En torno al "zapatazo"

El “zapatazo” no ha sido un desquite burgués por el salto de la izquierda alternativa al Ayuntamiento de Madrid: es el resultado de una simple aplicación de usos y costumbres en la política

Foto: Guillermo Zapata, el hasta ayer concejal de Cultura de Madrid. (Reuters)
Guillermo Zapata, el hasta ayer concejal de Cultura de Madrid. (Reuters)

“El humor solo tiene un poder. El poder de decir: no eres importante”, se leía el pasado 7 de enero en el escaparate digital de Guillermo Zapata, desahuciado ayer como concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid por sus comentarios despectivos sobre el genocidio de los judíos y las víctimas del terrorismo.

Aquellas frases, a modo de obituario por los periodistas de Charly Hebdo, querían exaltar las propiedades curativas del humor en casos de fanatismo tan crueles como el de los yihadistas. Así que se aconsejaba la banalización de Mahoma hasta reducirlo a la insignificancia de un concejal.

Pero, atención, porque hay gente que mata y muere por esas cosas. O, simplemente, que su sentido del humor, o el de sus amigos, mecachis, no les alcanza para superar un berrinche. Es el caso del “zapatazo”, donde quiebra la doctrina de este guionista profesional sobre el uso terapéutico del humor negro.

Guillermo Zapata ha pedido disculpas y ha jurado estar libre de obsesiones antisemitas o proetarras

Ni Zapata ni sus seguidores han entendido el mensaje: la política, como el humor, también tiene sus reglas. Ya estaban ahí cuando el fallido aspirante socialista a la Alcaldía, Antonio Miguel Carmona, habló de hundir otro Prestige para echar al PP del poder, cuando Esperanza Aguirre endosó a su rival electoral, Manuela Carmena, el propósito de restaurar los soviets en la capital de España, o cuando el alcalde León de la Riva (ya exalcalde) hizo groseros comentarios machistas sobre los morritos de una ministra.

De uno u otro modo, los tres personajes citados pagaron por su incontinencia verbal. También se sintieron víctimas de una persecución política y tampoco se privaron de invocar la contextualización de sus humoradas. En eso se parecen todos los políticos pillados en falta, incluidos los emergentes, por lo visto desde que transcendieran las indefendibles bromas sobre la crueldad de los nazis con los judíos, la querida figura de Irene Villa o la desaparición de Marta del Castillo.

El “zapatazo” no ha sido un desquite burgués por el salto de la izquierda alternativa al Ayuntamiento de Madrid, a modo de patada en la espinilla cuando el balón todavía estaba en el aire. Es el resultado de una simple aplicación de usos y costumbres en la política, cuya norma dominante es la de que el partido, las siglas, la causa política, el proyecto, están por encima de la persona. Por eso, en casos de desahucio, el interesado siempre diría que se va por no perjudicar a sus compañeros. Nada nuevo.

Ni Zapata ni sus seguidores han entendido el mensaje: la política, como el humor, también tiene sus reglas

Guillermo Zapata ha pedido disculpas y ha jurado estar libre de obsesiones antisemitas o proetarras. Y en cuanto a su presunto arrepentimiento, creo con Antonio Elorza que eso debió haber precedido al descubrimiento de tan insensatos comentarios. Como no conozco al personaje, no sé si es sincero o no. Es irrelevante, porque no se trataba de eso.

Se trataba de casar una conducta indefendible con el ejercicio de un cargo público. Y evitarlo era cuestión de higiene. Según han entendido el 90% de los lectores de El Confidencial, donde juro que no anida ninguna operación contra los nuevos gobernantes municipales de Madrid, no podía ser concejal de cultura alguien que, como buen guionista, se muere por una frase ingeniosa, un hallazgo verbal, un chiste fácil, un rasgo de humor negro, aunque sea a costa de asuntos por los que la gente mata o muere.

Al Grano
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