Lo imposible y el PNV

No se trata de la película que ha pegado el gran taquillazo del año (“Lo imposible”), aunque tiene alguna evocación con el tsunami que el film

No se trata de la película que ha pegado el gran taquillazo del año (“Lo imposible”), aunque tiene alguna evocación con el tsunami que el film de Bayona describe con tanto realismo y crudeza. Se trata de que, pese al otro tsunami (el nacionalista) que el domingo sentará en la Cámara de Vitoria a entre 45 y 50 diputados nacionalistas, el presidente del PNV, Iñigo Urkullu, ha declarado ayer que la “línea roja es el Concierto” y que la independencia se queda para más adelante. ¿Cambio de papeles? ¿El PNV moderado y CiU inmoderado e independentista? Muchos afirman con cabezazos: Urkullu es amigo de Josu Jon Imaz, anterior presidente del PNV al que los fundamentalistas de la organización (Egibar et alii) expulsaron a las tinieblas exteriores, aunque cómodas porque Imaz ocupa ahora un alto cargo en Repsol y no por su influencia o relevancia política sino por su capacidad profesional.

 

De la escuela del moderantismo de Imaz es este vizcaíno, Urkullu, que tiene la misión histórica de hacer la perestroika nacionalista. Consiste ésta en dejarse de aventurerismos en una sociedad que tira más a la geriatría que a la lozanía, que dispone cada vez de menos industria y más turismo (lo cual, en Euskadi es un cambio casi revolucionario) y que disfruta de un sistema de financiación que el catalanismo ha sobreexpuesto peligrosamente. El PNV quiere conservar lo que tiene sin sacar los pies del tiesto.

Pero no sólo es que a Concierto vigente, independencia menguante. Es que, lindando con el PNV ha crecido –por acumulación de HB, Aralar, EA y parte de IU— una alternativa radical con mucho marchamo guipuzcoano que va a lanzar una opa permanente, ideológica y estratégica, a los peneuvistas. Urkullu sabe que la manera más rápida para la decadencia del PNV es aliarse con EH-Bildu, que además, propiciaría la sovietización del País Vasco. Porque Bildu en Guipúzcoa –sometida  a un apagón informativo sin precedentes— está ensayando la imposición a escala provincial un régimen excéntrico. La batalla política de los próximos años en el País Vasco no será ya nacionalismo versus constitucionalismo (aunque algo de ello habrá) sino nacionalismo burgués versus nacionalismo ultraizquierdista.

La novedad del día 21 no está donde se cree que está (en una mayoría nacionalista que sistemáticamente, unida o fraccionada, no ha dejado de estar presente en Vitoria) sino en el discurso del PNV y de las dos fuerzas constitucionalistas para una estabilización del País Vasco sostenida y sostenible. Resta el fin real de ETA porque ahora está en la inactividad que es cosa distinta a la extinción. No se ha disuelto, no ha entregado las armas, no ha pedido perdón y quiere escribir la historia de sus fechorías haciéndolas pasar por heroicidades patrióticas. El PNV dará la medida de que su giro –ese que se percibe— no es una simulación para captar a las clases medias que quieren el Concierto y la buena administración, si colabora a que el fin de ETA carezca de épica y sea lo que realmente debe: la conclusión de una pesadilla criminal que sólo ha causado dolor y diáspora. Los nacionalistas están obligados a asumir –como han hecho otras instancias, entre ellas la Iglesia—que no estuvieron en demasiadas ocasiones del lado de las víctimas sino en el limbo de la ambigüedad. Si se consigue todo ello, en el País Vasco se llegaría a lo imposible y a lo impensable.
Las Claves de la Jornada
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
23 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios