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Hipercor en la memoria de un cataclismo moral
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Antonio Casado

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Hipercor en la memoria de un cataclismo moral

Un cuarto de siglo no alcanza para olvidar el horror por el atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona. Veintiún muertos, cuatro de ellos niños,

Un cuarto de siglo no alcanza para olvidar el horror por el atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona. Veintiún muertos, cuatro de ellos niños, en la más sangrienta de las hazañas de esta banda de asesinos teóricamente liquidada. Tampoco es suficiente cubrir a las víctimas de medallas a título póstumo (ayer, en Barcelona, en un acto presidido por el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz) para mitigar ni de lejos el sufrimiento de las familias de los muertos o el de las personas que sobrevivieron al atentado.

Ayer hicimos memoria de lo ocurrido el 19 de junio de 1987 junto a la Meridiana barcelonesa. La conmemoración en doble acto de mañana y tarde, con presencia del lehendakari Patxi López en el homenaje frente al monumento que recuerda la masacre, nos aproximó por encima del tiempo pasado al cataclismo moral de una sociedad vasca capaz de digerir durante los llamados “años de plomo” aquella burla del quinto mandamiento en nombre de una idea política. La aberración se ha consumado durante más de 40 años. De hecho el pueblo vasco se acostumbró a rastrear los efectos del terrorismo entre las páginas de la “actualidad política”. Como si el hecho de quitar vidas ajenas en nombre de tal o cual idea emparentase con esa forma de relacionarse en régimen de libre circulación de las ideas. Incluidas las nacionalistas, por supuesto, de las que se reclama ETA. Pero aquí nos interpela el derrumbamiento interior del ser humano, no el credo nacionalista, la legalización de Bildu o la unidad de España.

La condolencia no puede quedarse en asumir la superioridad moral de los buenos frente a los malos, resaltada ayer por Patxi López en el acto de la tarde en Barcelona, porque el Estado y la sociedad no han hecho bien los deberes respecto a tantas víctimas del terrorismo que sufren en silencio, como ayer pudimos comprobar en sus llamadas a la radio.

Entre la clase política ha venido siendo un lugar común ofrecer la generosidad del Estado como respuesta a la definitiva disolución de la banda terrorista. Sus víctimas ya han fijado una raya roja: cualquier forma de amnesia legal en nombre de la política. El rastro de un asesinato, o la larga serie de asesinatos hilvanados en la misma secuencia a lo largo de estos cuarenta y tantos años, no es político. Es miseria moral lo que genera un asesinato, que es un acto deliberado y debido a la voluntad de unas personas concertadas entre sí y no a un accidente o un fenómeno natural.

Tratas de calzarte los mocasines de los hijos, padres, hermanos, madres, amigos de los muertos en la masacre de Hipercor, que ayer dejaron testimonios cargados de dolorida dignidad en el programa de Carlos Herrera (Onda Cero). Tratas de ponerte en su lugar y entonces descubres que la condolencia no puede quedarse en asumir la superioridad moral de los buenos frente a los malos, resaltada ayer por Patxi López en el acto de la tarde en Barcelona, porque el Estado y la sociedad no han hecho bien los deberes respecto a tantas víctimas del terrorismo que sufren en silencio, como ayer pudimos comprobar en sus llamadas a la radio.

De modo que es preferible mirarse en el espejo de otro. Ahí queda la voz diferida del cura Larrinaga cuando decía: “Pido a la clase política que no defienda nada que no pueda defender mirando a los ojos de las víctimas”.

Un cuarto de siglo no alcanza para olvidar el horror por el atentado de ETA en el Hipercor de Barcelona. Veintiún muertos, cuatro de ellos niños, en la más sangrienta de las hazañas de esta banda de asesinos teóricamente liquidada. Tampoco es suficiente cubrir a las víctimas de medallas a título póstumo (ayer, en Barcelona, en un acto presidido por el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz) para mitigar ni de lejos el sufrimiento de las familias de los muertos o el de las personas que sobrevivieron al atentado.