Puigdemont: 'somiar truites' en el Montseny

Carlos Puigdemont ha decidido sumergirse en los ámbitos regidos por las caóticas leyes de los sueños. El sueño separatista, en este caso. Y por eso está abocado a romperse la crisma

Foto: Debate de investidura de Carles Puigdemont. (EFE)
Debate de investidura de Carles Puigdemont. (EFE)

Puede ocurrir que cuando el cantante Albert Pla (ahora novelista, 'España de mierda', Roca Editorial de Libros, noviembre 2015) vaya a 'somiar truites' al Montseny, se encuentre allí al flamante presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, haciendo ejercicios espirituales. Por el recogimiento y la meditación al ensueño de la Cataluña una, grande y libre. Y salir luego como requeté después de comulgar: “Me dejaré la piel”, “No es tiempo de cobardes”, “Ahora o nunca”, “Pondremos valor y coraje”, “¡Visca Catalunya lliure!”…

En la precipitada sesión de investidura del domingo -deprisa, deprisa, antes de que caduque el sueño-, el líder de los socialistas catalanes, Miquel Iceta, había dicho a 'Puigdi' (apodo de cercanías para Carles Puigdemont) lo que tantas veces dijo a Mas de lo mismo. Que pensar en la república independiente de Cataluña es como soñar tortillas ('somiar truites', castillos en el aire, 'pipe dream', 'castles in Spain', sueño guajiro, quimera, ilusión, etc.). Como esos niños del Montseny que soñaban tortillas, que la tierra era cuadrada, que Marta le daba una patada al Rey de España y “otras cosas tan extrañas que era imposible explicarlas”, según reza la canción de Albert Pla.

A partir de ahora, volvemos a entrar en rumbo de colisión. El ensueño contra la realidad. El quiero contra el no puedo. Las arengas frente a las leyes

Sin embargo, todo ha sido real hasta ahora, incluida la precipitada elección parlamentaria de un candidato a la Presidencia de la Generalitat que, como tal aspirante, ni siquiera ha pasado por las urnas. Real y verdadera es la resolución independentista del 9 de noviembre que anuncia la ruptura con España dentro de 18 meses e incluye una cláusula preventiva de desobediencia al Tribunal Constitucional. No es menos verdadera la posterior sentencia anulatoria del Tribunal Constitucional, también con cláusula preventiva de advertencia a quienes ignoren los efectos suspensivos de la sentencia, so pena de incurrir en graves responsabilidades, incluidas las penales.

¿Y ahora, qué? Pues a partir de ahora, volvemos a entrar en rumbo de colisión. El ensueño contra la realidad. El quiero contra el no puedo. Las arengas frente a las leyes. Y las declamaciones para la prensa frente a las declamaciones con vocación de convertirse en actos jurídicos. Así, el llamado problema catalán reaparece como quebradero de cabeza del Gobierno de la nación, garante de la integridad territorial y la soberanía nacional de caja única frente a la amenaza objetiva a un Estado obligado a defenderse y que nunca está en funciones, como ha recordado de oficio el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que no está en funciones ante “casos de urgencia debidamente acreditados o por razones de interés general”.

Tanto soñaban aquellos niños de la escuela del Montseny que “nunca se despertaban”, dice Pla. Esas cosas hicieron grande a Lewis Caroll. Aquí y ahora caben en la placidez onírica de Pla. Pero no sirven como credencial para “negociar con el Estado español y las autoridades europeas la constitución de un Estado en Cataluña”, como dice el nuevo presidente de la Generalitat. No obstante, Carlos Puigdemont ha decidido sumergirse en los ámbitos regidos por las caóticas leyes de los sueños. El sueño separatista, en este caso. Y por eso está abocado a romperse la crisma contra el muro de una realidad político-social configurada en tres grandes vectores: la ley, la voluntad mayoritaria de los catalanes -más de la mitad- y el sentido común.

Al Grano

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