Rajoy toreó en Barcelona

Puede ser que, finalmente, Mariano Rajoy sea como el boxeador que, a la espera de que suene la campana para soltar sus mejores golpes, se mantiene

Puede ser que, finalmente, Mariano Rajoy sea como el boxeador que, a la espera de que suene la campana para soltar sus mejores golpes, se mantiene impasible en el rincón antes de empezar la pelea mientras el rival hace aspavientos. ¿Recuerdan ustedes a los jugadores neozelandeses de rugby cuando quieren acobardar al equipo contrario? Pues eso.

Aunque el partido no ha hecho más que empezar, los avispados analistas de aquí y allá constatan algo parecido a un punto de inflexión en el quietismo del presidente del Gobierno respecto a los continuos embates del nacionalismo catalán contra los principios de integridad territorial y soberanía nacional única consagrados en la Constitución Española.

Nunca llueve a gusto de todos. En ciertos ambientes políticos y mediáticos se le criticaba antes por no hacer nada y se le critica ahora por hacerlo todo de golpe en el terreno de la propaganda. El más conspicuo de nuestros diarios nacionales editorializaba ayer sobre la nueva actitud de Rajoy frente al reto soberanista del nacionalismo catalán, criticándole por la brusquedad del cambio. Por pasar del quietismo de estos dos últimos años, caracterizado por la tendencia a minimizar la cuestión catalana, a agarrarlo por “sus aristas más agudas”.

Ante el tamaño alcanzado por la burbuja soberanista, Rajoy no tenía otro remedio que reventar el malentendidoMe parece injusto. En todo caso, bienvenido sea el cambio de actitud si la rectificación es precursora del acierto. Y respecto a la complicada lidia del morlaco en el terreno de más riesgo para el torero, mejor que mejor. La razón no debe acobardarse frente a las embestidas emocionales. A ver si va a resultar ahora que Rajoy es un gobernante audaz, o temerario, por el hecho de proclamar que la ley es la condición necesaria de la democracia, que la soberanía nacional es indivisible y que sólo su titular, el pueblo español en su conjunto, está habilitado para decidir una eventual fragmentación de la misma.

Al fin y al cabo, ninguna novedad, ningún plan oculto, ninguna carta bajo la manga. Los tres mandamientos marianistas vigentes e inamovibles. Uno, cumplir y hacer cumplir la ley. Dos, evitar el choque de trenes. Y tres, explicar las ventajas de seguir juntos y las desventajas de la ruptura. Del primero se desprende la obviedad solemnizada con público, tambores y cámaras de televisión: “Mientras yo sea presidente...”, ni referéndum ni ruptura.

El aún presidente de la Generalitat, Artur Mas, creyó descubrir el Mediterráneo este fin de semana cuando interpretó el desembarco barcelonés de Rajoy como la entrada del Gobierno en la campaña del referéndum (“prueba de que lo asumen”, dijo). Otros creemos que, ante el tamaño alcanzado por la burbuja soberanista, no tenía otro remedio que reventar el malentendido. Su proverbial aversión al alboroto del gallinero se confundía con una vieja sentencia castellana: el que calla otorga.

Rajoy ha ido a Barcelona a desmentirlo y el que subscribe opina que ha hecho muy bien. Y que los socialistas, solos o en compañía de otros, deberían secundarle. Pero eso es harina de otro costal.

Al Grano
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