Turbulencias económicas en el horizonte y nadie a los mandos

Los riesgos que se veían en el horizonte han comenzado ya a concretarse y a tener su impacto sobre la economía española

Foto: Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay.

Las señales de que la economía española comienza a mostrar signos de cansancio y de que un cambio de ciclo se avecina han empezado a incrementarse en los últimos meses, y si bien es cierto que su comportamiento diferencial con respecto a la media europea sigue arrojando un saldo positivo a nuestro favor, no lo es menos que hay motivos para empezar a preocuparse.

En efecto, la reciente corrección en cuatro décimas de las previsiones de crecimiento para 2019 realizada por el Banco de España, dejando la tasa de crecimiento del PIB en el 2%, apunta a una ralentización de la fase expansiva de la economía española alejada aún de los escenarios recesivos que empiezan a aparecer en Europa, en donde destaca por su importancia relativa y su efecto depresivo general el de Alemania.

Y es que los riesgos que se veían en el horizonte han comenzado ya a concretarse y a tener su impacto sobre la economía española.

En primer lugar, la escalada proteccionista de Estados Unidos —que, dicho sea de paso, empieza a volverse en contra de su propio promotor, como lo demuestra la rápida desaceleración de la actividad y el empleo en aquel país—, cuyo último peldaño ha sido la subida de los aranceles a una serie de productos europeos que afectan a 1.000 millones de euros de exportaciones españolas.

En segundo lugar, el Brexit, esa espada de Damocles que pende sobre la economía europea y de efectos sobre nuestra economía tan ciertos en términos de impacto contractivo por diferentes vías (desde las exportaciones al turismo) como inciertos en términos de magnitudes finales.

En tercer lugar, la persistencia de la debilidad de la economía mundial, singularmente de la europea, y su impacto sobre el comercio internacional. Así, mientras la tasa de crecimiento interanual durante el segundo trimestre de 2019 fue del 2,3%, la de la eurozona fue del 1,1% y la de Alemania, del 0,4%. No estamos tan mal pero, de seguir así, el contagio recesivo acabará por producirse.

Evidentemente, estos riesgos, anticipados en sus procesos de formación de expectativas por las familias y empresas españolas, han comenzado a manifestar sus efectos sobre la economía, singularmente sobre la demanda interna que, como es bien sabido, constituye su motor esencial, pero también sobre la demanda externa.

En efecto, el ritmo de crecimiento de las exportaciones ha caído del 2,3% de 2018 a un 1,1% en lo que va de año; además, la inversión extranjera directa se ha desplomado de los 36.700 millones de euros que entraron en el primer semestre de 2018 a apenas 7.600 millones en el mismo periodo de 2019.

Estos indicadores son muy preocupantes si se tiene en cuenta el enorme esfuerzo que hicieron las empresas españolas para abrirse al exterior y buscar nuevos mercados durante los años de la crisis, lo que se tradujo en un patrón de crecimiento más equilibrado entre demanda interna y externa, pero en el que la sensibilidad de la economía española ante la evolución exterior se ha incrementado y, con ello, la repercusión que esta tiene sobre nuestra dinámica de crecimiento.

Y en cuanto a la demanda interna, los indicadores no dejan tampoco lugar a la duda de que hay nubarrones en el horizonte.

En ese ámbito, habría que destacar como dato relevante el que la tasa de ahorro de los hogares está subiendo, síntoma inequívoco de que las familias comienzan a expresar preocupación ante el futuro y a reducir su consumo ante los imprevistos que pudieran presentarse, destacando, entre los mismos, la evolución del mercado de trabajo y la ralentización en la creación de empleo.

Por otro lado, y a pesar de que las condiciones financieras para la inversión empresarial son muy favorables, tanto por los excedentes acumulados durante el proceso de desapalancamiento como por la disponibilidad y precio del crédito, lo cierto es que la inversión también se resiente ante un contexto de tanta incertidumbre tanto a nivel interno como externo.

Y, finalmente, por el lado del gasto público, no puede obviarse —e incluso debe denunciarse— que nos encontramos con Presupuestos prorrogados y en mitad de una campaña electoral de resultado incierto en lo político pero cierto en lo económico: 2019 habrá sido un año de barbecho para la economía española en lo que a política económica y marco regulatorio se refiere.

A todo ello se une, en términos globales, que estamos inmersos en una fase de transformación estructural acelerada en donde la revolución tecnológica, la digitalización y la automatización y el cambio de modelo energético se imponen como realidades, con lo que ello supone sobre la transformación del patrón de crecimiento. Pero que, además, nos enfrentamos a un contexto en el que el cuestionamiento de la globalización ha pasado de ser una reivindicación de los movimientos antisistema a la praxis que rige la política comercial estadounidense: ver para creer.

En definitiva, aunque la economía española aguanta mejor que la de sus socios europeos, lo coyuntural apunta a que la fase expansiva comienza a mostrar signos de agotamiento y que, por lo tanto, es necesario hacerle frente cuanto antes, y los cambios estructurales globales exigen, por su parte, de su gobierno y redireccionamiento. Ahora solo hace falta un Gobierno que pase de la inercia a la política; a ver cuándo lo tenemos.

*Alberto Montero Soler es profesor de Economía Política de la Universidad de Málaga.

Tribuna
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