Las 'fake' de la ganadería: ¿comer carne... o no?

El sector agroalimentario, y en especial el cárnico, sufre desde hace años constantes ataques y es blanco de multitud de 'fakes'

Foto: Foto: EFE.
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La pandemia que sufrimos ha situado el sector agroalimentario en el lugar que le corresponde. Ha respondido a la llamada de la sociedad y toda la cadena ha sido capaz de mantener nuestras despensas abastecidas y a nuestros consumidores satisfechos. Sin aplausos pero con una eficacia que los merece y que la sociedad ha reconocido.

Sin embargo, el sector agroalimentario, y en especial el cárnico, sufre desde hace años constantes ataques y es blanco de multitud de 'fakes'. Con falsos argumentos religiosos, nutricionales, científicos, medioambientales, climáticos, vegetarianos, etc., se viene pretendiendo negar el consumo de carne, con lo que ello representaría en la economía y la agricultura mundiales.

Nutricionalmente, nadie niega la importancia de su aportación en términos de proteínas que no encontramos en otros alimentos y de ciertas grasas. Los aminoácidos esenciales que el cuerpo no puede sintetizar los encontramos en las carnes. Aunque el contenido en ciertas grasas aconseja moderar su consumo. Es un problema de cantidad y frecuencia. Pero no de anulación. Beber agua es sano, 10 litros al día puede ser perjudicial… Como me decía el profesor Grande Covián: “Hay que comer poco de mucho”.

Otro de los ataques más sensibles ha sido por su contribución al cambio climático y su huella ambiental. Y todo este ataque parte, desgraciadamente, de cuando la FAO, en el año 2006, informó erróneamente que el sector ganadero generaba más gases de efecto invernadero (GEI), un 18%, que el sector del transporte. Yo, cuando lo leí no lo creí. Era imposible. El título del informe FAO fue además lúgubre: 'La sombra alargada….'.

Otro informe de 2009 del WI de Washington aseguró que el 51% de las emisiones de GEI procedía de la ganadería. 'Fake' sobre 'fake'… Afortunadamente, la FAO reconoció paladinamente en 2010 su error, pues el mismo autor del informe admitió que estaba equivocado y que las predicciones y porcentajes eran falsos. Más tarde, en 2016, la Agencia de Protección Ambiental de EEUU cifró en el 9% las aportaciones de toda la agricultura a los GEI y del 3,9% la de la ganadería.

Esa era la verdad, pero, mientras, tanto el bulo como la mala información habían hecho su dañino camino. Al menos, había quedado claro que dejar de comer carne no salvaría al mundo en su lucha por el cambio climático.

Y todo eso ocurría, además, cuando la humanidad caminaba —camina— hacia un consumo de 465 millones de toneladas de carne y de 1.043 millones de toneladas de lácteos en 2050, casi el doble en ambos casos que entonces. Los países emergentes y en vías de desarrollo quieren alimentarse como el mundo occidental. Eso significa pasar de unos 25 kg/hab/año de Oriente Medio y África a cerca de los 100 kg de los países más desarrollados (F. Mitloehner, 2018).

Pero a algunos no les gusta esa evolución natural hacia el desarrollo y muchos escriben y luchan contra el consumo de carnes y contra la ganadería, incluso extensiva.

Pero veamos antes qué es este sector en España y en el mundo.

A algunos no les gusta esa evolución natural hacia el desarrollo y muchos luchan contra el consumo de carnes y contra la ganadería, incluso extensiva

En 2019, el sector ganadero español aportó 19.500 millones de euros a la PFA, un 38,7%, y de esa producción prevaleció la de porcino con casi la mitad de la misma, siendo además el gran exportador de porcino del mundo, entre otros a China. Y el sector adquirió la mitad de los consumos intermedios en forma de piensos, productos veterinarios, etc. Eso nos da una idea de su trascendencia en el mercado nacional. Y todo ello siendo año tras año más eficiente y menos nocivo para el medio ambiente.

Las estimaciones del Ministerio de Transición Ecológica español en 2018 explican que el transporte representó el 27% de las emisiones de GEI, mientras que la ganadería tan solo algo menos del 7%, del que el vacuno de carne asume la mitad, un 3,5%. Pero, además, eso permite que millones de hectáreas constituyan importantes ecosistemas de dehesas para el cerdo ibérico o las reses bravas, o de pastoreo para ganado ovino o caprino —que a su vez auxilian en su pastoreo contra los incendios forestales— o de vacas nodrizas en zonas de montaña (para las que la propia Constitución española pide en su art. 130 una especial protección), e incluso de zonas aptas para caza mayor y menor. Y todo ello contribuye a que la España vaciada no avance en su malhadada expansión.

Y lo descrito está en línea con lo que a nivel mundial la FAO nos advierte: que el 70% de las tierras agrícolas del mundo son dehesas que solo pueden ser utilizables como tierras de pastoreo para ganado. Y, además, según el MAPA, solo el 6,5% de carnes y elaborados se pierde como desperdicios frente a un 46%, aproximadamente, de frutas y hortalizas.

En 2050, el mundo contará con casi 10.000 millones de habitantes que querrán comer. Y los animales rumiantes aprovechan vegetales que no son comestibles por los humanos. La ganadería es sustento principal de unos 1.300 millones de personas en el mundo y explica el 40% de producción agro-ganadera mundial.

Debemos eliminar prejuicios mal fundados contra un sector que es necesario para la alimentación del mundo y su equilibrio medioambiental

Todo lo anterior y mucho más, que no exponemos por no hacer más extensa esta reflexión, conduce a que debemos eliminar prejuicios mal fundados en contra de un sector que es necesario para la alimentación del mundo y su equilibrio medioambiental. ¿Está todo hecho? En absoluto. Se sigue y se seguirá luchando para reducir las emisiones de amoniaco, las de metano, la huella de carbono en el vacuno o en el volumen consumido del recurso agua. Mucho hay por hacer para transformar el planeta y hacerlo más habitable y acorde con las leyes climáticas y de la naturaleza. El sector ya lo está haciendo de modo proactivo y positivo.

*Jaime Lamo de Espinosa, catedrático emérito de la UPM.

Tribuna
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