Ninguna empresa es una isla
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Ninguna empresa es una isla

Los gestores de activos no pueden ignorar las interdependencias sistémicas que subyacen a sus carteras, siendo necesario que tomen medidas para integrarlas en sus análisis

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Ya es hora de que los gestores de activos reconozcan que sus inversiones forman parte de un amplio entorno en donde no pueden limitarse a invertir de forma aislada en empresas y carteras. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU constituyen un buen punto de partida para que los propietarios de activos obtengan carteras con solidez sistémica.

En los inicios de los mercados financieros (pensemos en la época de Ben Graham al final de la década de los 40 del pasado siglo) se analizaba cada inversión en base a sus propios méritos, asumiendo que era independiente y que no existían correlaciones. En la década de los 50, la Teoría Moderna de Carteras (Modern Portfolio Theory, MPT) realizó una aportación fundamental; cada clase de activo presenta distintas correlaciones y la interdependencia es importante. Por desgracia, 70 años después la mayoría de los propietarios de activos apenas han avanzado desde la MPT básica. En nuestra opinión, los gestores de activos no pueden ignorar las profundas interdependencias sistémicas que subyacen a sus carteras, siendo necesario que tomen medidas para integrarlas en sus análisis.

70 años después la mayoría de los propietarios de activos apenas han avanzado desde la MPT básica

Sabemos que las empresas no pueden sobrevivir recluidas; de alguna forma, y con carácter meramente protocolario, reconocen este hecho en sus informes sobre responsabilidad corporativa. Este hecho se constituye ya en un avance frente al punto de vista inicial centrado en la empresa, donde el beneficio era el único motivo reconocido. Pero, si adscribimos objetivos escasamente definidos a estas “personas jurídicas”, no debemos extrañarnos si las consecuencias son indeseables; sería como dejar en libertad a un sociópata con escaso sentido de la moral y luego sentirnos sorprendidos por las indeseables consecuencias. Existen fundados motivos por los que, en entornos simulados, determinados agentes, de forma absolutamente egoísta, hacen que los sistemas fracasen, mientras que, los agentes sociales, están más capacitados en la resolución de complejos problemas de coordinación.1 Lo mismo cabría decir de las personas, las empresas, la sociedad y otras instituciones.

Los gestores de activos y otros propietarios de empresas tienen un interés a largo plazo en solucionar problemas de coordinación colectiva, como el cambio climático o una desigualdad excesiva. No se trata solo de que las empresas adopten realmente la ciudadanía corporativa, sino que los propietarios de activos tienen también que plantearse si sus carteras son realmente sostenibles. Después de todo, no tiene sentido invertir en una cartera que, por ejemplo, agote los recursos hídricos que, en 10, 20 o 30 años vayan a ser necesarios para nuestra cartera o la de nuestros hijos o nietos. En última instancia, a todos nos interesa solucionar ese problema de coordinación. En general dichos problemas solo pueden resolverlos actores de mayor envergadura que tengan los recursos para coordinar medidas de actuación, aunque siempre es recomendable que no sea el estado. Todo esto supone una oportunidad para los propietarios de activos.

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¿Cuál debe ser nuestro punto de partida? La mayoría de propietarios de activos mantienen una preferencia por rendimientos a corto plazo a costa de las rentabilidades a largo; en parte, ello se debe a que esa es la forma de incentivar individualmente a cada gestor de activos. En general, eso significa que gran parte de las carteras de inversión siguen endeudándose en el futuro para despuntar en el presente. Pero, si empezamos a adoptar formas transparentes de medir la rentabilidad de los gestores respecto a objetivos más amplios, entonces podremos transformar esos incentivos. Por desgracia, solo estamos en las primeras etapas de este cambio hacia un enfoque de mayor sostenibilidad.

Sería como dejar en libertad a un sociópata con escaso sentido de la moral y luego sentirnos sorprendidos por las indeseables consecuencias

En nuestra opinión, los ODS de la ONU constituyen un marco de partida válido para evaluar si los productos y servicios de las empresas son compatibles con la resolución de los retos sistémicos actuales, con la consiguiente generación de valor a largo plazo. Aunque los ODS son complejos, e incluso contradictorios, permiten que las entidades privadas sigan un enfoque de prueba y error que se adapte a sus circunstancias particulares. Eso depara una nueva oportunidad para los gestores de activos: no solo la de escoger las empresas compatibles con los ODS, sino también la de medirse y coordinar sus incentivos con esos ODS.

En resumen, disociar la actividad económica de otros objetivos sociales es contraproducente. Si se adopta un enfoque de pensamiento sistémico, que no se limite a la gestión de carteras tradicional, es posible resolver muchos de estos problemas. La construcción de carteras sostenibles, que salvaguarda los rendimientos de cartera con una mejor coordinación de los activos a corto plazo y evita los pasivos a largo plazo, supone una oportunidad para que los gestores de activos se anticipen y ofrezcan a sus clientes el valor añadido de una gestión de cartera sostenible.

*Michael van der Meer es CFA, Codirector, Análisis de Inversión Sostenible – RobecoSAM

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