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Acuerdo comercial UE-EEUU. Europa se la enfunda
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Fernando Primo de Rivera

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Acuerdo comercial UE-EEUU. Europa se la enfunda

Finalmente, se cerró el acuerdo comercial entre la UE y EEUU. La presidenta de la Comisión, Von der Leyen, acudió al resort de golf propiedad de

Foto: La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidenye de EEUU, Donald Trump, después de anunciar el acuerdo comercial. (Reuters/Evelyn Hockstein)
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidenye de EEUU, Donald Trump, después de anunciar el acuerdo comercial. (Reuters/Evelyn Hockstein)

Finalmente, se cerró el acuerdo comercial entre la UE y EEUU. La presidenta de la Comisión, Von der Leyen, acudió al resort de golf propiedad de Trump en Escocia para oficializar el pacto. Europa acepta una imposición arancelaria del 15% a la mayor parte de sus exportaciones al otro lado del Atlántico. Un proceso de extorsión pintado como de negociación que comenzó el 2 de abril, 'Día de la Liberación', y culminó con la amenaza de un 30% a toda la importación desde la UE si no se llegaba a un acuerdo para el 1 de agosto. Y este es el resultado. Se ha vendido como el mejor de los posibles acuerdos, por evitar la posibilidad de una guerra comercial abierta. Pero lo cierto es que Europa ha mostrado un perfil muy bajo durante todo el camino y finalmente ha claudicado con más pena que gloria.

Condicionada por la subordinación al papel de liderazgo americano en la OTAN y la prioridad de no perturbar un apoyo renqueante en la guerra de Ucrania, recientemente mejorado, Europa no ha jugado todas las cartas con las que cuenta. Jurisdicción sobre toda la actividad de las grandes tecnológicas en Europa, en su mayor parte exenta de impuestos (la posición deficitaria en servicios). Ni ha explorado lo que sugiere la “teoría de juegos” para estas situaciones, un frente común para la negociación con otros interlocutores a favor del libre comercio. Calladitos ante la ristra de chantajes y bravuconadas, la nota distintiva del acuerdo es la unilateralidad impuesta.

Las relaciones comerciales y económicas entre la UE son tan profundas e intrincadas, que alcanzan los 1,7 billones de comercio anual cruzado. Y otros tantos billones en forma de inversión fija directa, plantas de producción y compañías subsidiarias. La consigna de minimizar la perturbación de intereses cruzados de la mayor área de integración económica del globo se ha cumplido. Pero la sensación real es que Trump se ha salido con la suya. La parafernalia de lenguaje diplomático gestual de Von der Leyen sigue el mismo guion que vimos con Rutte durante las negociaciones en el seno de la OTAN para suscribir los intereses del americano. Madre de 7, sabe cómo tratar a los púberes. Sonriente, acomodaticia, casi servil.

En concreto se cierra un arancel base del 15%, incluidos coches y componentes (un interés prioritario para Alemania), productos farmacéuticos y semiconductores. Pero quedan sujetos a gravamen especial del 50%, el aluminio y el acero. Todo a cambio de cero aranceles a la exportación de productos americanos a Europa, compromisos de compra de petróleo y gas por valor de 750.000 millones de dólares en lo que queda de legislatura Trump, e inversiones por otros 650.000 millones, sin especificar. La amenaza de aranceles al 30%, nivel que hubiera garantizado una recesión inmediata en la UE, hizo su efecto.

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La actitud contrasta con las de Canadá y China, que sí dieron contrapartida inmediata a las bravatas del americano y salieron mejor parados. Aquí nos la hemos enfundado. Vaticinaba en los 90 el decano del MIT, Lester Thurow, que la globalización a futuro estaría marcada por unas normas dictadas por aquella área comercial con mayores intereses, con más representación en el comercio internacional abierto. Europa, con un peso de exportaciones más importaciones sobre PIB de más del doble que EEUU, y ligeramente por encima de China, no ha cumplido a la altura de su potencial. En el campo donde es inequívocamente más fuerte.

El llamado “mecanismo anticoerción” por el que la UE se garantiza jurídicamente la posibilidad de ejercer su soberanía contra ataques de terceros, en frentes como el comercio, la inversión, o el acceso a licitaciones y contratos públicos, no se ha invocado. La palanca de presión natural hubiera sido la actividad de las tecnológicas en Europa, la que explica el superávit americano en servicios. Desde Irlanda sufren poquitos impuestos y, a título de ejemplo, se hacen con casi la mitad del mercado publicitario, amén de otros en monopolio. Más de un tercio de la capitalización bursátil de estas tecnológicas está ubicado en Europa. Ahí duele. La opción estratégica de ruptura total supondría la necesidad de replicar la misma estructura sectorial que ha desarrollado con éxito China. Un proceso que llevaría un lustro y a un coste para el consumidor no desdeñable. “Too much”.

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Pero lo determinante ha sido, una vez más, el abismo entre lo que se aspira y proclama, ”autonomía estratégica”…, “soberanía europea”…, y cómo se funciona, la fragmentación. Alemania con sus coches, Meloni con no cabrear, aquel con lo otro, etc. La cacofonía a la hora de acordar un paquete de represalias creíble, siempre descafeinado a la baja, ha sido determinante en el proceso. No ha habido ni un conato para explorar la viabilidad de un frente común internacional de interlocutores pro libre mercados en la negociación, a pesar de que con las cartas e intereses en juego, esa hubiera sido la vida más fría y racional.

Europa ha estado más preocupada en conciliar esa fragmentación de intereses por países, ese mínimo común múltiplo, que en capitalizar la fortaleza y potencia del conjunto, un frente de negociación realmente único. Uno que hubiera sido capaz, a la vez, de arbitrar esta contienda desde su posición hegemónica en el comercio internacional.

¿Trump ha ganado? No tan rápido. Las pequeñas victorias en cada frente de batalla comercial, bien pueden suponer la derrota en la guerra. La transición desde un papel garante del orden internacional basado en reglas, reconocido, a una agenda del “America First”, rompe el eje de alianzas históricas. Anda que no hubiera sido fácil un frente occidental para desbrozar la madeja china. Pero “la UE se formó para hacer daño a EEUU”, cree Trump. Es con los efectos colaterales internos de este cambio de modelo donde se la juegan.

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Los impactos en crecimiento e inflación de esta política arancelaria en la economía americana están por dilucidarse los próximos meses. Entre ellos, la posibilidad de caer en recesión, y la necesidad de financiar déficits y deudas crecientes. El objetivo inmediato de estos aranceles es suplir la incapacidad de llegar a consensos fiscales internos que hagan la deuda sostenible. Pasarle la pelota al extranjero. Pero 300 o 400.000 millones no cubren los más de 2 billones de déficit fiscal. En mercados financieros hemos agotado ya la narrativa de lo “positivo” que son estos acuerdos comerciales. Ahora queda comprobar la benevolencia real de sus efectos económicos y financieros, al margen de la propaganda.

Finalmente, se cerró el acuerdo comercial entre la UE y EEUU. La presidenta de la Comisión, Von der Leyen, acudió al resort de golf propiedad de Trump en Escocia para oficializar el pacto. Europa acepta una imposición arancelaria del 15% a la mayor parte de sus exportaciones al otro lado del Atlántico. Un proceso de extorsión pintado como de negociación que comenzó el 2 de abril, 'Día de la Liberación', y culminó con la amenaza de un 30% a toda la importación desde la UE si no se llegaba a un acuerdo para el 1 de agosto. Y este es el resultado. Se ha vendido como el mejor de los posibles acuerdos, por evitar la posibilidad de una guerra comercial abierta. Pero lo cierto es que Europa ha mostrado un perfil muy bajo durante todo el camino y finalmente ha claudicado con más pena que gloria.

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