El PP y el despropósito andaluz de Díaz

Ninguna de las previsiones de Díaz se ha cumplido. Respecto a Podemos y Ciudadanos, ambos partidos mantienen una actitud de cara a la investidura que responde a la lógica de los debutantes

Foto: Susana Díaz, presidenta en funciones de la Junta de Andalucía. (Reuters)
Susana Díaz, presidenta en funciones de la Junta de Andalucía. (Reuters)

Susana Díaz erró en el cálculo. Adelantó un año las elecciones andaluzas por un cúmulo de razones muy discutibles y con una coartada falaz. Era muy discutible que anticipar el fin de la legislatura cogiese a Podemos y Ciudadanos con el pie cambiado (15 escaños el primero y 9 el segundo, de un total de 109). Era muy discutible que estuviera en condiciones de mejorar su posición en el Parlamento andaluz (se quedó en 47 escaños, que eran los que obtuvo Griñán) y no sólo no lo hizo, sino que se quedó en el menor porcentaje histórico de voto del PSOE andaluz (el 35,43%). Pese a desbancar al PP como primera fuerza política, el resultado electoral del 22 de marzo pasado fue una dulce derrota o una muy amarga victoria.

Igualmente, era falaz el motivo aducido para abortar la legislatura porque Izquierda Unida –con la que gobernaba en coalición– no dio muestras de deslealtad. Díaz quería legitimarse frente a la elección dactilar de su predecesor y, al hacerlo con una victoria contundente, tutelar el socialismo español desde Sevilla y marcarle la pauta al secretario general de su partido, Pedro Sánchez. Izquierda Unida y su posición en la Junta resultó una mera coartada para convocar anticipadamente los comicios.

Ninguna de las previsiones de Díaz se ha cumplido. Todos sus cálculos fueron erróneos. Díaz no sólo ha batido el récord del peor registro en voto popular para el PSOE, sino que no ha evitado una minoría de bloqueo en la Asamblea legislativa (Podemos y Ciudadanos), triturado a IU, su anterior compañero de viaje y, además, marcar precedente al ser la primera responsable de la Junta de Andalucía que tendrá que recurrir a una cuarta votación para ser investida o, en la peor de las alternativas, volver a convocar elecciones en el mes de septiembre.

Díaz ha recibido un serio correctivo que le ha hecho perder la peana en la que se encaramó: era la gran esperanza blanca del socialismo español

Esta hipótesis, de concurrir, resultaría un soberano despropósito. Ni Andalucía ni ninguna otra comunidad española están en condiciones socio-económicas y políticas de perder miserablemente el tiempo. Díaz ha recibido un serio correctivo que, además de descalificarla como estratega, le ha hecho perder la peana en la que se encaramó: era la gran esperanza blanca del socialismo español. Una condición que comenzó su ocaso tras una campaña electoral en la que la dirigente andaluza recurrió al peronismo chillón y desgarrado.

Siendo, pues, la presidenta en funciones de la Junta la inicial responsable del estancamiento político andaluz, resultaría una insensatez que se siguiese bloqueando su investidura y fueran necesarias unas nuevas elecciones que, esta vez sí, ganaría el PSOE pero por mayoría absoluta porque su grupo parlamentario actual es el más numeroso y en un legislativo fragmentado la oposición ha de entender que –en situaciones límite como la actual– debe atenerse a la voluntad popular y permitir el Gobierno del partido más votado.

Las actitudes de Podemos y Ciudadanos ante la situación parlamentaria andaluza quizás tienen la lógica de los debutantes. Se están resistiendo a perder la virginidad política con un pacto de abstención con el PSOE que sería suficiente para la investidura de Díaz. Las condiciones de Podemos y las del partido de Rivera están formuladas en unos términos tan cerrados y herméticos que resultaría casi ridículo que el PSOE andaluz las aceptase. Poner por escrito data al abandono del escaño de Chaves en el Congreso o asumir el compromiso de no trabajar con entidades bancarias que hayan practicado desahucios son brindis al sol.

Díaz quería legitimarse y, al hacerlo con una victoria contundente, tutelar el socialismo español desde Sevilla y marcarle la pauta a Pedro Sánchez

En ese contexto es en el que debería intervenir el Partido Popular para que, después de establecer un pacto global en Andalucía con el PSOE, abstenerse en una próxima votación y franquear la Junta a Susana Díaz. Este comportamiento se entendería en términos estadistas. Además, la sola posibilidad de que se celebrasen unas nuevas elecciones debiera hacer reflexionar al PP sobre la hecatombe que supondrían para sus siglas. Los populares, por responsabilidad allí, pero también como partido del Gobierno de España, tendrían que aportar fórmulas de transacción que esquivasen el despropósito que podría estar gestándose. Y una de esa formulas consistiría en transar con los socialistas su abstención en las capitales andaluzas en las que, siendo primera fuerza política el día 24, no lograsen la mayoría absoluta. Si el PSOE no quiere ese acuerdo, los andaluces tomarían nota.

No se trataría ni de un pacto de legislatura ni de un acuerdo global, sino de un do ut des para salir del actual impase y evitar, insisto, el despropósito. Claro que se si se ha perdido la sensatez, el sentido de Estado y la mínima responsabilidad, habrá que ir a una nuevas elecciones en las que los andaluces, con seguridad, castigarán esta vez de manera más contundente que el 22 de marzo pasado al PP y, tal vez, también a esos dos partidos que no por emergentes debieran estar exentos y absueltos de su escasa percepción del lugar en el que se sitúan los intereses generales de Andalucía y, por derivación, de España. En cuanto a Susana Díaz, en el pecado de su soberbia lleva la penitencia.

Notebook de campaña

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