grupo como el G-7, temido pero no amado, nos debería preocupar a todos.

*Alicia García Herrero es economista jefa para Asia-Pacífico en Natixis e investigadora sénior en Bruegel.

Tribuna
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