El fracaso de Artur Mas será su liberación

Después del 'game over', se irá a su casa con la satisfacción del deber cumplido. "Lo di todo, pero no pudo ser", se dirá con la esperanza de ver puesto su nombre en una calle de la industriosa Sabadell

Foto: El presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas. (EFE)
El presidente de la Generalitat de Cataluña, Artur Mas. (EFE)

Acostumbrado a ir de derrota en derrota –sólo triunfó en la pitada del Bernabéu–, tampoco será una tragedia para el presidente de la Generalitat, Artur Mas, el revolcón del 27-S, cuando le pasen por encima las leyes del Estado o/y los votos de quienes quieren seguir siendo catalanes y españoles. Al contrario. También para él se avecina el fin de la pesadilla. El choque con la realidad le va a deparar una verdadera liberación.

A solas debe estar contando los días que faltan para quitarse un peso de encima. Estoy convencido. Lógico. Es el líder de un partido burgués amante del orden y sediento de centralidad. No resulta creíble su teatral indolencia frente a las olas gigantes de sentido común que rompen sobre la plaza de Sant Jaume. Por ejemplo, las incesantes dosis de recuerdo sobre su legitimidad de origen. La que nace en la legalidad cuyo desmantelamiento propone en su absurdo desafío.

A Mas no puede serle indiferente la gente de orden de Cataluña, la del resto de España, la de su propio partido (CDC, ya sin Unió) o la inevitable activación de la maquinaria del Estado, que hará cumplir la ley cuando se pase de las palabras a hechos contrarios a la legalidad. De momento, nada que impugnar en una pura declamación de anhelos. Es como si Pedro Sánchez, Pablo M. Iglesias y Cayo Lara firmaran un compromiso para implantar la sociedad sin clases en dieciocho meses, o en ocho, o en semana y media. Soñar es gratis.

A Mas no puede serle indiferente la gente de orden de Cataluña, la del resto de España, la de su partido o la inevitable activación de la maquinaria del Estado

No es verosímil que persona tan pragmática (apoyó a su partido cuando pactó con quienes quisieron meter en la cárcel a Pujol y luego con quienes le gritaban "Pujol, enano, habla castellano"), una persona pasada por la Universidad, conocedora de la legislación vigente y la historia de Cataluña, esté haciendo oídos sordos a las cantidades industriales de razonamientos que propios y extraños le trasladan sobre su irrealizable proyecto. Y sobre los efectos de su cantada cancelación: la bancarrota de su desacreditado partido (el de Pujol, Sumarroca, Prenafeta….), el envenenamiento de la convivencia entre catalanes y la dilación de sus verdaderos problemas.

Después del game over, el hoy presidente de la Generalitat se irá a su casa con la satisfacción del deber cumplido. "Lo di todo, pero no pudo ser", se dirá con la esperanza de ver puesto su nombre en una calle de la otrora industriosa Sabadell, donde triunfó su familia. Y tal vez acabe alineado en los libros de historia con los Claris, García Viñas, Macià y Companys, que lo intentaron antes que él. Además de la pitada al himno nacional, este saltito a la historia sería el segundo éxito –y prou– de una carrera política diseñada por sus enemigos y ahora costaleros de ERC (Junqueras), ANC (Forcadell) y OC (Casals).

Es mi quiniela, qué le vamos a hacer. Una hipótesis como otra cualquiera y bastante más realista que este contradiós (acción absurda o vituperable, según la Real Academia de la Lengua). El de una Cataluña desconectada del resto de España. Les emplazo a que me lo recuerden después del 27 de septiembre si finalmente se celebran esas elecciones dizque plebiscitarias por el artículo 33 (la real gana del president).

La fecha tope para la convocatoria es el 3 de agosto. Estamos en la cuenta atrás hacia el choque del “proceso” contra la realidad de las leyes, las urnas o el aislamiento. Apenas dos meses para empezar a recomponer un tablero político catalán ya exento de quimeras. 

Al Grano
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