"Europa y el corazón de las tinieblas"

La corriente que tomó el sistema financiero tras decretarse la flotación libre del euro ha sido una fuente de enormes logros en crecimiento. Pero también de enormes excesos que ahora pasan factura

Foto: La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde. (EFE)
La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde. (EFE)

Alemania toma la presidencia de la UE el segundo semestre de este año 2020. Mientras en Bruselas se lidera el diseño e implementación del Fondo de Recuperación (FER), en la propia Alemania se tendrá que dar cuenta de la sentencia del Tribunal Constitucional (TCA), aquella que cuestiona los efectos colaterales de una política monetaria sin límites en la fragmentación financiera, el frente fiscal y la política de rentas. Para un país que es un epítome del rigor de Ley, la racionalidad y el valor de la norma, será difícil esquivar públicamente la cuestión de la sostenibilidad del euro en su actual formato. Que preservar el principio de integridad fiduciaria frente un banco central en modo ilimitado solo es practicable completando la Unión Fiscal, no es una noción nueva, pero sí más crucial y crítica.

Cuando desde Bruselas con el FER se hace un ensayo intensivo de 750.000 millones de estímulo fiscal para los próximos 3 años, ningún momento es mejor para debatirla, inclusive la transformación con el tiempo del fondo en el embrión de Tesoro Europeo. La comparativa forense de Europa con las políticas monetarias no ortodoxas de otras regiones puede resultar incómoda pero también inevitable. No hará falta mucha perspicacia para calibrar dónde estamos y cómo hemos llegado. Esta receta, tan propiamente alemana, de rigor presupuestario e integridad fiduciaria, se ha llevado globalmente con pelillos a la mar. De hecho, constituye, efectivamente, el contrapunto racional a la deriva global del sistema financiero internacional y el "privilegio exorbitante" del dólar, que durante décadas ha dejado en Occidente un reguero de polarización, desafección y creciente populismo.

Será fascinante contemplar la fermentación de narrativas bien distintas a las sufridas durante la última crisis del euro. Están ya en cocina. De una gestión de crisis del euro de abajo a arriba (reestructuración por bancos y países), basada en narrativas de corte nacionalista y centrifugas, blanqueadas 'sine die' por el BCE, pasamos ahora a otras de corte 'top-down', inspiradas en la percepción de conjunto, la premisa de ejemplaridad pública y la interactividad sector público- privado. Todo ello con la posibilidad estratégica de Europa como fondo y la cimentación de un nuevo paradigma.

Política en modo "cuántico"

Gracias al apoyo explícito de Merkel-Macron, la Comisión Europea presentó el Fondo de Recuperación para afrontar el colapso económico derivado de la crisis y evitar así la fractura de mercados internos, pendiente de aprobación las próximas semanas. El diseño apura al máximo la arquitectura institucional permitida ahora por los tratados y deja el proyecto de integración pendiente de una reconfiguración normativa que integre una realidad ya virtual.

Con el Fondo se cruzan varias líneas rojas. Se podrá argüir sobre la suficiencia del tamaño frente al colapso, la transferencia neta real a países, o la naturaleza en principio 'one-off', pero como semilla hacia algún tipo de unión fiscal y nivel de soberanía federal se parece mucho… Hay financiación conjunta con cargo a presupuestos UE (y activo libre de riesgo europeo), transferencias reales, y sobre todo, activación de capacidad impositiva federal desde la propia UE. El esfuerzo económico y financiero para la salida de la crisis los próximos tres años tiene un epicentro europeo y plantea un esfuerzo de administración, coordinación y control entre las Comisión y las capitales, de naturaleza e intensidad bien distintas a la crisis anterior.

La semana pasada el BCE ha dado otra vuelta tuerca con la ampliación del programa de compra de bonos para enfrentar los efectos de la pandemia (PEPP) dado que los ritmos de compra lo agotaban en otoño. Ya advirtió Lagarde que no le temblaría el pulso ante la sentencia del Tribunal Constitucional Alemán (TCA) que hace semanas cuestionó la sentencia anterior del TSJ de Luxemburgo validando las compras. La interpelación al BCE a dar explicaciones sobre los efectos colaterales de las compras y al Bundesbank a interrumpir eventualmente su participación en el programa se han derivado a Alemania. El BCE lleva años poniéndose a sus espaldas la arquitectura del euro frente al menosprecio de los gobiernos de toda la advertencia académica y de mercados.

Aun así y a pesar de la mutualización de esfuerzos, atendiendo a la interinidad oficial del Fondo y del propio programa de compras del BCE, el euro sigue siendo un constructo deflacionista que lo aboca a ser un proveedor de liquidez 'sine-die', sin límite, como señala la sentencia del TCA. Entre las compras por la crisis, el PEPP aumentado, y los programas residuales, casi € 2 trn aumentarán el balance por encima del 40% de PIB €. En sus 20 años de existencia, salvo excepciones contadísimas, el BCE siempre ha estado por detrás de sus objetivos de inflación. El propio BCE concedió esta realidad en sus estimaciones de inflación para la eurozona: 0,3% este 2020 y 0,8% en 2021. ¿Cuándo acaben estos programas y la diferencia de 'stock' de deuda periferia-centro haya aumentado en 20-25%, volverá la fragmentación?

¿Cuándo acaben estos programas y la diferencia de 'stock' de deuda periferia-centro haya aumentado en 20-25%, volverá la fragmentación?

Aquí es donde entra en juego la pertinencia del TCA. La sentencia excede sin duda su ámbito de competencia cuestionando la sentencia anterior del TSJ de Luxemburgo que dictaminaba las compras de bonos como ajustadas a derecho comunitario. ¿Qué sería sino del ordenamiento jurídico de la UE, del principio de jerarquía y de los precedentes para otros tribunales nacionales? Pero en la cuestión de fondo, la limitación, es esencialmente correcta.

El desbordamiento de la política monetaria hacia la fiscal (contención de fragmentación) y la de rentas, (en favor de propietarios de activos financieros) es la verdad a gritos que conocen todos los agentes en mercados financieros incluida la propia Lagarde a quien el inconsciente traicionó inicialmente en marzo, "no estaba para contener 'spreads'". La vienen martilleando los propios mercados la última década. Por ejemplo: la absoluta correlación inversa entre el múltiplo de valoración (confianza) del conjunto de la bolsa europea con la volatilidad de 'spreads' italianos o la decadencia secular de la bolsa periférica desde el 2015 frente al resto de Europa a pesar del BCE. Es la verdad velada sobre la que ando de puntillas la política en Europa.

Espejo para Alemania, periscopio para Europa

El mérito potencial de la sentencia es pues abrir una ruta institucional para que el gobierno y parlamento alemán, las antípodas del populismo y las medias verdades, desde el rigor de diagnóstico y normativo, expongan públicamente la inconsistencia e inviabilidad del euro en su formato actual sin unión fiscal. Para meter por fin el diente al desaguisado del euro inacabado. Si hay un formato institucional y democrático posible para explorar y eventualmente legitimar con la opinión pública la recomposición de su arquitectura, mejor imposible.

La disyuntiva, condena 'sine die' del BCE a la impresión o una Unión Fiscal propiamente consumada, es existencial para el euro y para Europa. Y lo es en sentido funcional vía mercados, y constitucional, en el país ancla que encarna el rigor de ley. La conexión con la defensa rigurosa del principio de integridad fiduciaria incrustado en la Constitución Alemana, en el Bundesbank o en el propio BCE es absoluta. La cantidad de dinero no debe desviarse ilimitadamente de la actividad real. Es la instancia más transcendente en la separación de Estado y gobierno.

El recuerdo de la República de Weimar está latente pero también la repudia de la alquimia del 'Fausto' de Goethe. Aquí, el oro de América llevó a la Escuela de Salamanca a denunciar la "moneda mala" (adelantándose a toda la homilía anglosajona). Hoy en día, el MMT ('Modern Monetary Theory'), enarbolada por la extrema izquierda, no ve límites a la monetización de deuda por parte de bancos centrales, ni mérito en la separación entre políticas monetarias y fiscales, ni básicamente separación Estado-impresión. Por el contrario, en el ordo-liberalismo alemán, la versión más probada de liberalismo, el Estado es fuerte, independiente del vaivén político y garante real del interés general. Ni se instrumentaliza como hace la izquierda radical, ni se omite o menosprecia (como hace el neoliberalismo sobre todo fuera). Centro radical.

El corazón de las tinieblas…

La corriente que tomó el sistema financiero internacional tras dejarse caer el patrón oro y decretarse la flotación libre del euro (década de los 70), que caracteriza el periodo 1980-2020 ha sido una fuente de enormes logros en crecimiento, y reducción de pobreza. Pero también de enormes excesos y efectos colaterales que ahora pasan factura, sobre todo en las clases medias occidentales. EEUU como consumidor global de último recurso, provee el activo liquido por excelencia, el dólar emitido por el Tesoro americano. Como reserva internacional goza del "privilegio exorbitante": financiarse déficits públicos y comerciales prácticamente, sin límite. Sin límite… pues no hay competencia.

En los 90 y primera década del XXI, el mundo bate al son de la batuta americana, el aumento secular de deuda y la multinacional, que arbitra sistemas jurisdiccionales por el globo a placer ("race to the bottom"). La China que irrumpe voraz es precisamente la que quería la corporación multinacional, sin miramiento alguno a prácticas laborales, fiscales o medioambientales o derechos humanos. Se consuma la financiarización de la economía, la multiplicación de balances bancarios (x5) y la ruta a la Gran Crisis Financiera del 2008. Ahora en un mundo multipolar el invitado a la fiesta (OMC), China y su capitalismo autoritario, apura los excesos de un modelo de exportación y contribuye también al exceso de capital ( "savings glut").

Arriba el gráfico que sintetiza toda una época. El resultado ha sido un socavamiento progresivo del principio de integridad fiduciaria hasta tal extremo que la política monetaria se hace impotente por absoluto exceso. De hecho, con tipos acercándose al 0%, la efectividad de la expansiva (en su máxima expresión compra de bonos) no solo desaparece, sino que se convierte en contraproducente, en deflacionaria. La conexión es simple: llega un nivel de tipos bajos a partir del cual mayor retiro requiere mayor ahorro para el retiro (porque no rinde); y por tanto menor consumo y menor demanda agregada. Es la trampa de liquidez keynesiana clásica en una época en que la política fiscal y en general el papel del Estado se ha visto despreciado por un secuestro ideológico, o por abuso (China) o por omisión (USA).

Es la trampa de liquidez keynesiana en una época en que el papel del Estado se ha visto despreciado por un secuestro ideológico por abuso u omisión

La disfuncionalidad de la política macroeconómica global fortalecida por el privilegio exorbitante del dólar, la deuda y "el roll-over" coge quinta marcha con la Gran Crisis Financiera del 2008. A partir de entonces, la política monetaria no ortodoxa, QE, es la orden del día. Los efectos colaterales en los distintos grupos de renta disponible son profundamente asimétricos y acentúan perversamente los desequilibrios entre ahorro y capital disponible, por un lado, y demanda agregada y consumo, por otro. El capital se acumula donde no se recicla.

En pantalla presenciamos el divorcio entre Wall Street y Main Street. Se acentúa la polarización y la desigualdad, menguan las clases medias. El "estancamiento secular" y el crecimiento económico por debajo de potencial son la norma. Deslocalización, desarraigo, desafección y populismo. Y de ahí, a la estampida identitaria.

Ni que decir tiene que este proceso de corrosión social, y a pesar de la crisis del euro, ni por asomo alcanza en Europa las cotas (índice Gini) de otras jurisdicciones; US, UK, gracias a redes de bienestar públicas y culturales, incluida la familia sobre todo en el sur. Esto es gracias a la cohesión y resiliencia forjada por la UE durante décadas de lo que el FER es otro ejemplo paradigmático. En contra de mucha narrativa erosiva de incrédulos, cínicos o pusilánimes, es fuente de identidad y un título legítimo de autonomía e independencia.

El precio y el valor de una catarsis

Este marco global apuntala pues aún más el carácter deflacionario de la arquitectura del euro sin unión fiscal y hace de los propósitos de estímulo monetario del BCE una auténtica quimera. Revienta además la funcionalidad del sistema bancario, sin modelos de negocio viables y re-depositando en el BCE los excedentes de liquidez. Cómo decía el viejo Draghi, cuanto más unión fiscal, menos necesidad de política monetaria.

La consolidación presupuestario esta ya constitucionalmente recogida con la firma del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) del 2010, gracias Merkel. Ahora, preservar la integridad del principio fiduciario, que va directo al corazón de las tinieblas, al privilegio exorbitante del dólar y toda la deriva sistémica descrita arriba, hace de la unión fiscal una consecuencia absolutamente inevitable. Con que haya un debate parlamentario del contenido de la sentencia del TCA (y se omita ahogarla en vericuetos procesales), la suerte está echada.

Normativamente, pasar del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (2010) que recoge la consolidación presupuestaria, a través del pliego de condiciones del Fondo (3 años) a un marco de Unión Fiscal, se antoja complejo, pero funcionalmente natural. Las directrices del Fondo se articulan en torno a criterios de convergencia y recomendaciones de la UE por país, pensando en la fortaleza del todo. Ese plazo de ejecución del Fondo y una eventual extensión de los programas del BCE otorgan el tiempo crítico necesario para desplegar el coraje político que requiere la reconfiguración constitucional, la refundación de narrativas y el acomodamiento de la opinión pública.

Preservar la integridad del principio fiduciario, que va directo al privilegio exorbitante del dólar, hace de la unión fiscal una consecuencia inevitable

En términos financieros, que los 700.000 millones de euros de exceso de deuda italiana, respecto a una media de la eurozona del 100%/PIB, aborten el impulso para integrar y activar los réditos de escala de una economía de € 15 trn, que en valor presente puede alcanzar los € 150 trn, no pasa ya pues por una decisión muy informada e inteligente, francamente. Convertir además la mutualización implícita del balance mastodóntico del BCE, parte de aquella verdad velada, a un marco de disciplina explícito, estructural y a largo plazo, es una necesidad democrática con más prospección política.

En este estado de vibración no está de más asomar la cabeza al otro lado. La irrupción de una Europa con unión fiscal mínimamente soberana liderada por Alemania, proyecta el euro como competidor real del dólar. Planta así un límite. Expone en toda su crudeza las deficiencias de un modelo de globalización anglosajón que arrastra el socavamiento fiduciario y, además, la crisis climática. Lleva en su código genético una reflexión crítica a la deriva más desquiciada y anárquica del liberalismo de las últimas décadas. Ambas instancias son mecanismos encubiertos de socialización de pérdidas y "desigualdad", una contradicción con los principios del propio liberalismo y una hipoteca sobre el futuro. Ambas crecen al amparo de un concepto de Estado subordinado, cuando no esquizofrénico, precisamente en las antípodas del que encarna Alemania en su modelo ordo-liberal.

En un entorno global y financiero, un euro soberano concita a poner en valor el activo por excelencia de la UE que es su mercado interior de 500 millones de consumidores. Apalancarse en la entidad de la escala económica, inviste para marcar política globalmente: estándares laborales, fiscales o medioambientales. De ello tenemos muestras incipientes: desde la erradicación de la evasión fiscal de multinacionales, el embride de las tecnológicas o un impuesto potencial a la intensidad de carbón en las importaciones, por citar alguno. Ni por asomo cerca del potencial real.

El ejemplo más latente y reciente de esta soberanía en curso es el Green Deal europeo de diciembre de 2019, la respuesta más coherente y estratégica a, quizás, la cuestión más crucial del siglo. Recibió un beneplácito brutal por parte de los mercados de capital (múltiplos arriba, coste capital abajo). Los mercados globales quieren más, lo descuentan como inevitable y necesario. Es una fuente de narrativas intergeneracionales y un excelente ungüento al efecto abrasador de la obsesión cortoplacista. Como resorte funcional para revalidar el papel legítimo de un Estado fuerte, arbitro de intereses privados y públicos (Mazzucato), no tiene parangón.

La identificación alemana con estas consignas —integridad fiduciaria, rigor presupuestario, y economía verde— está inscrita en su arco parlamentario, y tiene en su núcleo la capacidad de atacar el corazón de las tinieblas, ofreciendo en su liderazgo una fuente de narrativas e inspiración. Nuevos aires, limpios de dogma se respiran en Fráncfort adaptando el ordo-liberalismo al keynesianismo (Schulz, Kukies, Von Weizsacker).

No se trata de una teoría de la conspiración como sugería la espantada singular de Cameron ante la unanimidad UE en la aprobación del Pacto de Estabilidad y Crecimiento (2010). Ni siquiera una refutación de las derivas identitarias de esas jurisdicciones anglosajonas en las que los niveles de desigualdad alcanzan polarización máxima en Occidente. Es la constatación de que en un proceso de testeo y verificación, la propuesta europea, un paradigma, tiene mucho más poder explicativo y resolutivo sobre la naturaleza de problemas que plantea un siglo XXI.

Tribuna
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