Rajoy, tardío pero firme

Con ruido de sables dentro de su propia familia política (navajas traperas, por ser precisos), un alarmante desplome del PP en las encuestas y la irrupción

Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Gtres)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (Gtres)

Con ruido de sables dentro de su propia familia política (navajas traperas, por ser precisos), un alarmante desplome del PP en las encuestas y la irrupción de Podemos en la lucha por la Moncloa, el problema catalán solo era la excusa de la comparecencia pública de Mariano Rajoy. Pero Artur Mas y sus costaleros separatistas no fueron los únicos destinatarios.

El presidente del Gobierno tenía ayer la apremiante necesidad de dirigirse a quienes dentro y fuera de su partido lo acusan de quietismo respecto a la gobernación del Estado en general y Cataluña en particular. Eso por un lado. Por otro, debía dirigirse a quienes le afean la tendencia a expresarse a través de un plasma. O sea, que lo de ayer también iba de repaso a una asignatura pendiente en materia de comunicación. Y tampoco podía dejarlo para después de su inminente viaje a Australia.

Le salió bien su tardía comparecencia. Mucho de política y muy poco de tribunales. Dicho sea mirando a quienes subordinan alegremente el plano de la legalidad al de la oportunidad. Puede que los que se llenan la boca apelando a Montesquieu sean los mismos que califican de error político aplicar la ley.

La horca o la guillotina para Rajoy, que volvió a cometer la osadía de prestarse al diálogo y no a la imposición

Hubo claridad y firmeza en las posiciones de Rajoy. Con los amplificadores de la rueda de prensa orientados hacia una Cataluña colonizada por el relato triunfal del 9-N que acababa de rubricar el president. Sin ningún motivo, por cierto, más allá de una propaganda nacionalista desmentida incluso por las cifras de elaboración propia. Apenas un 30% de catalanes se expresaron favorables a la independencia en un operativo gobernado a su manera, al margen de la ley, por los líderes independentistas.

Así lo expuso Rajoy en versión libre del reciente simulacro de referéndum, en obligada réplica a la no menos libre versión de Artur Mas. Sobre ella se empina el president a fin de parecer más alto que su “enemigo”, el Estado, a la hora de pactar el camino hacia la segregación de Cataluña. Y si no hay pacto, la alternativa serán las urnas que abran el camino hacia la segregación de Cataluña. O sea, la horca o la guillotina para Rajoy, que volvió a cometer la osadía de prestarse al diálogo y no a la imposición.

A muchos les parecerá intolerable que el presidente del Gobierno de la Nación no eche una mano al nacionalismo en su no disimulado intento de fracturar el Estado y agitar las entrañas de la sociedad catalana, pero este servidor de ustedes constata, al amparo de las matemáticas, que no llega al 4% el número de españoles susceptibles de sufrir un ataque de contrariedad a causa de la actitud adoptada por Rajoy frente a un desafío elaborado al margen de las reglas del juego por los dirigentes nacionalistas.

¿Vías políticas? Naturalmente. Las que ofrece una Constitución abierta como la nuestra. Apostar por los atajos, como una forma de torturar la ley y la democracia cuando estas no se ajustan a un programa político determinado, no puede traer más que desgracias. Y mientras tanto, por favor, a ver si es posible que una de las tres “c” del drama nacional, la de Cataluña, no nos distraiga de las otras dos, crisis y corrupción. Sobre todo de este última, que parece una enredadera interminable de la vida pública. Allí y aquí, porque también en esto somos iguales dentro del mismo solar.

Al Grano
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