Los retos económicos de una nueva presidencia americana

Independientemente del candidato que salga finalmente victorioso, la economía estadounidense se enfrenta a unos meses de gran incertidumbre

Foto: Trump y Biden (Reuters)
Trump y Biden (Reuters)

La semana que viene se avecina una nueva vuelta de tuerca a los engranajes de la política nacional americana con ineludibles efectos en la política internacional. Pese a que lo más probable es que salga victorioso Biden, la política es caprichosa y bien podría darse un segundo mandato. Trump ha sido un presidente republicano tradicional, bajando los impuestos e impulsando la desregulación, pero ha llevado el comercio y la política exterior hacia una nueva dirección, con resultados mixtos.

Esa lucha por ocupar el sillón de la Casa Blanca llega en un momento de mayor optimismo económico (en MAPFRE Economics esperamos una caída del 4% del PIB en 2020 frente al 8% que preveíamos hace tres meses y confiamos en que la actividad recupere un 3,3% el año que viene) gracias el efecto de los estímulos, una relativa laxitud en las restricciones originadas por el control de la pandemia y una mejora de la confianza. Pero esta estrategia ha propiciado una fuerte ampliación del déficit (transferencias directas, subvenciones y exenciones que han supuesto un incremento del gasto público del 2,1%), de la deuda (131% del PIB) y del balance de la Reserva Federal (34% del PIB,) casi a las puertas de la compra directa de activos. Cabe señalar que, hasta la fecha, el esfuerzo fiscal realizado supone aproximadamente el 15% del PIB, algo que no puede pasar desapercibido a ambos candidatos.

La incertidumbre que ha causado la pandemia del Covid-19 seguirá pesando sobre la confianza de los consumidores y negocios. El alargamiento de esta en el tiempo pondrá a prueba la solvencia de muchos negocios y la fortaleza del mercado de trabajo. En este sentido, se podrá ver un repunte de la morosidad tanto de los hogares como de empresas. De alargarse mucho en el tiempo, podrían producirse daños estructurales en el tejido empresarial, principalmente en los negocios relacionados con los viajes, alojamiento, transporte, hostelería y ocio. De esta forma, muchos estados registran cierto nivel de estrés en sus finanzas, y la caída de ingresos fiscales y el mayor gasto asociado a esta crisis puede poner también en dificultades el gasto y el empleo públicos.

En tal caso, el consenso anticipa que la reelección de Trump sería cuanto menos tortuosa. Lo más probable es que llevara a un estancamiento legislativo, a demandas y a profundas divisiones partidistas. Seguiría con una agenda muy similar a la de su primer mandato, lo que incluiría, por tanto, la desregulación, los esfuerzos para renegociar los acuerdos comerciales en beneficio de los EE.UU. y la lucha contra la inmigración ilegal.

Un segundo mandato sería similar al del primero y, en especial, a su primera fase (2017-2018), centrándose en la desregulación, los recortes fiscales y un enfoque transaccional de la política exterior. Y que toda acción volvería a estar acompañada de la entrañable estampa del presidente firmando órdenes ejecutivas, puesto que las Cámara y Senado tendrán probablemente mayor representación demócrata que retrasaría -si no bloquearía- cualquier acción de su administración.

Una victoria de Biden llevaría, por el contrario, a prioridades enfrentadas, casi todas ellas representadas por el anatema de Trump: medidas para enfrentar el cambio climático, aumentar los impuestos de las empresas y mejorar el Affordable Care Act (Obamacare). Por lo tanto, es probable que los partidos tengan dificultades para aprobar los presupuestos y se necesiten medidas como las vistas hasta ahora para mantener el gobierno federal financiado (elevar el techo de la deuda). El Congreso aprobó el Cares Act, movilizando un impulso fiscal adicional de 2 billones de dólares (15% del PIB), para reducir las tensiones financieras de hogares y negocios. Una extensión de 1,2 billones de dólares está ahora mismo en negociación, pero su decisión se ha postergado (y posiblemente condicionado) hasta después de las elecciones.

Finalmente, un tercer escenario, y el más temido de todos, sería un resultado no concluyente que llevara a meses de incertidumbre política, parálisis y enquistamiento de las posiciones enfrentadas, lo que limitaría gravemente el espacio para la negociación y el compromiso y dificultaría el poder acordar un amplio paquete de medidas para volver a poner en pie la economía, incluso en las áreas en las que los partidos están de acuerdo, por ejemplo, sobre si debe haber más estímulo fiscal y ayuda de COVID-19 o los planes de desarrollo de infraestructura que tanto necesita el país.

Por lo tanto, independientemente del candidato que salga finalmente victorioso, la economía estadounidense se enfrenta a unos meses de gran incertidumbre, que probablemente no se despeje este primer martes de noviembre.

Tribuna
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