Lo que España se juega con el Brexit

Europa está muy enferma y el síndrome es el renacimiento de los nacionalismos. El peor de nuestros males

Foto:  Vista de dos grifos de cerveza con las dos opciones, permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea. (EFE)
Vista de dos grifos de cerveza con las dos opciones, permanencia o salida del Reino Unido de la Unión Europea. (EFE)

La crisis del euro, la eventual desconexión británica, el drama de los refugiados (cuando el miedo puede más que la compasión), los recelos ante un tratado trasatlántico en materia comercial (silencio, se negocia el TTIP) nos ponen en la pista del ignorado fantasma que sobrevuela la política española. Europa está muy enferma y el síndrome es el renacimiento de los nacionalismos. El peor de nuestros males. El que, con resuelta voluntad fundacional de superarlos, justificó un proyecto de unidad europea después de dos desgarradores enfrentamientos del siglo pasado.

Un proyecto cuya construcción y desarrollo se basaba en las cesiones de soberanía nacional de sus socios. Y ahora resulta que reaparecen las fronteras, los gobiernos de los estados vuelven a marcar territorio y, por primera vez, lo nunca visto en la Unión Europea, ya no se discute sobre los países que quieren entrar sino sobre los que se quieren salir.

Por eso, los europeístas contienen la respiración al arrancar la campaña por el referéndum del 23 de junio en el Reino Unido llamando a los ciudadanos a pronunciarse sobre la salida o la permanencia británica en la UE. Otros países serían sensibles al precedente, si se produjera la hipótesis más temida en Bruselas. Y estarían dispuestos a dejarse contagiar. A saber: Holanda, Austria, Hungría, Polonia o Dinamarca.

Uno de los grandes damnificados sería España. ¿Alguien se imagina el efecto que ese suceso político produciría en los agitadores del nacionalismo catalán?

Una escapada a Estrasburgo me ha permitido palpar la angustiosa espera con la que se vive la amenaza del llamado Brexit. Las fuerzas centrales del Parlamento europeo (socialdemócratas y grupo popular, centro izquierda y centro derecha) están aterradas si se ponen en lo peor. Sin embargo, chocante me parece su disciplinado seguimiento de la política de no intervención. Hay una no formalizada recomendación de no interferir en el debate por si el apoyo extramuros a la permanencia británica pudiera resultar contraproducente.

Es lo que el primer ministro, David Cameron, ha pedido de buen rollo a los jerarcas de Bruselas. De ese modo nos tragamos el sapo de la neutralidad frente a un asunto que afecta de lleno a la genética y a la historia de la Europa diseñada por los padres fundadores. No solo por la no descartable desconexión de la segunda potencia económica europea si no la primera. También por las gravísimas consecuencia de su eventual desmarque en nuestro país.

Ciertamente, uno de los grandes damnificados sería España. Al menos en relación con el mentado rebrote de los nacionalismos. Es un lugar común del debate sobre ese mal de males que si el Reino Unido se descuelga de la UE como resultado de un referéndum popular, a la muy europeísta Escocia le faltaría tiempo para reclamar un nuevo referéndum de autodeterminación. Esta vez aumentarían los partidarios de descolgarse del Reino Unido para, cinco minutos después, pedir el ingreso en la Unión Europea como nuevo Estado miembro.

¿Alguien se imagina el efecto estimulante que ese suceso político produciría en los agitadores del nacionalismo catalán?

Al Grano
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