Negociar la recuperación: los detalles y otros diablos

Si tenemos que echar mano de un ejemplo, la Unión Europea es el paradigma perfecto, como respuesta de paz y cooperación al drama de la II Guerra Mundial

Foto: Negociar la recuperación: los detalles y otros diablos. (Reuters)
Negociar la recuperación: los detalles y otros diablos. (Reuters)

La idea de que las crisis nos hacen más fuertes se ha convertido en un lugar común. Si tenemos que echar mano de un ejemplo, la Unión Europea es el paradigma perfecto, como respuesta de paz y cooperación al drama de la II Guerra Mundial. No siempre es verdad.

La crisis de 2008 no nos hizo más fuertes. La falta de visión con la que se enfrentó el desastre financiero nos abocó a unas políticas de austeridad que hundieron más todavía las maltrechas economías de millones de personas. Lo peor es que tampoco sirvieron para arreglar el problema, sino al contrario, ocasionaron un efecto procíclico, de tal modo que donde había desempleo, deuda y precariedad, provocaron más desempleo, más deuda y más precariedad. No salimos reforzados, no. Pero, al menos, aquel desastre sirvió para desterrar ideas contra las que muchos ya clamábamos entonces.

La prueba es que en la crisis del covid-19, la UE ya no es sinónimo de austeridad y hombres de negro. En pocas semanas, en las instituciones europeas nos pusimos manos a la obra para apoyar las decisiones de urgencia que adoptaron los gobiernos, hasta llegar al histórico Consejo Europeo de julio, que aprobó por primera vez la emisión de deuda europea y un fondo de recuperación para hacer frente a la crisis, como desde el primer día reclamó el Gobierno de España.

Pero este acuerdo político fundamental es solo el principio. Ahora ha llegado el momento de bajar al terreno práctico, un proceso en el que el Parlamento Europeo tiene un papel decisivo, con la fuerza legal que deriva del Tratado de Lisboa, y la legitimidad de representar democráticamente a la ciudadanía. Nuestra misión ahora es descender a los detalles, donde siempre se ha dicho que habitan los diablos; fijar prioridades y trasladarlas a la normativa europea, de acuerdo con el Consejo. Y ahí empiezan de nuevo las dificultades, porque, si bien en los principios generales es relativamente más sencillo estar de acuerdo, a la hora de fijar prioridades y negociarlas con el Consejo para trasladarlas a la normativa europea, nos encontramos con una red de vetos cruzados que amenazan con bloquear el acuerdo.

Lo que estamos negociando estas semanas son cuatro grandes dosieres vinculados globalmente entre sí. Cada uno de ellos supone una oportunidad de cambio, pero para eso hacen falta visión, ambición y decisión política.

En primer lugar, está el programa Next Generation EU: 750.000 millones de euros destinados a hacer frente a las consecuencias del covid-19. Una cantidad importante que supone una ocasión probablemente irrepetible de avanzar en las transformaciones que tenemos pendientes. Esa es la apuesta del Parlamento Europeo: afrontar la transición ecológica y digital, pero también la cohesión entre territorios y entre personas, con una Europa social, que proteja a los más vulnerables y luche contra la pobreza infantil, la precariedad y la brecha salarial entre hombres y mujeres; una Administración pública más eficiente y una política industrial resiliente, que apoye las pymes. Muy especialmente, hemos hecho hincapié en que estas ayudas sirvan a los y las jóvenes, a su formación y empleo, para que no sean ellos quienes tengan que soportar la carga de esta crisis, ni ahora ni en el futuro.

Lo que estamos negociando estas semanas son cuatro dosieres vinculados globalmente entre sí, y cada uno supone una oportunidad de cambio

En segundo lugar, y vinculado a este, negociamos el marco financiero plurianual, el presupuesto de la UE para los próximos siete años, la fotografía de nuestras ambiciones políticas, que determinará la Unión de la próxima década. Europa no puede seguir construyéndose sobre intereses nacionales y acuerdos de mínimos. De nuevo ahí, el Parlamento ha hablado claro: si queremos liderar la lucha contra el cambio climático, seguir apoyando la agricultura, mantener las becas Erasmus, no quedarnos atrás en innovación, mejorar nuestra defensa... necesitamos más dinero, bastante más del exiguo 1% del PIB que le dedicamos ahora. La Unión Europea no puede hacer magia, necesita recursos. No estamos hablando de dedicarle el 20% del PIB, como hace Estados Unidos con su presupuesto federal, sino de aumentar lo que tenemos. Y lo defendemos sencillamente porque es rentable para todos. Así lo demostró la Comisión Europea en un estudio reciente, que cuantificaba los beneficios económicos de pertenecer al mercado único. Los resultados son inequívocos: los llamados contribuyentes netos son los que más se han beneficiado económicamente de formar parte de la Unión. Por eso, resulta descorazonador ver cómo algunos socios siguen todavía en la lógica de cuánto pongo y cuánto recibo, de ser frugales para pagar, pero no para beneficiarse, sin ver la oportunidad que supone un presupuesto fuerte.

Esto nos lleva al tercer gran asunto, el reglamento de recursos propios, que permitirá que la Unión Europea se endeude para que los nuevos fondos lleguen a nuestros sistemas y reactiven la economía. Esta cuestión ha puesto sobre la mesa, de nuevo, una oportunidad, la de sacar adelante un plan de auténticos recursos propios de la UE, de tal modo que el presupuesto que necesitamos no recaiga sobre las aportaciones de los Estados, es decir, de la ciudadanía. Por eso, desde hace más de una década, reclamamos un plan de justicia fiscal que contribuya directamente al Tesoro europeo y obligue a pagar impuestos en Europa a quienes se benefician de nuestro mercado y se escapan de contribuir: las grandes multinacionales, los gigantes digitales y las empresas más contaminantes. También a quienes se dedican a especular en transacciones financieras que no aportan valor a nuestra economía. El Parlamento reclama un calendario cerrado y vinculante para los próximos años pero, de nuevo, hay países europeos que prefieren mantener sistemas fiscales que no son ni ortodoxos, ni justos ni solidarios, siempre y cuando ellos sigan siendo los principales beneficiarios.

Hay países que prefieren tener sistemas fiscales que no son ni ortodoxos, ni justos ni solidarios, siempre y cuando sean los principales beneficiarios

La cuarta cuestión es el Estado de derecho. Europa no es un club económico, sino una comunidad de valores compartidos, que defiende los derechos humanos, la democracia, la igualdad y la solidaridad. Por eso, no podemos tolerar que gobiernos europeos ataquen la libertad de expresión, la independencia de la Justicia y la dignidad de las personas. Es sencillamente inaceptable, pero la Unión Europea no tiene instrumentos eficaces para hacerle frente, y por eso necesitamos no solo el reproche político, sino también un mecanismo que vincule la recepción de fondos europeos al cumplimiento del Estado de derecho. Lógicamente, los países incumplidores están muy poco interesados en que este mecanismo se active, y amenazan con un veto al fondo de recuperación si nos empeñamos en seguir defendiendo nuestros valores comunes.

Por tanto, nos enfrentamos a una red de vetos cruzados que complican mucho las negociaciones con el Parlamento Europeo, la institución que expresa los deseos de la ciudadanía, y que ha hablado alto y claro: sí a una Europa verde y digital, a una Europa social que apoye a la próxima generación; sí a un mayor presupuesto; sí un calendario vinculante para los recursos propios de la UE; sí a la defensa de nuestros valores comunes. Ahora es el momento de tener la visión necesaria para decidir si de esta crisis saldremos reforzados.

*Eider Gardiazabal es portavoz del Grupo Socialista en la Comisión de Presupuesto del Parlamento Europeo y ponente del informe sobre el fondo de recuperación y resiliencia.

Tribuna
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