El poder de la cultura
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Javier Pérez de Albéniz

A Quemarropa

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El poder de la cultura

Comencé a disfrutar de la lectura con La pantera negra de Sivanipalli, un libro sobre felinos devoradores de hombres escrito por Keneth Anderson que editó Juventud

Comencé a disfrutar de la lectura con La pantera negra de Sivanipalli, un libro sobre felinos devoradores de hombres escrito por Keneth Anderson que editó Juventud en 1961, en una legendaria colección de tapas amarillas. El ejemplar que leí una y cien veces fue, primero porque era un niño y no tenía dinero para comprarlo y después porque estuvo años descatalogado, el de la biblioteca de mi barrio. Un libro con las páginas sobadas y el esqueleto desencajado del que jamás olvidaré el olor: a los árboles de sándalo de los montes Yellagiris, a la sangre seca de jabalí a medio devorar, al miedo del pastor que defiende su rebaño con un palo, a polvo reposado y sabio…

Por el grosor del polvo en los libros de una biblioteca pública puede medirse la cultura de un pueblo”, escribió John Steinbeck, un novelista que visitaba estos almacenes de conocimiento incluso los días en que no llovía. El autor de Las uvas de la ira se sorprendería de lo limpios que están los volúmenes de las bibliotecas de la España actual: en 2011 uno de cada cinco españoles utilizó este servicio público, tesoro de los remedios del alma que, como sentenció el clérigo francés Jacques Benigne Bossuet, curan la más peligrosa de las enfermedades, origen de todas las demás: la ignorancia.

La gente instruida y culta es un auténtico problema. Para un gobierno, no hay nada más incómodo e inmanejable, menos sumiso, que un pueblo ilustrado. La cultura es la más solida, duradera y eficaz de las revoluciones. Por eso nos quieren lerdos, es decir, dóciles

¿Cómo? ¿Que uno de cada cinco españoles utilizó las bibliotecas públicas en 2011? Pues el Gobierno de Mariano Rajoy toma medidas de inmediato: el próximo año, las 52 bibliotecas públicas del Estado español contarán con un presupuesto para libros de cero euros. La Red de Bibliotecas del Estado perderá también en 2013 un 60% de su presupuesto. Solucionado el problema.

La gente instruida y culta es un auténtico problema. Para un gobierno, no hay nada más incómodo e inmanejable, menos sumiso, que un pueblo ilustrado. La cultura es la más solida, duradera y eficaz de las revoluciones. Por eso nos quieren lerdos, es decir, dóciles. Lo están consiguiendo: el tiro de gracia a las bibliotecas públicas forma parte de un recorte global del 30% a la industria cultural en los presupuesto de 2013. Un tijeretazo que coincide, qué casualidad, con el mes de mayor consumo televisivo de la historia en España, septiembre, con 234 minutos de media (3 horas y 54 minutos) por individuo al día, según un estudio de Barlovento Comunicación.

Menos cultura, menos educación, las bibliotecas bloqueadas y la televisión batiendo records de audiencia y de podredumbre. ¿Un cóctel letal de cara al futuro de España? Quizá necesitemos un cambio radical de funciones, de conceptos, de enfoques: con un consumo medio cercano a las cuatro horas diarias por individuo, ya superado en algunas regiones (Andalucía, Valencia, Cataluña y Aragón), la televisión debería convertirse en el nuevo Ministerio de Cultura. Podría parecer que el Estado pierde el control de la situación, pero es lo contrario. Fuera máscaras. Los intereses de las empresas que gestionan la tele y los del Gobierno son los mismos: obtener beneficios económicos y cambiar de una vez por todas el artículo 27 (1) de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ese que dice que “toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico”.

Acabar con las bibliotecas es un paso más en el sofisticado y perverso plan diseñado para extender la ignorancia, la autopista hacia la servidumbre, y bloquear los caminos naturales hacia la libertad. Una libertad suprema, muy por encima del sucedáneo constitucional que pretende limitar la delegada del Gobierno de la Comunidad de Madrid. Una libertad a la que solo se accede mediante el conocimiento, la lectura, las bibliotecas…

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