Wert apaga la campaña del 21-O e incendia la del 25-N

Un hombre culto como José Ignacio Wert sabe a la perfección la evocación que para los catalanes -y no sólo para los nacionalistas e independentistas- tiene

Un hombre culto como José Ignacio Wert sabe a la perfección la evocación que para los catalanes -y no sólo para los nacionalistas e independentistas- tiene la expresión españolizar. Se trata de una evocación negativa porque se vincula a lo que Francesç Cambó denominó política asimilista. Y Cambó no fue un extremista. Todo lo contrario: conservador, líder de la Lliga Regionalista, fue ministro en dos gobiernos de Alfonso XIII, de Hacienda y de Fomento. Fue un catalanista que no renunció a su condición de español, pero peleó por la cultura y lengua catalanas desde su doble identidad. ¿En qué consiste para los catalanes la política asimilista? En lo siguiente, según Cambó, en su opúsculo de histórica importancia titulado Por la concordia:

“El sentimiento asimilista está arraigado desde hace siglos en el pueblo castellano hasta constituir una de las características de su acción colectiva. La historia de Castilla -y por ella la historia de España- es la historia de los éxitos y de los fracasos de su acción asimilista; éxitos y fracasos en el interior, porque si la acción asimilista le permitió fundir en un bloque solidísimo más de la mitad de la península, fracasó, en cambio, en Portugal, separado de España a causa de esa política, y también en Cataluña, cuya personalidad ha resistido victoriosamente el intento de asimilación; y sólo fracasos en la política extra peninsular, porque la historia exterior de España no es otra cosa que la demostración, monótonamente repetida, de cómo la política asimilista va separando de España todos los territorios que la Providencia, con una prodigalidad insuperable, fue colocando bajo su soberanía”.

 

La asimilación, según Cambó y otros autores,  es sinónimo de españolización, que fue una expresión muy manoseada durante los años del franquismo.  Quiero decir que Wert sabe que españolizar, y todas sus variantes semánticas, tienen una peyorativa carga histórica. Y como la conoce, es casi imposible suponer que sus afirmaciones en este sentido hayan sido improvisadas o casuales. Más parecían lanzadas a la bancada de la oposición como muleta para que socialistas y nacionalistas entrasen al bulto de la provocación y generar un ruido que polarice los estados de opinión cuando las campañas -la gallega y la vasca- llegan a su ecuador y la catalana aún no ha comenzado formalmente. ¿Son estos los derroteros de controversia por los que el Gobierno quiere que discurra el camino a las urnas el 25-N?

El ministro de Educación, Cultura y Deportes declaró hace un par de meses a RNE que “a veces me sorprendo de las frases que he llegado a pronunciar”. Sorprendido ahora o no, lo cierto es que ha fundido el debate gallego y vasco y ha reconducido el debate sobre Cataluña, haciéndolo sin la sutilidad e inteligencia con la que hay que abordar una situación en la que se plantea, nada más y nada menos, que la secesión del Principado. El catalanismo es de índole idiomático y cultural más que ideológico o estrictamente político. Por eso, esas declaraciones son inconvenientes y dialécticamente anacrónicas. Además, acercan a los catalanes no nacionalistas -pero si catalanistas- a las posiciones de los que ayer se mostraban contentos, satisfechos y hasta exultantes por los términos del debate. Y sobre todo, porque el PSOE presentará una moción de reprobación al ministro, quebrando la unidad de acción que se visualizó en el Congreso hace apenas cuarenta y ocho horas al rechazar socialistas y populares la proposición no de ley de transferencia a Cataluña de la competencia estatal para la convocatoria de referéndums, presentada por ERC.

De una forma imprevista, Wert incendia la campaña del 25-N y pasa a segundo plano el despropósito de un programa de la TV pública catalana que con una explicitud temeraria banalizaba la violencia jugando al tiro en el tobillo o en la rodilla al Rey, a un periodista y a un procesado (no condenado)… en una expresión de fanatismo que merecería una reprobación radical a la que se le ha puesto sordina. Por eso y, lamentablemente, el ministro Wert volvió a olvidar el consejo de Confucio: “El silencio es el único amigo que no traiciona”.

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