Hay momentos en los que la historia exige claridad y valentía. No actuar con firmeza en esos momentos puede convertirse en la semilla de problemas aún mayores en el futuro
El presidente de EEUU, Donald Trump y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. (EFE/Comisión Europea/Fred Guerdin)
El reciente acuerdo comercial anunciado entre Estados Unidos y la Unión Europea ha reavivado el debate sobre las relaciones económicas transatlánticas. Muchos analistas se han centrado en si la UE debería haber respondido con mayor firmeza para evitar un posible perjuicio. Pero antes de entrar en los efectos, conviene dejar algo claro: lo pactado no es, en sentido estricto, un acuerdo comercial. Al menos no como los que hemos conocido hasta ahora.
Los acuerdos comerciales tradicionales requieren años de negociaciones, implican a numerosos expertos y actores institucionales, y abordan cuestiones técnicas que van mucho más allá de los aranceles. Definen estándares regulatorios, mecanismos de arbitraje, condiciones para inversiones, e incluso cláusulas de protección según las prioridades de cada país. Por su complejidad, estos acuerdos suelen necesitar la aprobación de los parlamentos nacionales, como ocurre en Europa.
Un ejemplo ilustrativo es el fallido TTIP, el tratado de comercio e inversiones entre EEUU y la UE. Tras más de ocho años de negociaciones durante la presidencia de Obama, el acuerdo naufragó con la llegada de Donald Trump, en medio de una fuerte presión social en Europa y la falta de entusiasmo también desde el Partido Demócrata.
Nada de ese proceso se ha visto esta vez. La Comisión Europea, liderada por Ursula von der Leyen, aceptó unas condiciones impulsadas por Donald Trump desde su campo de golf en Escocia. Y más llamativo aún, asumió la narrativa estadounidense sobre un supuesto desequilibrio comercial con la UE, sin contrarrestarla con datos sobre el superávit que EEUU mantiene en servicios. Se aceptó, sin más, que Europa “debe” corregir un agravio en manufacturas.
La rapidez del acuerdo y su ambigüedad contrastan con su posible impacto. Bruselas y Washington han difundido versiones distintas sobre lo pactado, lo que complica aún más su lectura. Más allá de sus medidas concretas, conviene preguntarse por las consecuencias que el acuerdo habría tenido si la UE hubiese respondido con firmeza ante la agresividad americana.
Muchos defienden que el acuerdo, aunque imperfecto, ha evitado una guerra comercial. Desde esa óptica, habría proporcionado un entorno más estable y predecible para las empresas europeas. Esto es cierto en la medida en que un conflicto arancelario abierto no beneficia a nadie. Ya lo vimos en la guerra comercial entre EEUU y China entre 2016 y 2018, que frenó el comercio bilateral y contribuyó a una mayor fragmentación de la economía global.
Sin embargo, evitar un conflicto no equivale necesariamente a haber tomado la mejor decisión. Algunos expertos señalan que Bruselas aplicó el manual clásico de política comercial según el cual no habría que responder con nuevos aranceles con el fin de no escalar el conflicto. Pero el comercio internacional —y los flujos de capital— generan efectos cruzados difíciles de prever, y las decisiones aparentemente prudentes pueden acabar saliendo caras.
Un estudio reciente estima el coste de la decisión europea de no replicar la subida arancelaria de EEUU, conocida como “Liberation Day”. Según este trabajo, no haber respondido no solo perjudica a Europa, sino que podría beneficiar a Estados Unidos. ¿Por qué? Porque los aranceles generan efectos distributivos. Subirlos encarece los productos importados y perjudica al consumidor americano, pero también protege al productor nacional y aumenta la recaudación del Estado. Esa recaudación, si se usa para bajar impuestos u ofrecer incentivos fiscales, puede compensar parcialmente el daño al consumidor. No hay que olvidar que esta subida arancelaria coincide en el tiempo con el reciente paquete de recortes fiscales anunciado a bombo y platillo por la Administración Trump, la cual ha demostrado una habilidad excepcional para presentar todas las medidas que adopta bajo una lógica de beneficio nacional. Bien es cierto que la combinación de una subida arancelaria y una bajada impositiva inducirá mayor presión inflacionaria, lo que se convertirá en la siguiente batalla del Gobierno estadounidense una vez se asienten las reglas del juego comercial con Europa y otras economías mundiales.
Desde la óptica europea, las consecuencias del acuerdo pueden ser más inmediatas hubiese respuesta o no desde Europa. Un menor acceso al mercado estadounidense dañará la producción, el empleo y los salarios en sectores clave. A medio y largo plazo, el impacto sobre la renta disponible puede erosionar el bienestar de los hogares. Se puede argumentar que la UE buscará nuevos socios para compensar esta pérdida, pero diversificar mercados requiere tiempo, capacidad de adaptación y liderazgo político.
Sin embargo, no haber respondido al incremento del 15% en aranceles no ha mejorado necesariamente la situación europea. Al contrario, según las estimaciones del mismo estudio, una respuesta simétrica por parte de la UE provocaría pérdidas de bienestar aún mayores en el lado estadounidense. Un contragolpe europeo habría mostrado que una escalada perjudica a ambos bloques, y quizá habría servido para disuadir a Washington de tensar más la cuerda. Además, habría enviado un mensaje claro de firmeza, autonomía e independencia europea en el plano internacional.
Es ahí donde entran en juego los costes políticos. Al no responder, Europa ha cedido margen de negociación a Trump. Si el presidente estadounidense decide en unos meses modificar de nuevo su política comercial, la UE partirá de una posición más débil. ¿Cómo podrá defender sus intereses en el futuro si no ha sabido hacerlo ahora?
El punto de partida de cualquier negociación futura serán las condiciones ya aceptadas, es decir, el 15% de aranceles, más los aumentos del gasto en defensa y energía. La asimetría actual puede convertirse en un nuevo mínimo exigible.
Europa también ha perdido una oportunidad estratégica. Este acuerdo ha impedido que la UE defina una posición coherente con sus principios fundacionales basado en el multilateralismo, la apertura comercial y las reglas claras. En lugar de ello, ha dado la sensación de que la prioridad es mantener la relación con EEUU, incluso a costa de renunciar a una voz propia. Frente a la ambigüedad europea, China optó desde el primer momento por una posición firme con Trump. La confrontación fue dura, pero obligó a Washington a retroceder para evitar daños mayores.
En resumen, la falta de respuesta no saldrá gratis. Incluso si se han evitado costes económicos a corto plazo —algo que está por ver—, los efectos del acuerdo pueden ser muy desiguales entre países y sectores europeos. Esto amenaza con abrir nuevas fracturas internas en Europa y complica el liderazgo de la Comisión en política comercial. Hay momentos en los que la historia exige claridad y valentía. No actuar con firmeza en esos momentos puede convertirse en la semilla de problemas aún mayores en el futuro.
*Jorge Díaz Lanchas, profesor de economía en ICADE-Universidad Pontificia Comillas.
El reciente acuerdo comercial anunciado entre Estados Unidos y la Unión Europea ha reavivado el debate sobre las relaciones económicas transatlánticas. Muchos analistas se han centrado en si la UE debería haber respondido con mayor firmeza para evitar un posible perjuicio. Pero antes de entrar en los efectos, conviene dejar algo claro: lo pactado no es, en sentido estricto, un acuerdo comercial. Al menos no como los que hemos conocido hasta ahora.