Justicia paralela: la TV condena cada día a Bretón

Ruth Ortiz, la madre de los dos niños desaparecidos el 8 de octubre de 2011 mientras se encontraban en compañía de su padre, interrumpe su declaración

Ruth Ortiz, la madre de los dos niños desaparecidos el 8 de octubre de 2011 mientras se encontraban en compañía de su padre, interrumpe su declaración y rompe a llorar durante el juicio que se celebra estos días en la Audiencia de Córdoba. La cámara aguanta el plano, sin palabras, sin movimientos, sólo con tristeza y lágrimas, durante casi un minuto. Una pausa cinematográfica de enorme carga emocional. Mucho tiempo para la pantalla grande, un mundo en televisión. Todo en riguroso y dramático directo. El presentador de Antena 3 que rompe la magia tiene que estar a la altura del momento que hemos vivido: "¡Cómo disfrutaría José Bretón viendo estas imágenes, viendo el dolor en la cara de Ruth! Es lógico que se lo impidan y se encuentre detrás de una mampara".

El telespectador, sorprendido, sobrecogido, vapuleado, es manejado como un títere por el realizador de televisión, que ha montado el reportaje del día sobre el juicio a José Bretón como si fuera un thriller. La realidad más dura presentada como la ficción más comercial. La miseria de unos pocos convertida en el negocio de otros muchos

Todos los caminos del caso Bretón conducen al mal. La televisión, que huele la sangre con la precisión y la saña de un tiburón, ha adoptado este siniestro suceso y lo ha convertido en la estrella de su programación. Todas las cadenas diseñan cada nueva jornada con detalle, y ofrecen un juicio paralelo. La audiencia consume esa macabra realidad como si se tratase de una serie policiaca: comentando las novedades, mostrando empatía con los protagonistas, regodeándose en los detalles... Y odiando a José Bretón. El culpable hace mucho que fue señalado. ¿Por los jueces? No, por la pantalla. No hay posibilidad de error, no hay margen para la justicia. Gran Hermano ya ha dictado sentencia.

Todos los caminos del caso Bretón conducen al mal. La televisión, que huele la sangre con la precisión y la saña de un tiburón, ha adoptado este siniestro suceso y lo ha convertido en la estrella de su programación. Todas las cadenas diseñan cada nueva jornada con detalle, y ofrecen un juicio paralelo“En La Sexta hemos podido comprobar cómo José Bretón intimida a la gente”, dice el presentador del informativo: “Una testigo no ha podido aguantar la mirada”. Y emiten el corte elegido: “Sí, tiene cara de psicópata”.

La sociedad podría ahorrarse el costoso proceso judicial: la televisión hace tiempo que encontró a Bretón culpable, y nos está ofreciendo la sentencia troceada, ampliada y detallada, en cómodos capítulos. Sólo falta un programa especial, una gran gala final en la que los telespectadores, votando cómodamente desde sus casas mediante llamadas telefónicas (a 2,99 euros desde línea fija, a 1,49 desde línea móvil), elijan la condena: quizá cadena perpetua, tal vez pena de muerte o, por qué no, lapidación.

El asesinato, y sus víctimas, utilizados como incentivos audiovisuales, como reclamos para la audiencia, en definitiva como fuente de ingresos. La televisión es un pudridero, y en estas circunstancias macabras se mueve como pez en el agua: adaptando un suceso terrible a la medida de los miedos contemporáneos. Nada tan horrible/atractivo para el telespectador como un padre matando y quemando a sus hijos. Nada mejor para abrir un telediario, nada tan adecuado para horarios de máxima audiencia. Lo que resulta sorprendente es la colaboración de la Justicia, que alimenta el esperpento audiovisual suministrando a las cadenas las imágenes del juicio, y en riguroso directo, como si fuese la mejor y más eficiente de las productoras.

¿Se puede considerar servicio público convertir un juicio en un siniestro espectáculo televisivo? ¿Los ciudadanos necesitamos presenciar tan dantescas imágenes, sumergirnos en las entrañas del dolor? Afortunadamente, el poder balsámico del botón rojo del mando a distancia es enorme. Cuestión de salud mental.

A Quemarropa
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