El dividendo de la longevidad

Por asimilación, argumentábamos que las ganancias de vida también constituyen un dividendo fabuloso porque casi cuatro horas de vida extra se añaden cada día que pasa

Foto: Dos ancianas paseando por las calles de Madrid. (EFE)
Dos ancianas paseando por las calles de Madrid. (EFE)
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Esta tribuna tiene su origen en una entrada en nuestro blog de la Revista de Libros titulada "El tipo de interés biológico". En ella se evocaba la expresión "dividendo demográfico" cuyo significado ordinario tiene que ver con la oportunidad que, en teoría, ofrece una población joven. Por asimilación, argumentábamos que las ganancias de vida también constituyen un dividendo fabuloso porque casi cuatro horas de vida extra se añaden cada día que pasa.

El dividendo es el rendimiento de un activo. En demografía, el activo es el 'quantum' de población. Pero, claro, cada ser humano contiene un capital potencial y efectivo de valor enorme. La sociedad y sus instituciones pueden cultivar ese potencial y cosecharlo. La noción de dividendo demográfico es muy acertada, pero no ha trascendido mucho la frontera de una demografía basada en el mero 'headcount' y, lo que es peor, en nuestra opinión, no ha sabido ver que ese exceso relativo de jóvenes en las sociedades en vías de desarrollo —emergentes ahora— se está despilfarrando de manera escandalosa por varias razones: por descuido del activo humano, porque ni se respetan sus derechos ni se encauza su potencial, porque los jóvenes están en paro —y no porque sus padres les roban el trabajo, precisamente— y porque la igualdad de oportunidades ha fracasado a pesar de los ingentes programas de ayuda y de redistribución existentes, o de una fiscalidad que solo tiene de progresiva el nombre.

Y si el dividendo de la longevidad existe —vaya si existe—, lo cierto es que tampoco se cosecha, dejando que se agoste, ya porque se presiona de mil maneras a los trabajadores para que se jubilen cuanto antes, prometiéndoles el "reino de la plata" —de las canas, dirían los cínicos— ya, lisa y llanamente, obligándoles, contra toda decencia constitucional, a jubilarse, con el artero argumento de que "dejarán su preciado puesto de trabajo a un joven". Argumento este en el que el dividendo demográfico y el de la longevidad se dan la mano, vacíos ya de todo contenido, y sucumben ambos ante el peso de tanta ignorancia y desprecio por el valor de la gente joven y de la gente mayor. Nos encontramos, señoras y señores, en el terreno, ampliamente poblado por tanto líder político, corporativo y social, de la "falacia de la tarta fija del empleo".

"En algunos países desarrollados los escasos jóvenes que hay están desempleados, mal empleados o ganándose la vida fuera de ellos"

Para hacerse una idea de la potencia del dividendo de la longevidad, retomamos nuestra idea del tipo de interés biológico, que no es sino la otra cara de la moneda del dividendo de la longevidad, aunque suene más a "lo mercantil". Las 3,8 horas que se añaden a la vida cada 24 horas equivalen a un rédito de la edad del 15,8%. ¿Alguien conoce un activo general que rinda eso? —no es interés compuesto, ojo—. Pero no se entusiasmen. Resulta que esas ganancias de vida, ese dividendo, casi no traen pan, ya que se expresa mayormente a edades no laborales, dado que prácticamente todo el mundo llega a los 65 años. Es decir, que según vamos viviendo más, tiramos todas esas ganancias por la borda… de un crucero, eso sí. No las utilizamos productivamente. La compulsión personal, social e institucional hacia la jubilación es tan fuerte que acabamos por no cosechar el dividendo de la edad. Lo mismo les sucede a los países en vías de desarrollo, cuyos gobernantes y clases dirigentes son incapaces de crear los cauces por los que debería fluir y cosecharse el dividendo demográfico de los jóvenes.

Lo mismo que sucede, por cierto, en algunos países desarrollados —puede que no tanto avanzados— en los que los escasos jóvenes que hay están desempleados, mal empleados o ganándose la vida fuera de ellos. Caso elocuente: España.

Por si fuera poco, tirar por la borda las ganancias de vida mencionadas, al no hacerlas productivas, aumenta sobremanera los costes para toda la sociedad. Consideren, si no, los costes de pensiones y sanitarios que el aumento de la vida más allá de la jubilación conlleva. Tirar cosas por la borda ya no sale gratis. Fíjense lo que son las cosas del Estado del Bienestar.

"Cambiando todos los eslabones de la larga cadena formativa que va desde la educación básica hasta la transformación continua a partir de los 50 años"

La institución de la jubilación es, obviamente, la "puerta cósmica" que regula la posibilidad de hacer efectivo el dividendo de la longevidad dejando pasar o embalsando hasta que se pierden las ganancias de vida convertidas en productividad. Muy pocos países tienen esquemas avanzados de participación laboral —o productiva, en general, pues hay mucho valor más allá del mercado de trabajo convencional— de los mayores. Desde luego, no es este el caso de España. La perspectiva de una edad de jubilación a los 67 años siquiera en 2030, tres años después de que se alcance la nueva "edad legal" —para lo que valga esta denominación— es un gran paso atrás, porque la esperanza de vida ya habrá avanzado en todos estos años por encima de los 2 años de aumento en un parámetro que no-se-ha-movido desde que se inventó la Seguridad Social en los últimos años ochenta… ¡del siglo XIX!

Algo tendremos que hacer. Cambiando todos los eslabones de la larga cadena formativa que va desde la educación básica hasta la transformación continua de conocimientos y capacidades a partir de los (digamos) 50 años. Cambiando la pedagogía popular sobre el ciclo vital y sus jalones decisivos: la entrada en la formación para el trabajo, el primer trabajo —que no empleo, puede que ya no existan los habituales— y la jubilación. Cambiando los incentivos que empujan a tomar decisiones equivocadas e insostenibles a escala personal y, por lo tanto, social.

Facilitando la adaptación a un giro radical de la forma de trabajar y del trabajo mismo. A estas alturas del siglo, pasadas sus primeras dos décadas con la profunda experiencia tajante y global de la pandemia que marcará a todas las personas independientemente de su edad y género, que no sepamos —ni queramos quizá— cosechar el dividendo de la longevidad de otra forma que no sea un mero "deme usted las horas diarias que me corresponden que ya veré qué hago", para luego olvidarse de hacer nada salvo seguir al trantrán, refleja muy poca astucia-inteligencia colectiva. Mientras tanto, se nos hunden los sistemas sociales por el peso de tanta necesidad que es la contrapartida del pan que no sabemos generar con ese maná que nos llueve del cielo cada día. Sin darnos cuenta. Vale, ya pueden arrearnos.

*José Antonio Herce y Miguel Ángel Herce, socio fundador de LoRIS y consultor en CRA International, respectivamente.

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