Zapatero y su enternecedora “nuestra Cataluña”

“En tales instantes (de rauxa) perdemos el sentido de la continuidad, la visión de la justa proporción de las cosas o la exigencia de nuestra responsabilidad

“En tales instantes (de rauxa) perdemos el sentido de la continuidad, la visión de la justa proporción de las cosas o la exigencia de nuestra responsabilidad en cuanto pueblo que lleva un mensaje” (Jaume Vicens Vives. Noticia de Cataluña. Destino. Edición de 2012)

Fue el hombre que dijo en un mitin que Cataluña tendría el nuevo Estatuto que la propia Cataluña quisiera; fue el hombre que propició una segunda y errática segunda vuelta de los Estatutos vigentes; fue el hombre que afirmó en el Senado que España era una “nación discutida y discutible”; fue el hombre que llevó a su partido a perforar su suelo electoral y va a ser el hombre que contemple cómo sus correligionarios catalanes se despeñan el próximo domingo. Efectivamente: el mismísimo José Luis Rodríguez Zapatero, que el pasado lunes escribió en el diario El Mundo un lacrimógeno, sensiblero y oportunista artículo titulado “Nuestra Cataluña”, calificando su hipotética independencia de “tránsito a una soledad fría y ahistórica”. Relevo al lector de otras afirmaciones que, sobre cursis, resultan pedestres. El texto compone un análisis deplorable de la situación catalana e implica una obscenidad política proviniendo del político que desestabilizó de manera irremediable el modelo territorial de España. No cumplió ni con los catalanes ni con el resto de los españoles. Defraudó a unos y a otros.

Las afabilidades con los catalanes, y el enternecimiento semántico con “nuestra Cataluña”, son recursos de segunda división que ni los de allí ni los de aquí admiten como propuestas eficaces para un arreglo de la bifurcación que se ha producido entre buena parte de los catalanes y el resto de los españoles

En Cataluña, la izquierda que representa el PSC se encuentra en la peor coyuntura de su historia. Su candidato, Pere Navarro, un hombre sobrevenido en unas circunstancias críticas, carece de empatía con su propio electorado y, en ocasiones (así sucedió en el debate del pasado domingo en TV3), parece levitar sobre la abrupta realidad catalana. Las encuestas, casi sin diferencias, le pronostican no un descenso, sino un auténtico descalabro. Pasaría, según los sondeos, de 28 escaños a entre 16 y 18 y, aunque la bolsa de indecisos se sitúa en torno al 28%, no parece que recogerá sufragios de última hora. Las consecuencias de un socialismo catalán hundido repercuten allí en beneficio de ICV y, en menor medida, de Ciutadans y ERC. Pero repercuten, además, sobre toda la izquierda española que tenía en Cataluña uno de sus viveros más abundantes.

En este contexto, sería más pudoroso que Zapatero guardase un discreto silencio, se dedicase al Consejo de Estado y a la meditación de su trayectoria, sin hacer explícitos análisis sobre temas tan sensibles como el catalán cuando no hace ni un año que el PSOE perdió las elecciones de manera clamorosa. Las afabilidades con los catalanes, y el enternecimiento semántico con “nuestra Cataluña”, son recursos de segunda división que ni los de allí ni los de aquí admiten como propuestas eficaces para un arreglo de la bifurcación que se ha producido entre buena parte de los catalanes y el resto de los españoles. Un hombre que ha gobernado más de siete años y tan recientemente, dejándonos una herencia envenenada como la de Zapatero, debería ser transparente hasta que la memoria colectiva lo diluyese en las brumas del pasado. Porque fue él, y sobre todo él, el que desató la rauxa catalana complaciendo a un PSC de Maragall y de Montilla -aliados con ICV y ERC- que querían un Estatuto sin demanda para sustituir a CiU y al nacionalismo en el mando de la plaza que ostentaban y ahora ostentan en Cataluña. Mejor, pues, un silencio digno.

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