Artur Mas: último tramo hacia la vía muerta

La figura de Mas se ha ido deteriorando en el bando soberanista. Y también en el otro, sin contar a las grandes familias políticas agrupadas en torno a Rajoy (PP) Sánchez (PSOE) y Rivera (Ciudadanos)

Foto: El presidente de la Generalitat y de CDC, Artur Mas (i), y el cabeza de lista, Raül Romeva. (EFE)
El presidente de la Generalitat y de CDC, Artur Mas (i), y el cabeza de lista, Raül Romeva. (EFE)

La primera reprobación sonada a la “lista única, sin contar la de obligado cumplimiento en defensa de la legalidad vigente, se oyó hace unos días en boca de Ada Colau. La alcaldesa de Barcelona advirtió de que no cuenten con ella en la manifestación del 11-S, en el arranque de la campaña electoral, si se convierte en acto de apoyo a esa lista donde figuran los dos caudillos del nacionalismo catalán, Artur Mas y Oriol Junqueras.

La segunda reprobación viene firmada por Pablo M. Iglesias (Podemos) y Joan Herrera (Iniciativa per Catalunya-Verds). Ayer alfombraron el camino del independentismo hacia una vía muerta. La “desconexión” de España ni está ni se la espera en su acuerdo para ir juntos a las elecciones autonómicas del 27 de septiembre. Al acuerdo se sumará la versión catalana de IU (Esquerra Unida i Alternativa). Todos ellos en nombre de los postulados de la izquierda de toda la vida, cuyas prioridades son de carácter social, no identitario. Sobre esta filosofía se edificó la irresistible ascensión de Barcelona en Comú y el premonitorio desahucio nacionalista de la capital catalana.

Se trata de una izquierda libre de obsesiones patrióticas. Si sus dirigentes oyen hablar de elecciones plebiscitarias, dicen que efectivamente vamos a un nuevo plebiscito sobre los recortes, el malestar social, la desigualdad, la pobreza y la corrupción. Son los retos de su futuro trabajo en el Parlament y el Congreso (el acuerdo Podemos-ICV se extiende a las elecciones generales). Nada que ver con el miedo a las siete plagas cuando Cataluña siga formando parte de España después del 27-S.

Está abocando a la frustración a mucha gente de buena fe, ya implicada en un enfrentamiento civil que divide a los catalanes y empobrece a Cataluña

La tercera reprobación a la virtual declaración de independencia en el plazo de ocho meses, previa victoria soberanista por mayoría absoluta, adopta la forma del metafórico tiro en el pie del propio presidente de la Generalitat. El averiado autor intelectual de un guion absurdo e irrealizable ha querido personalizar el desafío al Estado. Votar contra él es votar contra Cataluña. Es una forma de autorreprobarse porque así despabila a quienes comparten el qué (la independencia) pero no el quién. La figura de Artur Mas se ha ido deteriorando en el bando soberanista. Y también en el otro, sin contar a las grandes familias políticas agrupadas en torno a Rajoy (PP), Sánchez (PSOE) y Albert Rivera (Ciudadanos). El emergente Iglesias, que ayer se declaró contrario a que Cataluña se aparte de España, desconfía “mucho” del señor Mas porque ha sido uno de los “mejores aliados” de los sucesivos Gobiernos del PSOE y del PP.

Al asimilar la entrada de Cataluña en vía muerta con la derrota de su famosa lista, nos lo está poniendo fácil. Está delatando su pánico personal e intransferible al apagón cuando ya no le quedan conejos en la chistera. El último ha sido utilizar la “lista única” como burladero de sus fracasos sucesivos desde que se envolvió en la estelada. Pero ahora no será una derrota más porque ha doblado la apuesta, como hacen los jugadores al borde de la ruina. Lo malo es que no se va a despeñar solo. Está abocando a la frustración a mucha gente de buena fe, ya implicada en un enfrentamiento civil que divide a los catalanes y empobrece a Cataluña, mientras él sigue instalado en una soflama plagada de falsedades y promesas de imposible cumplimiento.

Al Grano
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