Cascos y Arenas, dos hombres y un destino… bajo la vigilancia de Rajoy

Despedida y cierre de esta sección coyuntural de claves de la jornada, propia en El Confidencial de los períodos preelectorales. Una despedida que debe aludir necesariamente

Despedida y cierre de esta sección coyuntural de claves de la jornada, propia en El Confidencial de los períodos preelectorales. Una despedida que debe aludir necesariamente al particular destino al que se enfrenta Álvarez Cascos en Asturias y Javier Arenas en Andalucía. Ambos sólo tienen una alternativa a la victoria: la jubilación de la vida política. Los dos son supervivientes del aznarismo, salvados de la cicuta que en dosis pequeñas pero continuas ha administrado Mariano Rajoy a toda una generación de dirigentes del PP. Observen: de la época de Aznar no queda ni uno relevante. Jaime Mayor Oreja deambula por los pasillos del europarlamento bruselense; Rodrigo Rato está pasando un calvario -aunque las penas con pan son menos- al frente de una Bankia  cuya solvencia no convence. Ángel Acebes se dedica a la abogacía y al bueno de Eduardo Zaplana ni está ni se le espera aunque quisiera ser presidente de RTVE. Rajoy ha podido con todos a base de imperturbabilidad. Salvo Cascos -que se ha convertido en un disidente- y Arenas, que sabe que sólo ocupando la presidencia de la Junta de Andalucía tiene un lugar al sol.

Dicen las malas lenguas que en Génova ya tienen preparado un pacto con FAC que incluye la posibilidad de que Cascos sea presidente del Principado de Asturias y Mercedes Fernández su vicepresidente con una cláusula según la cual, el partido del ex secretario general del PP se disolvería en el PP asturiano. La hipótesis no es calenturienta. Sería poco inteligente que la derecha en Asturias, con más del 50% de los votos, no gobernase una región en la que la mayoría del PSOE sería mínima. Rajoy ha preparado la operación de reincorporación de Cascos con minuciosidad: Gabino de Lorenzo no es ya alcalde de Oviedo; Isabel P. Espinosa no va ni en las listas; Ovidio Sánchez ha desaparecido de la política asturiana. Todos los enemigos del ex vicepresidente del Gobierno con Aznar han sido discretamente retirados. Y Cherines es más casquista que su antiguo mentor. A Rajoy le encaja eso de tener a los prebostes de la generación del aznarismo bien situados, pero sometidos.

El caso de Arenas es el más delicado. El también ex secretario general del PP y ex ministro dispone de unas habilidades de maquinación proverbiales. Se ha adosado perspicazmente a Rajoy sin dejar de manejar sus peones en la organización conservadora. Pero Arenas no es un rajoyista y sólo la presidencia de la Junta de Andalucía le ampararía para continuar su vida política. A Rajoy, el encaje de Arenas en Sevilla le parece perfecto: se convertirá en un barón, como podría serlo también Cascos si el asturiano es capaz de bajarse del burro, y así el partido habría repartido poderes y poltronas a los unos y a los otros. Un reparto testamentario del aznarismo bastante razonable. Una especie de cuaderno particional testamentario. Más le vale a Arenas -“¡campeón!”-y a Cascos -“¡valiente”!- salir con éxito del 25-M. Les vigila ese hombre que parecía inocuo, que leía el Marca y se fumaba un puro: Mariano Rajoy, el nuevo rey sol de la derecha que quizás el domingo pueda decir para sus adentros: “El Estado soy yo”.

Las Claves de la Jornada
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