Las empresas que no entiendan el nuevo contrato social desaparecerán

La doctrina Friedman —la maximización del beneficio como prioridad— tiene los días contados. Las empresas que quieran sobrevivir deben replantearse su función social

Foto: Un ejecutivo, en un bloque de oficinas. (Pixabay)
Un ejecutivo, en un bloque de oficinas. (Pixabay)

En 1970, el famoso economista Milton Friedman proclamó que la única responsabilidad social de las empresas es aumentar sus beneficios. Friedman sentó cátedra. Desde entonces, la prioridad de los comités de dirección de la mayoría de las grandes empresas ha sido contentar a sus accionistas. La maximización de la rentabilidad en el corto plazo es, en efecto, la obsesión que quita el sueño a la mayoría de altos ejecutivos de nuestro tiempo.

Bajo el paradigma de Friedman, todo aquello que reduce los beneficios de los accionistas es un coste que debe ser minimizado. Hoy, no es extraño que empresas que generan miles de millones de beneficios presionen a los gobiernos para mantener los salarios mínimos a raya, aunque sus empleados y empleadas tengan que vivir bordeando la pobreza. Tampoco nos sorprende que estas empresas pongan en práctica complicadas estratagemas para eludir el pago de impuestos, aunque ello tenga un impacto negativo en las infraestructuras y los servicios públicos de los que se benefician para poder funcionar.

Edificio de oficinas. (Pixabay)
Edificio de oficinas. (Pixabay)

Y, por descontado, abundan los ejemplos de empresas que han rehuido sus responsabilidades con la protección del medioambiente. Todo ello, con el sacralizado objetivo 'friedmaniano' de proteger los beneficios de los accionistas.

No es extraño que empresas milmillonarias presionen a los gobiernos para mantener los salarios mínimos a raya

Las consecuencias de la doctrina Friedman han sido nefastas. La búsqueda cortoplacista de la maximización de los beneficios para los accionistas, a costa de todo lo demás, es una de las causas principales que explican el desarrollo de oligopolios que comprometen la libre competencia que las mismas empresas tanto reclaman, el crecimiento exponencial de la concentración de la riqueza, la pérdida de poder de negociación y de calidad de vida de la clase trabajadora, y la erosión de la cohesión social. En otras palabras, aquellos que más han comulgado con la proclama de Friedman son quienes más han contribuido a generar la galopante crisis de desigualdad que hoy padecemos.

La doctrina Friedman, no obstante, tiene los días contados. Hace unas semanas, los ejecutivos de 181 empresas multinacionales de Estados Unidos firmaron un comunicado en el que proponían abandonarla, y reconocían que las empresas también se deben a sus clientes, sus trabajadores y trabajadoras, y a las comunidades en las que operan.

Estatua de un toro embistiendo frente a la Bolsa de Nueva York. (Pixabay)
Estatua de un toro embistiendo frente a la Bolsa de Nueva York. (Pixabay)

Además, en su comunicado, las empresas abogaban por cambiar su foco, del corto al largo plazo, subrayando, de ese modo, la importancia de promover la equidad y la sostenibilidad. Se trata, sin lugar a dudas, de un cambio de discurso positivo que ahora debe ser llevado a la práctica. Así lo reclamamos nuevamente desde Oxfam Intermón en el informe lanzado esta semana, 'Quien parte y reparte'.

La búsqueda de beneficios a corto plazo genera oligopolios, que comprometen la libre competencia que las mismas empresas tanto reclaman

Si algo está cambiando en las empresas, es porque sus clientes están cambiando. A las empresas les otorgamos, como sociedad, licencia para operar. En este sentido, las empresas son parte importante del llamado contrato social. La responsabilidad de las empresas con la sociedad no puede acabar con la oferta de productos y servicios, ni tampoco con la creación de cualquier tipo de empleo.

A las empresas les exigimos, como sociedad, que contribuyan de forma decidida a garantizar mayores niveles de equidad y sostenibilidad. Los cambios necesarios pasan por acabar con la precariedad, por pagar salarios que permitan vivir una vida digna, por reducir brechas salariales hoy obscenas, por avanzar hacia la justicia de género, por abandonar prácticas nocivas para reducir el pago de impuestos, y por contribuir a la lucha contra el cambio climático y a favor de la sostenibilidad medioambiental.

Ya no hay espacio para el papel mojado. Las empresas que no comprendan que el contrato social ha cambiado no tienen futuro; las empresas que no pasen de la retórica vacía a la práctica están hoy condenadas a desaparecer.

*Alex Prats es responsable de Desigualdad de la organización Oxfam Intermón.

Tribuna
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