Lógica de cifras, no de palabras
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Antonio Casado

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Lógica de cifras, no de palabras

Los estrategas del Partido Popular se preguntan por qué su política económica y los parabienes de Europa no se reflejan en la facturación electoral del partido

placeholder Foto: El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

En 2014 subieron las rentas del capital y bajaron las del trabajo. La noticia convive en el mismo escaparate informativo con el recorte de 118.923 personas en la cola del paro durante el mes de abril y el crecimiento de beneficios bancarios (67,5%) durante el primer trimestre de 2015. Devaluación salarial como palanca de una recuperación que tira del PIB (competitividad es su nombre), reduce el paro y dispara los beneficios de una banca que hace seis años estaba desamueblada.

Es el balance reformista del Gobierno Rajoy sobre dos grandes motores del sistema productivo: mercado del trabajo (una reforma laboral amenazada de muerte por la izquierda) y mercado del capital (una reforma bancaria que nos costó unos 100.000 millones de euros en ayudas públicas). ¿Pero sabemos cuál es el coste social que permite al Gobierno presentarse ante los ciudadanos como la envidia de Europa en la cruzada contra la crisis? Sí, lo sabemos perfectamente.

Más allá de la lógica de las palabras, lo sabe Rajoy, que agradece el sacrificio de “muchos españoles” en aras de la recuperación. Lo sabe el gobernador del Banco de España, Luís María Linde, que ante la aristocracia financiera del país dice que las políticas de austeridad se inspiran en el “patriotismo”, aunque lo cierto es que han disparado los niveles de desigualdad porque el paro se ha cebado en las rentas más bajas. Lo dice el Informe sobre Salarios 2014-2015 de la OIT (Organización Internacional del Trabajo): la brecha salarial entre la parte más rica y la parte más pobre de la población española ha aumentado entre un 40% y un 50%.

Uno de cada dos trabajadores es mileurista y uno de cada tres cobra por debajo del salario mínimo

También lo sabe esa banca rescatada que se permite reclamar de los poderes públicos otra vuelta de tuerca a la reforma laboral, a fin de que la precariedad, los salarios bajos, el despido fácil y la pobreza sigan siendo testigos silentes de la recuperación aventada cada día por los grandes esquineros de Moncloa y Génova en un tiempo de urnas. Sin embargo, sus estrategas se preguntan por qué esa política económica y los parabienes de Europa no se reflejen en la facturación electoral del PP.

La respuesta no habita en la lógica de las palabras, sino en la de las cifras oficiales. Por ellas sabemos que sigue bajando la cobertura de protección al desempleo (55,35%, cuatro puntos menos que hace un año) y sigue subiendo el número de parados de solemnidad sin ningún tipo de ayuda (2,1 millones de trabajadores que no comen de la prima de riesgo, la subida de la bolsa o la cotización del euro). Uno de cada dos trabajadores es mileurista y uno de cada tres cobra por debajo del salario mínimo. Echen cuentas de su impacto en las urnas.

Por eso se han colado en la campaña electoral los costes sociales de la recuperación, centrada en ese PIB rayano en el 3%. Lo reconocen los organismos internacionales. El Gobierno no pierde ocasión de repicarlo, mientras se tapa los oídos ante las ONG que, como Oxfam Intermón, han pedido a los partidos políticos de los países desarrollados que sus programas electorales incluyan medidas contra la desigualdad.

Somos el segundo país más desigual de Europa, por detrás de Letonia. Y ya es lugar común recordar que el 1% de la población española concentra más riqueza que el 70% más pobre.

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