Concentraciones, el fin del éxtasis digital
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Javier Pérez de Albéniz

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Concentraciones, el fin del éxtasis digital

Escribo este primer post en El Confidencial desde Concord (Massachusetts), un pequeño pueblo cercano a Boston. Aquí floreció en el siglo XIX una comunidad de intelectuales

Escribo este primer post en El Confidencial desde Concord (Massachusetts), un pequeño pueblo cercano a Boston. Aquí floreció en el siglo XIX una comunidad de intelectuales altruistas que luchó por renovar una sociedad norteamericana conservadora y materialista. El cabecilla de ese movimiento fue Ralph Waldo Emerson, y entre sus colegas de charlas, paseos y sueños estaban Walt Whitman, Nathaliel Hawthorne, Margaret Fuller, Louisa May Alcott y Thoreau. Filósofos, narradores, poetas, feministas, pedagogos, pensadores…

Podría decirle que en este lugar sagrado huele a reflexión y pensamiento, a cultura e intelectualidad, pero le estaría mintiendo: apesta a hierba recién cortada, la que está segando un funcionario en el parque frente a la librería Concord Bookshop de Main St, y a la canela del Dunkin’ Donut que devora una señora sentada a mi lado, en un banco callejero donado por un vecino generoso.

Las donaciones son una gran costumbre norteamericana. Alguien ofreció el dinero para comprar e instalar este banco, y son habituales las donaciones para temas relacionados con la educación y la cultura. Para construir una nueva escuela, para que la ya existente tenga más profesores, para aumentar los fondos de la  biblioteca… En España también hay gente generosa: recuerde que empresarios baleares y catalanes regalaron al rey Juan Carlos un yate, el Fortuna, valorado en 18 millones de euros.

Era solo un negocio. Concentración, sí, pero no de ingenio o erudición sino de prestadores de servicio. Oligopolio. Por eso es difícil esperar nada del nuevo Plan de Impulso de la Televisión Digital Terrestre (TDT) y de la Innovación Tecnológica, aprobado en el Consejo de Ministros del pasado 24 de agosto

Seguramente por esta razón, cuando pienso en algún lugar como Concord en España, donde el talento y la imaginación se congreguen de forma espontánea, me vienen a la cabeza la Marbella Malaya, capaz de reunir a Jesús Gil, Juan Antonio Roca, Marisol Yagüe, Isabel García Marcos y Julián Muñoz. O la Valencia Gürtel, con Correa, el bigotes y el resto de depredadores. O las Baleares de Matas y sus generosos hombres de negocios.

En España es difícil que surja un Concord porque nuestros intereses son otros. Apostamos por la concentración, sí. Pero no de talento, sino de intereses, de fortunas, de empresas… Ahí tienen la parrilla de su televisor, hasta hace bien poco un prodigio de diversidad gracias a la TDT que tan generosamente pusieron en marcha políticos socialistas en marzo de 2010. El apagón analógico nos llevó al éxtasis digital: de ocho canales pasamos a más de 25. El mando a distancia del salón, repleto de luces, botones y palanquitas, parecía la sala de control del Centro Espacial John F. Kennedy de Cabo Cañaveral

Todo ha cambiado. Nuestras estrecheces económicas son tantas, las penurias morales tan grandes, y el interés político por una buena televisión tan pequeño, que solo dos años y medio después de la explosión de la TDT, el telespectador español apenas tiene tres alternativas para informarse: TVE y Autonómicas, cadenas públicas al servicio de los respectivos gobiernos, y las ofertas de dos empresas privadas como Mediaset (Telecinco y Cuatro) y Planeta (Antena 3 y La Sexta). No queda nada de aquel “pluralismo informativo” prometido, olvide el famoso “interés general”.

Era solo un negocio. Concentración, sí, pero no de ingenio o erudición sino de prestadores de servicio. Oligopolio. Por eso es difícil esperar nada del nuevo Plan de Impulso de la Televisión Digital Terrestre (TDT) y de la Innovación Tecnológica, aprobado en el Consejo de Ministros del pasado 24 de agosto.

Según el Gobierno, creará la increíble cifra de “un montón” de empleos en el mundo digital, que son los “empleos del futuro”. Pero de momento lo único cierto es que la antenización de cada vivienda costará unos 20 euros, según ha calculado Víctor Calvo-Sotelo, Secretario de Estado de Telecomunicaciones.

De todas estas miserias, y de algunas aún mayores, hablaremos a partir de ahora cada viernes.

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