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Dos 'The Economist' y un destino

Si se quiere una economía de 40.000 € per cápita, no vale la política del glaseado, el tactismo y la prebenda a beneficio de parte; solo valdrá la forja institucional desde la concertación y la exigencia

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en una sesión de control al Ejecutivo. (EFE/Mariscal)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en una sesión de control al Ejecutivo. (EFE/Mariscal)

El otro día tuvimos en la sesión parlamentaria de control un peloteo interesante entre el Gobierno y la oposición con los artículos recientes sobre España publicados por el icónico semanario británico The Economist. En el más reciente, al que se ataba un Gobierno con agua por todos los frentes, se apunta que España es el país que más crece de la OCDE en 2024. La oposición, por su parte, sacaba a relucir otro de hace alguna semana en el que se denuncia cómo el Gobierno de Sánchez pone en peligro los cimientos de la democracia liberal. Por atarse a la Moncloa coaligándose con todos los partidos políticos que tienen como objetivo erradicar un interés nacional, por colonizar instituciones o por cuestionar sistemáticamente la independencia del poder judicial o la libertad de prensa. Ambos artículos son perfectamente compatibles y la paradoja no es más que aparente. Su resolución la aportan dos conceptos económicos que sobrevuelan los opúsculos, productividad y coste de oportunidad.

Para realizar un diagnóstico combinado lo suyo es añadir el factor tiempo. Así se mejora una lectura marginalista referida a un solo año aislado y se nos revela una realidad aciaga que aconseja todo menos complacencia. Recordemos que estamos prácticamente con la misma renta per cápita que en el 2008, que se dice pronto, y nos pasan en riqueza per cápita muchos países del Este europeo que se incorporaron a la UE más tarde. La clave, claro, está en la importancia que tiene la calidad de un marco institucional, en ese indicador económico mágico por excelencia, la productividad, que es la que permite subidas de salarios reales y el aprovechamiento de la economía más transversal.

Cuando el semanario ensalza nuestro crecimiento distintivo en 2024, del 3 y pico por ciento, aparecen rasgos distintivamente positivos como por ejemplo un crecimiento en exportación de servicios que ha pasado del 5,5% al 7% de la economía. Pero se justifican correctamente con los réditos de aquellas reformas laborales que trajo la crisis del 2010-2012, favoreciendo la negociación colectiva cada vez más capilar.

Se omite, sin embargo, radiografiar y contextualizar con perspectiva. El hecho diferencial de que, junto a Italia, fuimos el país que más sufrió económicamente la pandemia, - 9%. O el hecho también singular y en combinada con los amigos transalpinos de ser los mayores receptores de ayudas Next Generation desde la UE. Y desde luego que el turismo ha sido una de las industrias más pujantes globalmente tras la época de encerramientos, y ahí somos una potencia mundial como atestiguan los casi 100 millones de visitantes con las que hemos contado este año. Un ranking de crecimiento para el periodo del 2019- 2024 en Europa nos tira de la cabeza de la tabla.

Foto: por-que-espana-es-la-mejor-economia-de-la-ocde Opinión

Se incide en el impacto positivo de 1,5 millones inmigrantes, sobre todo de Latinoamérica en la fuerza laboral. Entre un 60-70% de la creación de empleo esta legislatura recae en ese grupo, que es lo que mayormente explica el crecimiento conjunto de la economía. Pero el otro factor clave, el crecimiento de la productividad por empleado, apenas crece por encima del 1%. Es la razón más importante para que ese crecimiento no se note transversalmente, en una población cuyos salarios reales han sufrido mucho con la inflación persistente.

Y es que la productividad, que al final “lo es todo” en palabras del economista Solow, responde a dotaciones de factores que van desde la tecnología, el capital o la cualificación de la oferta de trabajo. Pero sobre todo y por encima de todo, a la dinámica de combinación ágil y precisa de todos ellos en el mercado libre. Algo que sólo aporta la calidad de un marco institucional liberal, el que interpreta desde la igualdad y libertad la impersonalidad del ciudadano en sus facetas varias, empresario, trabajador consumidor, contribuyente. Aquí es donde de verdad se produce la sinergia mágica entre ley y marco institucional, y el capitalismo.

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En esa calidad tenemos la confianza en el principio de legalidad y seguridad jurídica, la igualdad ante la ley, el funcionamiento de la Justicia, la agilidad en el cumplimiento de contratos de un sistema, etc. Y niveles de entendimiento ciudadano que respondan a la buena práctica fiduciaria, la confianza y la responsabilidad de agencia, algo muy arraigado con la costumbre y tradición.

Cuando The Economist retrata a Sánchez como un riesgo para la democracia se incide en la voladura del principio de igualdad perpetrada con la ley fundacional de esta legislatura, la de amnistía, ahora extendida al nivel económico financiero con el juego de espejos de los conciertos y las condonaciones fiscales. A ello se añaden los privilegios que nos deletrean y escupen desde la tribuna parlamentaria los separatistas, sesión sí, sesión también, ante la meliflua aquiescencia del susodicho. O la imparable colonización partidista de las instituciones, sea el Constitucional u organismos de naturaleza teóricamente independiente

Incorporemos a este diagnóstico lúgubre de la calidad institucional, la perspectiva de siete años con esta cantinela reventando el interés general de una nación y favoreciendo a unos sobre otros. Y enmarquémoslo todo con otro concepto económico por excelencia, como es el de coste de oportunidad. Lo que nos cuesta el rechazo de la alternativa política y la política del muro, la falta de concertación y de acuerdos de Estado en frentes como la educación, las administraciones públicas, o la Justicia, que son justo las instancias donde se opera políticamente en el potencial de la productividad al medio y largo plazo.

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Y visualizamos un destino económico de estancamiento secular, con independencia de las fotografías del momento. De los dos artículos, el que prevalecerá al medio y largo plazo es el que no gusta al Gobierno, que no alcanza a entender y asumir cómo funciona de verdad la economía de libre mercado. De la misma forma que una década de Berlusconi se llevó por delante la capacidad económica potencial de Italia y enfangó la política en dinámicas autolesivas, así también Sánchez acapara papeletas para superarlo. Si se quiere una economía de 40.000 € per cápita, no vale la política del glaseado, el tactismo y la prebenda a beneficio de parte; sólo valdrá la forja institucional desde la concertación y la exigencia.

*Fernando Primo de Rivera, autor de La economía que viene… (Editorial Arzalia).

El otro día tuvimos en la sesión parlamentaria de control un peloteo interesante entre el Gobierno y la oposición con los artículos recientes sobre España publicados por el icónico semanario británico The Economist. En el más reciente, al que se ataba un Gobierno con agua por todos los frentes, se apunta que España es el país que más crece de la OCDE en 2024. La oposición, por su parte, sacaba a relucir otro de hace alguna semana en el que se denuncia cómo el Gobierno de Sánchez pone en peligro los cimientos de la democracia liberal. Por atarse a la Moncloa coaligándose con todos los partidos políticos que tienen como objetivo erradicar un interés nacional, por colonizar instituciones o por cuestionar sistemáticamente la independencia del poder judicial o la libertad de prensa. Ambos artículos son perfectamente compatibles y la paradoja no es más que aparente. Su resolución la aportan dos conceptos económicos que sobrevuelan los opúsculos, productividad y coste de oportunidad.

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